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El sonido y la furia
Gerardo Oviedo

gerovio@hotmail.com

 





CANDIDATO


a mi mamá, por su cumpleaños, con todo mi amor

 

Por fin el PRD ya no se hace tantas bolas como el PRI de Salinas. Ahora ya tienen un candidato para la alcaldía de Puebla, el maestro en ciencias Óscar Samuel Malpica Uribe. Hombre congruente con lo que dice y hace. La primera vez que lo conocí fue allá por 1987 cuando se presentó en mi escuela como candidato a rector por la UAP y, la maestra de Biología, Teresa, a quién yo no apreciaba porque, sin beber una gota de alcohol, me había insultado al decirme que andaba borracho y que mi 9.8 no podía ser diez le empezó a cuestionar sobre todo: Ella era simpatizante de un tal José y nos exigió que votáramos por él. Yo era un párvulo en aquel entonces pero las respuestas contundentes, precisas que le recetó a la bióloga me hicieron votar por Samuel Malpica durante la elección de ese año para la rectoría de la universidad. 20 años después lo conozco aún mejor. Integrante del Frente Cívico Poblano por la defensa del estado de derecho. Promotor, literalmente en las calles, de Andrés Manuel López Obrador y del proyecto alternativo de nación. Lo he visto trabajar durante años y ayudar a mucha gente que conozco.  Las injurias se pondrán a la orden del día, eso lo sé. Ahora esperar que logre conciliar a todos los grupos, incluso aquellos que tiran piedras y esconden la mano, para que en Puebla la izquierda no muera aplastada por la derecha. Las utopías existen, sólo hay que arrancarles un pedazo y aterrizarlas en el suelo. Y aunque la elección de noviembre 11 es una lucha contra la marea roja y la manzana azul, esperemos que el maestro Samuel Malpica dé lo mejor de sí mismo para que se entienda que los ciudadanos estamos hartos de los políticos tradicionales, venales y omnipotentes. La ciudadanización de la política debe ser la mejor herramienta para transformar México y recomponer, desde nuestra perspectiva ciudadana, lo que los políticos poblanos se encargan de destruir. Y el presidente legítimo, AMLO, viene de nuevo a Puebla este jueves y hasta el domingo. No faltes.

 

TODA LA RABIA DEL MUNDO
"Se ha acabado con aquella inquietante concepción que dominó el mundo durante doscientos años según la cual una sociedad podía ser criticable y transformable, reformada o revolucionada."
 Guy Debord
PARTE 15

 

