Inicio >> Política >> La verdadera historia de Los Pitufos

La verdadera historia de Los Pitufos

 

Más que suspiritos azules o una caricatura de moda en los años 80’s, “Los Pitufos” fueron la banda que azotó las calles de la ciudad de Puebla e incluso llegó al Distrito Federal para destrozar a los más afamados mafiosos del barrio de Tepito: “Los Panchitos”

 

 

“Los pitufos” eran conocidos por ser una banda de delincuentes, de violadores, de asesinos y drogadictos, autores de los actos más sanguinarios, escalofriantes, crueles y sin escrúpulos; provocaron miedo, psicosis, pavor y caos entre la sociedad poblana. Pero ahora sólo son parte de una leyenda urbana, tal vez, la más famosa de la ciudad.

 

 

Gargamel en busca de los pitufos
La banda de los pitufos aterrorizó a los poblanos por más de 15 años; sus integrantes eran crueles y desalmados; mataban a sangre fría, violaban a las mujeres sin piedad, además traficaban armas y droga, y quienes entraban a su zona no salían para contarlo. En el Barrio de San Antoniose presenciaron las peores masacres de la ciudad, porque infinidad de crímenes se perpetraron en este lugar; su territorio comprendía desde la iglesia de San Antonio, la avenida 22 poniente y la 28 poniente, hasta la 11 norte. Todo lo que abarcaban estas calles era territorio de la pandilla más famosa y temida de Puebla. Los poblanos ni por equivocación pisaban ese lugar; era una zona prohibida, restringida, ni los policías se atrevían a entrar; todas las personas quienes vivían en la Angelópolis sentían miedo  por los pitufos, fue lo que mencionó “La Rana”, un chavo que durante mucho tiempo se juntó con ellos.


“La Rana” explicó que la banda de “Los pitufos” surgió en la década de los años 80, y se les nombró así porque en un inicio eran puros “morros” los asaltantes; además, vivían en la zona más pobre y marginada de la ciudad, “la zona roja”, donde se establecían las prostitutas, los teporochos, en otras palabras, lo más bajo de la sociedad. El modus operandi de los niños criminales variaba; en ocasiones aventaban muñecos de trapo a los coches o a quienes caminaban por esos rumbos; al detenerse los rodeaban, les ponían pistola o navaja y les quitaban sus pertenencias, a quienes se resistían, los mataban. La otra forma de operar en los asaltos consistía en que una mujer de la banda se le acercaba a un hombre, lo besaba; cuando esto sucedía, los chamacos delincuentes ya estaban encima del hombre y lo amenazaban. Si se resistía al asalto, lo aniquilaban. “La rana” asoció una y otra vez el barrio de San Antonio con las favelas brasileñas, donde las pandillas son la única ley en estos lugares.

 

 

La aldea creció y creció
Poco a poco fue creciendo la pandilla, sobre todo porque la mayor parte de “Los pitufos” eran comerciantes y operaban en el mercado 5 de mayo. Hasta sus papás les facilitaban los asaltos, porque distraían a las personas que llegaban a comprar al mercado, en tanto sus hijos, sobrinos, nietos o vecinos robaban a los consumidores.


Cabe mencionar que entre los mismos “pitufos” se llegaban a robar sus pertenencias, así que aprovechaban para entrar a las casas de sus compañeros cuando no había nadie en el interior; de inmediato sacaban los aparatos electrodomésticos, las pocas joyas y las llevaban a vender, afirmó, ya que él convivió por mucho tiempo con los miembros de la pandilla.


“‛Los pitufos’ se volvieron más gruesos en 1985, porque después del temblor de ese año, gente del Distrito Federal, de Guerrero, de Oaxaca y Chiapas se vinieron a vivir a Puebla, por temor a que sucediera otro terremoto; y llegaron a vivir al barrio de San Antonio, intercambiando su ideología, su forma de ver la vida y sus métodos de crimen con los miembros de la famosa pandilla”, aseveró “El Rana”, quien vestía un short tipo militar, una playera azul y de su cabellera despeinada colgaba una trenza muy delgada; moreno, de aproximadamente 1.68 de estatura, su rostro es el de un hombre que ha vivido infinidad de experiencias, que ha viajado por el país para que nadie le cuente. Él ha ido a Centroamérica; vivió en Guatemala, lugar que le recordó a su natal Puebla, porque las calles están divididas en pares y nones, y sobre todo, recordó la Angelópolis porque allá también encontró una banda de niños que asaltan y matan a sangre fría. Además, reconoció lo difícil que es la vida, y narró que muchos de sus antiguos amigos estaban en la cárcel, otros murieron allí adentro, algunos más reivindicaron el camino; son casados y tienen una familia que cuidar. Por unos segundos estuvo en silencio, y de pronto, mirando al cielo, nombró a “El Balo”, a “El Muñeca”, a “El Mugres”, y dijo que fueron parte de los líderes de “Los pitufos”. Para él fue extraordinaria la experiencia que vivió a lado de la banda más temida de la década de los años 80.


“El Rana” afirmó que hasta las mujeres le entraban a los “cates”: las mamás, las tías, las primas, y siempre que entraban otras bandas ellas también se ponían al tú por tú, salían con palos, tubos y piedras para defender a los chicos de su barrio. De igual forma, señaló: “‛Los pitufos’ se pasaban de lanza con las viejas que no eran del territorio, las madreaban, las violaban, las torturaban, incluso las llegaban a matar”.

