¿Por quién vas a votar?
Dicen que uno es amo de su silencio y esclavo de sus palabras. Plasmar por escrito la opción electoral por la que uno se apuesta a cuarenta y ocho horas de las elecciones, es una responsabilidad ineludible para quienes integramos la opinión publicada. En las últimas dos semanas la mayoría de los comunicadores ha vaticinado el escenario que se presentará la noche del 2 de julio. La victoria y la derrota de uno y otro. Desde el ambiguo y contradictorio Ciro Gómez Leyva –quién un día pronosticó la victoria de Calderón y al siguiente el triunfo de López Obrador-, hasta los definidos desde hace años como Jorge Fernández Menéndez y Ricardo Alemán, furibundos antilopézobradorista de tiempo atrás. Pero sus definiciones, en lugar de esclarecer y orientar, confunden y denostan a partir de convicciones personales que confunden con sesudos análisis. Y el problema es que las convicciones le quitan legitimidad a la calidad de las razones.
A cuarenta y ocho horas de la elección, supongo que yo también debo definir la orientación de mi voto. Pero haré énfasis en separar mis convicciones personales de mi análisis sobre lo que puede ocurrir la noche del 2 de julio.
En principio, mi voto, como el de millones de mexicanos, será un voto dividido. Es decir, no votaré por la misma opción en la elección de presidente, diputados y senadores. Lo haré porque creo que un poder absoluto, corrompe absolutamente, apotegma fundamental del viejo liberalismo. Creo que el poder público requiere de pesos y contrapesos; que el presidente de la República no debe tener mayoría absoluta en el Congreso. Que sea capaz de convencer a diputados y senadores de otros partidos de las bondades de sus proyectos legislativos. La clave de mantener un sistema democrático es apoyar un Congreso equilibrado. La mayoría y la unanimidad casi siempre terminan en una reedición del viejo autoritarismo.
Soy uno de los mexicanos convencidos de que el domingo habremos de votar al menos peor de los candidatos. Ninguno me entusiasma en absoluto. En otras palabras, que nuestra clase política es absolutamente mediocre y enana. Pero también estoy convencido de que abstenerme de votar es lo peor que se puede hacer. Así que deberé elegir a la opción menos dañina para el país.
No simpatizo con el proyecto de Roberto Madrazo ni con la Alianza por México. No votaré por su candidato, dada su larga historia de tropelías y corrupción, así como su larga lista de traiciones. Tampoco lo haré porque creo que representa el ideal de las restauración priísta. En otras palabras, un regreso al pasado autoritario. El PRI, como partido, ha sido incapaz de reformarse y después de un sexenio fuera del poder sigue sin entender las causas de su derrota. Su proyecto de Nación no es de centro, sino acomodaticia y pragmático. Su clase dirigente permitió la imposición antidemocrática del tabasqueño y canceló la llegada de nuevas generaciones.
Su aliado, el partido Verde, es un negocio de familia que no representa a nadie, que no tiene estructura y que se acostumbrado a vivir como parásito de otras fuerzas políticas. Fundamentalmente no votaré por Madrazo y el PRI porque a los mexicanos no se nos ha olvidado los agravios que cometieron contra los mexicanos en sus últimos veinte años en el poder: devaluaciones, crisis y generación masiva de pobreza.
Por supuesto, no votaré por las opciones minoritarias. Hacerlo sería desperdiciar mi voto. Roberto Campa es apoyado por la estructura corporativa más nefasta para el desarrollo del país –el sindicato magisterial- y por Elba Esther Gordillo, la lideresa sobre la que recae la culpa del pobre nivel educativo del país. Tampoco lo haré por la anodina Patricia Mercado, una mujer sobreactuada que ni siquiera tiene el apoyo del partido político que la postuló.
Así que sólo quedan dos opciones.
No votaré por Felipe Calderón ni por la derecha representada por el PAN. Y no lo haré por su hipocresía natural: presumen de ser democráticos, cuando sistemáticamente han tratado de quebrantar las reglas del juego democrático. En primer lugar, quisieron cancelar la candidatura de López Obrador recurriendo a argucias legales, en vez de mostrar un ánimo de competencia. No lo consiguieron gracias a la presión social, pero su intención era clara. Recientemente descubrimos que nuevamente violaron las reglas del juego al hacerse ilegalmente el padrón electoral y utilizarlo para promover el voto, aprovechando el contrato del cuñado incómodo con el IFE.
No votaré por el PAN, porque su proyecto de cambio fracasó estrepitosamente. En lugar de gobernar un Presidente unipersonal, ejerció el poder una pareja presidencial que se redujo a Marta Sahagún. La transición se atascó porque Fox eligió mal sus prioridades y jamás pudo construir un proyecto de gobierno. Ni siquiera un gabinete de gobierno. Y si el presidencialismo se agotó, fue más por fuerza creciente de otros actores que por una decisión personal de Fox. Y por último, porque una hecho tan trascendente como el acto de gobernar, a lo largo del sexenio, se redujo a un conjunto de trivialidades. El PAN tuvo su oportunidad y la desperdició.
