De Bribones, Pillos y Chantajistas.
Acabo de ver por enésima vez la película Carlito’s Way, del puntual Brian de Palma, en la que Al Pacino hace el papel de “Carlito” Brigante y Sean Penn se comporta como David Kleinfeld, un abogado convertido en gángster debido a sus muy jodidos intereses.
Una escena, en particular, me movió del asiento: cuando Carlito le reprocha a Kleinfield que ya dejó de ser un abogado para convertirse en un gángster.
En ese momento, lo juro, pensé en un montón de personajes que en los últimos años han cambiado de profesión o de oficio:
Empresarios, antes respetables, que hoy son lambiscones profesionales del Poder en Turno.
¿Sus nombres?
Todo Puebla lo sabe, empezando por sus insatisfechas esposas.
Pero hay más:
En este año fui testigo de cómo hombres antes respetables se volvieron —perdón Sartre— en Putas no tan Respetables.
Y ahí está —perdón Efraín Huerta, perdón Sabines— su fundillo como muestra.
No sólo lo vi yo.
Lo vieron todos los poblanos.
El caso es que los enanos salieron del circo —con pandereta en mano— para gritar que sí es su voz, pero no es su voz, y hacernos creer a todos que el Gobernador sí es el Gobernador, pero no es el Gobernador.
Qué hueva.
Qué pereza.
Vi —perdón Allen Ginsberg— a las mejores mentes de mi generación caer fascinadas por el espejismo del chayo, del embute, de la obra pública.
Y vi cómo esas mentes cambiaron sus principios por brillantes cuentas bancarias.
Y ante su inexplicable pobreza (vivían antes en colonias tan paupérrimas como, Analco, Castillotla, Bosques de San Sebastián) hoy se enfrentan ante una riqueza inexplicable hasta para sus pobres hijitos… chayoteros.
Todo esto ocurrió en el 2006.
Y hay cínicos, embusteros, que se dan el lujo de decirle al gobernador: “Vamos a toda madre, mi góber”.
A ver quién se los cree.
Posdata al Maletero (o de Cómo el Robaperritos ni Conoce ni la O por lo Redondo). Nuestro amigo el columnista escribió hace unos días, a propósito de Rafael Moreno Valle Rosas, Jorge Estefan Chidiac y Enrique Doger, que esta tríada constituía de facto una trilogía política.
Burro como es —no por eso menos amigable—, nuestro lambiscón está seguro de que la trilogía es sinónimo de tríada o triunvirato.
No, Robaperritos.
Lamento contradecirte.
Una tríada es, sí, un grupo de tres personas vinculadas entre sí, pero no, nunca, jamás, una trilogía.
Y pongo ante tus ojos la definición que da la Real Academia de la Lengua Española:
“Trilogía. Conjunto de tres obras literarias de un autor que constituyen una unidad..Conjunto de tres obras trágicas de un mismo autor, presentadas a concurso en los festivales teatrales de la Grecia clásica”.
Ni modo, maletero.
O como diría el maestro Arreola: “Maleteros somos y en el camino andamos”.
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