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Antes que Goliath terminara de reír por mi pregunta estúpida, el corazón me dio un vuelco como si viajara en una rueda de la fortuna a la velocidad de la luz y que, abordando la canastilla abajo, a ras de suelo, regresara al mismo punto de partida pero transformado después de miles de vueltas: con vértigo, con ese vacío en el estómago por el miedo a las alturas. Goliath me acababa de decir que se iba a casar con Joana y con Brenda. Pero si tú no crees en el amor, wey, le dije después de haberme tranquilizado al suponer, por imbécil, que era a mí al que le pedía matrimonio mientras seguía observando el estuche de terciopelo con los dos anillos de compromiso: Pues sí, no creo en el amor..., me contestó mientras sorbía un trago de agua pura en el café de la 17 donde conversábamos.  ¿Y entonces qué bicho te pico, cabrón?, le pregunté con perplejidad, tratando de desentrañar el caos que se produce cada vez que alguien se va a casar o, en el peor de los casos, se enamora, pero el muy ladino me respondió de bote pronto: Pues Brenda me picó... el corazón y Joana... la cola, tarado, jajajaja. Yo quedé asqueado. Sabía que el amor podía inventar locura y media con tal de fusilar una a una todas las neuronas del cerebro, pero no comprendí de primera instancia la ecuación de Goliath, así que continué: ¿Entonces las amas a las dos, pinche cuzco? Goliath volvió su mirada con lentitud hacia mí al tiempo que dejaba el botellón de agua sobre la mesa: ¡Quiero que seas mi padrino de bodas y no me puedes decir que no! ¡No te puedes negar! ¿Pero las amas a las dos?, insistí con toda la vehemencia del curioso. Goliath regresó la mirada a uno de los ventanales que había en el café y observó los autos más allá del cristal, luego tomó de nueva cuenta el botellón de agua pero no bebió. Uy, manito, las amo a las dos cañón, a Joana por su forma y a Brenda por su fondo, es complicado, pero me entiendes ¿verdad? Tiempo después comprendería que él buscaba la forma y el fondo al mismo tiempo. Pero era muy complicado, ya que siempre se comenzaba con la forma y que muy raras veces, rarísimas, se encontraba el fondo conjugado en la misma persona. Además que el amor no nada más se daba por el conocimiento del interior de la pareja, sino también por su exterior, nada tan superficial como decir: te amo por la magnificencia de tú corazón y tu interior sagrado, sino al contrario, con la profundidad y el respeto del: Te amo porque tienes unas curvas prodigiosas que aceleran mis latidos, claro, en caso que el amor existiera y fuera forma y fondo a la vez. Como Sofía, que intentaba sacarle el fondo a sus planisferios escolares llenos de soldaditos formados en fila. ¡Vamos a ganar todo, todo! continuó con los ojos orbitando alrededor de la revolución, excitada, poseída por fuerzas metafísicas. Yo acababa de llegar a su casa de estudiantes guerrilleros después de una búsqueda infructuosa del fotógrafo desaparecido y de una lectura superficial de Cien años de soledad. Sofía bajó de nuevo la mirada hacia la mesa y exclamó: ¡No es lindo! ¡No sería bello un mundo lleno de amor! Y acomodó otra hilerita de soldados. ¡Ven, ayúdame!, me ordenó. Entonces me acerqué y comencé a tapizar sus mapitas escolares con las botitas de los soldados de plástico: ¡Esto es muy divertido!, le dije cuando ya casi iba a acabar mi puñado de soldados. Sofía dejó de acomodar un muñeco en la parte más alejada del mapa y me arrebató los últimos soldaditos que traía en la mano: Esto no es divertido. El deber con la patria no es por juego. Es por convicción, ¿entendido, mi estimado? Es por amor, maestro. Amor puro. ¡No se te olvide! Y no se me olvidaría, tal y como no se me olvidó el amor abandonado que sufrió mi madre cuando regresó a casa después de buscar a mi hermana Anaís en su departamento vacío. Nada como el abandono. Con la muerte se sabe que uno no retorna más, que todo lo que uno es se esfuma, y con el paso del tiempo se olvida al extrañado, sus ojos, su amor, sus palabras, sus besos, pero con el abandono, por esa incertidumbre del sí y el no como posibilidades, la mente no descansa en paz. Siempre está la esperanza del reencuentro. Mi hermana mayor Clara le recomendó a mi madre que hiciera como si no existiera Anaís: Mira, ma, repite conmigo: desde ahorita Anaís ya no existe para mí, así, fíjate, ¡plin!, ¡y listo! ¡Desapareció!, le dijo una tarde en que en la encontró sollozando en la cocina mientras preparaba un par de huevos revueltos.  Mi madre se sentó a un lado de la mesa con los codos como bastones para el mentón e intentó hacer la magia del desaparecimiento, del olvido repentino y repitió: Desde ahorita mi hija Anaís ya no existe, ¡Plin!, pero en vez de que sucediera el milagro, mi madre, al terminar la frase mágica, se tiró a llorar sobre las faldas del mantel como nunca.  Berreaba tan alto que Clara, en vez de acercársele y consolarla con un abrazo o de a perdida con palmaditas en la espalda, así como había dicho: ¡Plin y listo!, salió de puntitas de la casa y se perdió tras la puerta de entrada. Yo lo único que hice fue servirme los huevos revueltos e irme a comer a mi recámara para dejar llorar a mi madre en santa paz con todas sus culpas internas. ¿Pero entonces te vas a casar con las dos?, repetí mi pregunté a Goliath en un momento en que pensaba que él se iría a convertir por enésima vez en un ser distinto, irreconocible, como las orugas que se convierten en mariposas y regresan al suelo, cuando mueren, convertidas en hojas libres y sobernas del viento. 

 