No votaré por Calderón por ser anodino e intrascendental. Porque su crecimiento electoral se debió más a la denostación del rival, que a un ejercicio de convencimiento. Porque detrás de él se encuentran una cantidad inimaginable de grupos de presión. Los mismos que han saqueado al país los últimos veinticinco años. No lo haré porque no tiene experiencia de gobierno, ya que su único paso por la administración pública no duró más de un año. Porque no tiene las manos limpias y porque lo único que ofrece es más de lo que ya tuvimos seis años.
Así que la opción menos peor parece ser López Obrador. Pero esta convicción no ciega en análisis de riesgo que correremos si resulta electo. Sus rasgos autoritarios y mesiánicos. Su tendencia a la opacidad. Su proyecto económico a debate. Pero en lo fundamental, ha resultado ser una rara avis dentro de la clase política por su honestidad y austeridad. De haberse enriquecido él o sus familiares, ya lo sabríamos. Además, ya gobernó la entidad más complicada del país con mediano éxito y con capacidad de consenso.
Lo hizo cuando en la Asamblea no tenía mayoría y al final se hizo de ella. Sé que no resolverá los grandes problemas del país, pero sí que implantará un cambio de estilo en la forma de gobernar. Quizá es lo que nos hace falta.
*** ¿Qué ocurrirá la noche del 2 de julio? El nuevo Presidente no resolverá sus problemas como por arte de magia. El país sigue escindido entre dos proyectos: el de los millones de marginados, centrado en el tema de la pobreza, y el de la derecha, centrado en mantener el continuismo y la estabilidad económica. Pero en la medida en que el país tiende a polarizarse, el resultado se acercará a un empate real, ya ni siquiera virtual. Y si el empate técnico es nuestro destino, resultará que el 3 de julio no amaneceremos con un Presidente electo, sino que tendremos que esperar el fallo del Tribunal Electoral para sabe el nombre del ganador. Y si resulta que el Trife designó al ganador, culminará la odisea con inestabilidad política y económica, y con la ira y el agravio de los perdedores del fallo judicial.
En esas condiciones, ¿cómo se gobernará el país? ¿De que forma se llegará al gobierno de coalición que uno y otro pregonaron en el debate de ayer? Por eso es que el empate técnico es lo peor que puede ocurrirle al país.
Resultado: la fractura económica que vive el país se ha transformado en una fractura política. La peor polarización de una sociedad: ricos contra pobres. La polarización se ha traducido en un empate en los sondeos. Hay quien celebra ese hecho y lo ponen de relieve como una muestra de del crecimiento de nuestra democracia. Pero quienes lo hacen desconocen las tensiones fundamentales del proceso democrático. Es cierto: en la democracia triunfa la mayoría, así sea por un solo voto. Pero visto del otro lado, un resultado tal muestra una sociedad escindida, que dependiendo de su madurez, acepta el resultado y espera la próxima oportunidad para llegar al poder.
Pero el escenario mexicano no parece tener ese grado de madurez, sobretodo en la etapa de consolidación que vivimos. Por eso nuestro escenario de triunfo marginal es catastrófico. En la medida en que la incertidumbre se traslade a la noche del 2 de julio, y los conteos rápidos muestren la misma tendencia de empate, y no exista una institución legítima proclamar un triunfo –ni Fox ni el IFE lo pueden hacer-, vamos a amanecer la mañana de 3 de julio sin Presidente electo, y la lucha habrá de trasladarse al Tribunal Electoral, por lo que al final serán los magistrados quienes decidan el resultado, y no la votación de los ciudadanos.
De esta forma, la legitimidad del Presidente electo estará en duda. Y el bando de los perdedores no aceptará el resultado, y recurrirán a la legitimidad de la calle en vez de la legitimidad de las instituciones.
Y lo harán, indistintamente, López Obrador y Calderón. Lo harán porque es mucho lo que gana el que gana y mucho lo que pierde el que pierde. Así está diseñado el sistema de poder en México. Es el defecto de los sistemas presidencialistas. Y por más acuerdo de civilidad y de respeto a los resultados, a la hora de las ambiciones se desatarán las pasiones.
El dilema final será la capacidad de las instituciones electorales para contener las pasiones políticas que se desatarán la noche del 2 de julio. Y si tuviéramos que hacer una previsión de acuerdo a la actuación del IFE de Luis Carlos Ugalde, quizá sea hora de irnos preparando para la colisión.
*** Un nuevo espía en Puebla. Todavía en la lucha para que Mario Marín resista el resolutivo de la Suprema Corte, Javier López Zavala tiene tiempo para seguir construyendo su proyecto personal. El “Proyecto Z” reclutó, en los últimos días, a un nuevo espía que se hará cargo de vigilar a reunir información de los disidentes del Secretario de Gobernación, ¿Su nombre? Eduardo Montoya Liébano, quien ejerciera como Procurador de Justicia en Chiapas. La sangre llama. Pero, ¿estará enterado Mario Marín del nuevo fichaje de su gobierno?
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