 

 

Pitufos: amigos del Gobierno
A decir de “El Rana”, durante mucho tiempo “Los pitufos” fueron utilizados por el Gobierno. En primera instancia, el Ayuntamiento les pidió ayuda para disipar a los comerciantes de la 28 de Octubre, porque en aquel tiempo ejercían mucha presión sobre los Gobiernos municipal y estatal, con la finalidad de que fueran atendidas sus demandas. Sin embargo, las autoridades temían que el problema se acrecentara, así que recurrieron a la pandilla para calmar a los comerciantes. Aseguró que el día cuando  “Los pitufos” se enfrentaron la asociación de comerciantes 28 de Octubre fue una batalla campal impresionante, ya que ambos operaban en el centro. Para la banda era luchar por el dominio completo de esta zona, y así vetar a la organización de comerciantes a los mercados como el Zapata, Morelos e Independencia, los cuales en ese entonces estaban a las afueras de la ciudad, y pocas personas iban a comprar hasta allá.


El segundo motivo por el cual los utilizó el Gobierno fue para mantener controladas a las otras pandillas, que crecían y podían significar otra amenaza de inseguridad y delincuencia. No obstante, los hombrecillos azules del barrio de San Antonio los calmaron, por ello las demás pandillas jamás crecieron.

 

 

La aldea de los pitufos: difícil de encontrar para Gargamel
El barrio de San Antonio está repleto de vecindades viejas, que sirvieron de fortalezas y guaridas a los hampones; eran centro de distribución de drogas y armas. “Xavo” se llegó a juntar con los pitufos, y relató que una vez lo invitaron al barrio, lo metieron a una vecindad, caminaron por un pequeño pasillo donde sólo cabía una persona. Al final del pasaje había una puerta, y cuando entró se sorprendió al ver una habitación acondicionada con muebles de lujo; contenía los aparatos más sofisticados de aquel tiempo, y sobre una mesa de cedro, había decenas de armas, así como algunos paquetes de cocaína y marihuana; le invitaron a consumir, pero él sabía que si se negaba lo iban a matar. No le quedó más remedio que darse un toque de coca. “Xavo” manifestó: “En alguna ocasión escuché que si “Los pitufos” te invitaban algo, no los tenías que despreciar, porque mataban a toda persona que les decía que no”. Además, era sorprendente el ingenio, ya que las vecindades estaban conectadas entre sí, y tenían salida a las calles en ambos extremos de las construcciones, lo que permitía a los pandilleros moverse con toda la libertad posible. De verdad era como la aldea de los espíritus azules, es decir, de la caricatura, nos dice. En la actualidad estas vecindades se encuentran descuidadas, muy deterioradas; algunas a punto de caerse; hay callejones sin salida; esta zona es un laberinto, cualquier persona puede perderse en el lugar; fue un verdadero calvario para quienes se vieron atrapados aquí, y desafortunadamente no pudieron salir.

 

 

El final de los pitufos, finalmente Gargamel los atrapó
Como el Gobierno ya no podía controlar a “Los pitufos”, y ellos se convertían en una amenaza para la seguridad pública —sus crímenes cada vez eran mayores, y Puebla se volvía una ruta para el narcotráfico—, las autoridades empezaron a detectar los principales líderes de la banda; los acecharon, los midieron, los investigaron, hasta que los encarcelaron. Una vez en la prisión a muchos los mataron, otros murieron de sobredosis. Pero el caso más sonado fue el del líder principal, asesinado en el cerezo de San Miguel.  A este “pitufo” lo descuartizaron, y sus pedazos los encontraron en una coladera. “El Rana” explicó que el asesino del líder de “Los pitufos” era un preso a quien trasladaron del penal de San Juan, y tenía problemas el jefe de la banda.


La 22 poniente guarda muchas historias de terror; ahora sólo se aprecia una calle desolada; enfrente de la iglesia de San Antonio hay unas canchas, donde diez chavos jugaban básquetbol; se notaban agresivos, rudos y violentos; se veían borrachos, con los ojos desorbitados, alrededor del campo había envases de cerveza. Mientras transcurría el partido, dos chavos de unos 15 años caminaban hacia una tienda; llevaban dos envases de caguama, sus ojos estaban rojos y las pupilas profundas; vestían pantalones cholos; ambos tenían arracadas en sus orejas, y con mucho orgullo señalaron “éste es el barrio de ‛Los pitufos’, y nosotros somos de la banda”.


Sin embargo, se acabaron aquellos años donde eran la ley, y las personas al sólo escuchar el nombre de la pandilla se ponían a temblar. Hoy son un recuerdo, parte de la historia urbana de la capital del estado.  
En una vieja vecindad entre la 7 norte y la 18 poniente, se encuentra una pared donde está pintada la imagen de un pitufo, como los de las caricaturas. Al lado de esta imagen están escritos los nombres de los miembros de la banda quienes murieron. En el piso, a menudo, colocan veladoras en honor a estos hombres que marcaron una época, que hicieron historia, y que sembraron terror en la sociedad durante muchos años.

 

 

LLAMADO 1

El modus operandi de los niños criminales variaba; en ocasiones aventaban muñecos de trapo a los coches o a quienes caminaban por esos rumbos; al detenerse los rodeaban, les ponían pistola o navaja y les quitaban sus pertenencias, a quienes se resistían, los mataban.

 

LLAMADO 2
Para la banda era luchar por el dominio completo de esta zona, y así vetar a la organización de comerciantes a los mercados como el Zapata, Morelos e Independencia, los cuales en ese entonces estaban a las afueras de la ciudad, y pocas personas iban a comprar hasta allá.

 

 

 



     PUBLICIDAD