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Alfonso Diez


El sapo y la sirena

 

 

Fue a mediados de los ochentas. Me invitó a comer Dolores Olmedo a su casa de La Noria, en Xochimilco.
Lo primero que destacaba al entrar a su casa era el jardín enorme con su amado perro xoloitzcuintle, sin pelos y de sangre caliente.


A la comida nos acompañó el pintor José Juárez, que vivía con ella.


En esos días yo era subdirector de una revista semanal que se enfocaba más que nada a la política y durante alguna reunión con otros amigos, José Luis Cuevas entre ellos, surgió la invitación de Dolores para que comiera con ella en La Noria.


La plática abordó diversos temas, pero siempre girando alrededor de dos personajes: Dolores Olmedo y Diego Rivera; además de las inquietudes que ella tenía acerca de algunas de mis entrevistas y reportajes.
Me ofreció darme a conocer un archivo que nadie conocía de Diego.


Me sorprendió más que el ofrecimiento la revelación (para mí eso fue), de que existía un archivo secreto de Diego Rivera y que ella lo tenía muy bien guardado.


No me quiso dar detalles, me pidió paciencia.


En ocasiones posteriores le pregunté sobre el archivo y ella me insistía en que tuviera paciencia.
A la muerte de Dolores, en 2002, supe que tal archivo sí existía, estaba en Coyoacán en la famosa Casa Azul de la calle de Londres.


El archivo está lleno de verdaderas joyas documentales, cartas desconocidas hasta ahora y manuscritos, pero el fideicomiso a cargo de su custodia no ha manifestado cuándo se permitirá el acceso a tal tesoro.


El tema es de lo más relevante porque se conmemoran 50 años de la muerte de Diego con diversos festejos.
Este lunes 26 de noviembre se estrenará en la ciudad de México el largometraje “Un retrato de Diego. La revolución de la mirada” con material inédito en el que se observa a Diego Rivera trabajando en su estudio, pintando a Dolores del Río, tomando apuntes en los mercados, en Xochimilco con alcatraces, con vendedoras de flores, en compañía de unas tehuanas, en Juchitán, o durante la construcción del Anahuacalli.
Pero retomemos la plática con Dolores Olmedo.


Le pregunté si sabía algo acerca de un libro escrito por Guadalupe Marín (ex esposa de Rivera) que se llamaba “Yo como puta”, eso me habían dicho.


Dolores me dijo que ella nunca había escuchado hablar de un libro con tal nombre y que seguramente quienes me lo habían mencionado se referían a “La Única”, ese sí libro escrito por Guadalupe Marín.
Me dio el libro, que ella tenía, y además una postal con foto y textos de Angelina Beloff en París, quien vivió un intenso romance con el muralista mexicano, del que resultó un hijo que murió en 1918.
Diego tuvo amores con muchas mujeres. Hay testimonios poco conocidos de muchos amigos, escritores, y ex colaboradores del pintor.


Las más conocidas fueron Angelina Beloff; la pintora rusa Marievna Vorobiev-Stebelsca, con quien en 1919 tuvo una hija, Marika; Guadalupe Marín, con quien tuvo a sus hijas Guadalupe y Ruth; Frida Kahlo y Emma Hurtado, con quien se casó el 29 de julio de 1955, al año de la muerte de Frida, y fue su última esposa.


El nombre completo del pintor era Diego María de la Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de la Rivera y Barrientos Acosta; nació el 8 de diciembre de 1886 y murió el 24 de noviembre de 1857, tres años después de la muerte de Frida.


Dolores Olmedo Patiño vivía en La Noria desde 1964, había estado casada con Howard S. Philips, padre de sus cuatro hijos: Alfredo, Eduardo, Carlos e Irene.


Otro de sus maridos fue el rejoneador que se hacía llamar Juan Cañedo; el mismo que José González describe como multiasesino y narcotraficante al lado del “Negro Durazo” en su libro “Lo Negro del Negro Durazo” y cuyo verdadero nombre es Hugo Olvera Villafaña, a la fecha propietario de un rancho con cría de toros y caballos en Tequisquiapan.


El mismo Hugo Olvera señalado como cómplice de Luis Avila Binder, hijo de Maximino Avila Camacho, en el atentado contra la viuda de Maximino, Margarita Richardi y el esposo de la misma, Jorge Vélez (tema de un futuro “Personajes”).


En fin, el matrimonio con Hugo Olvera-Juan Cañedo fue inexplicable.


A Dolores la vi por última vez un año antes de su muerte, en el Museo José Luis Cuevas, cuando se hacía un homenaje a Bertha, la esposa de José Luis Cuevas por el primer aniversario de su fallecimiento.


Meses después de este homenaje, me encontré en una exposición en Plaza Loreto al pintor José Juárez; ahí estaba también Gilda Solís Maldonado, pintora y amiga querida a la que tenía 35 años de no ver.


Hablamos de la comida en La Noria y Juárez me dijo que el libro que me había dado Dolores no era de ella, sino de él; le di mi teléfono y quedó en hablarme después, pero nunca lo hizo.


Diego Rivera le pidió a Dolores Olmedo que se casara con él, pero ella lo rechazó; sin embargo, como prueba del amor del pintor quedó la pintura en “La Pinzona”, la casa de Dolores en Acapulco; ahí, él se representa como sapo entregándole su corazón a Dolores, a la que pintó como Sirena.

 

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