44.
Ser el primero en enterarse de algo inédito es similar a poder tomar la primera acción o reflexión de manera salvaje, sin tiempo para limar las palabras o los pensamientos. Goliath me había invitado a ser su padrino de su bodas sui generis. Por un lado él era gay, y por el otro lado se iba a casar por partida doble el mismo día. Me había explicado que el corazón, su corazón, era tan vasto que podía albergar mucho amor. Que ahora si creía en él y que no era como las cosas materiales, o los pasteles: Entre más repartes más se acaba. Aquí no, el amor se puede repartir en partes iguales y nunca bajará la cantidad de amor (o de merengue). Es más, puedes dar todo tu amor a todas las personas que quieras y siempre tu corazón estará lleno de amor para repartir. Pinche Goliath, de seguro anduvo fornicando con libros de superación personal o, en su defecto, de repostería por la analogía tan chafa que acababa de hacer entre pasteles, pastelillos y mamada y media: Oye, wey, ¿de cuál fumaste? le pregunté cuando ya me habían traído mi café americano. Goliath me miró y frunció el entrecejo: No creo que me entiendas, tarado, porque te estás haciendo viejo... Ahí lo interrumpí al tiempo que dejaba de jugar con el estuche de los anillos de compromiso y tomaba mi taza entre los dedos: ¡Viejos mis webos! ¡Pero si no crees en el amor! ¿Cómo le vas a hacer? Goliath contrarrestó: No creía, wey, pero como dicen, a cada capilla le llega su fiestecita y debes estar feliz por mí y eso es todo, y se echó a reír. Entonces, como si estuviera en una guerra, lo bombardee con una serie de misiles concretos de manera ininterrumpida para intentar derribar todas sus certezas: ¿Y las dos te van a decir que sí? ¿Se los vas a pedir juntas o por separado? ¿Les vas a echar un choro mareador sobre las bondades del amor compartido? ¿Van a tener hijos? ¿Harán el amor siempre de tres en tres? ¿Y si una no quiere, le echará a perder la fiesta a las otras dos? ¿Cómo se turnaran los horarios para ser machos o hembras o las tres serán micha y micha todo el tiempo? ¿Quién dormirá en medio? ¿Le puedo decir al Perlotas y al Barcelona para que nos riamos juntos de ti? ¿Dónde te vas a casar? ¿Y si te quieres divorciar de una te divorciarás de las dos? ¿Será un matrimonio hasta que la muerte los separe? ¿Quién lavará los platos de la casa y quien los romperá? Y me solté a reír tan fuerte que me dio hipo. Goliath se levantó y me puso una mano en la cabeza: ¡En verdad te estás poniendo viejo, manito! Pero igual te quiero, ¡eh! ¡Serás mi padrino y no te puedes negar! Luego sacó un billete y lo depositó sobre la mesa: Tengo que irme a preparar muchas cosas. Ya sabes, el vestido, las flores, la cena, y miles de cosas más, no se te olvide. Adiós. Adiós me había dicho Sofía cuando me arrebató mis muñequitos de plástico. Quise saber si la diversión estaba peleada con las causas revolucionarias y supe que a esa edad las cosas adquirían un matiz de seriedad tan absoluto, que cualquier intento por modificar la cosmogonía del universo, como era usar la letrina por ejemplo, se debía pasar casi por su comité respectivo: ¿Para qué quiere ir al baño? ¿Por qué le interesa a usted hacer sus necesidades sentado y no de pie? ¿Acaso el retrete es un arma burguesa de manipulación a través del subconsciente? ¡O todos coludos o todos rabones! Ahí me enteré que Sofía hacía pipí de pie y no sentada para rebelarse contra toda imposición de los hombres y, por qué no, de la naturaleza. Entonces, para que Sofía me dejará seguir poniendo muñequitos sobre los mapas escolares le dije con todo el arrepentimiento del mundo: ¡Perdón! ¡Perdóname, Sofía, no lo vuelvo a hacer! Ella me miró con sus ojos azules y me perdonó con esos labios que moría por besar con la única condición que no me volviera a divertir con sus muñecos: Está bien, pero no lo vuelvas a hacer, mi estimado, y me devolvió un par de soldaditos de plástico verde para seguir, con seriedad, planeando la revolución total. Antes qué Goliath saliera del café, le grité: ¡Oye, wey!, por cierto, ¿no has visto al Perlotas o al Barcelona?, Goliath giró sin detenerse sobre su eje y se encogió de hombros. Luego salió del local y se perdió entre los autos que rodaban sobre la calle. Yo quedé esculpido en la silla del cafetín como el pensador de Rodin, nada más que en lugar de bronce era estatua de sal a punto de desmoronarse como un montón de rocas cristalinas.

 

45.
Por más esfuerzos que hice para averiguarlo, nadie sabía el nombre verdadero del Sangrías. Parecía que su sobrenombre hubiera eliminado de la faz de la tierra toda referencia a su nombre antiguo. Como si hubiera nacido por generación espontánea, el Sangrías era el Sangrías y punto. Con su cámara polaroid, cabello largo y, ahora, sin dientes frontales. Sofía me explicó días después, a punta de un discurso sofista, que desde su movimiento habían optado por cambiarse el nombre, ponerse un mote para proteger a los que les rodeaban. Como era la familia y amigos. Por ejemplo, yo no me llamo Sofía, pero dentro de nuestro mundo sí soy Sofía, ¿me entiendes, maestro? No, no te entiendo. Bueno, para que me entiendas, desde ahora tú ya no eres tú, sino que ahora eres otro. Puedes escoger el nombre que mejor te lata o si te tardas demasiado, maestro, nosotros y nosotras te pondremos uno ¿entendiste? ¿Es como un bautizo?, le pregunté con cara de no haber comprendido nada. No mames, wey respondió en el acto, la única religión que aquí tenemos es que no hay religión, mi estimado. Ah... Sofía era tan hermosa y decía las cosas de un modo tan bonito que uno quedaba prendado de sus palabras. Con sus pechos transitando libremente debajo de su camiseta sin brassier. Supongo que también ella había ido al zócalo de la ciudad a quemar esas prendas íntimas para repudiar todo machismo e imposición, todo canon que levantara lo que la gravedad con persistencia intentaba tirar: Compañeras y compañeros, el sostén sólo es un modo de aprisionamiento ideológico impuesto por los grupos en el poder. Abajo el sostén y las tangas y arriba la libertad y el movimiento. Cuando llegué a casa, años después, vi que tenía más llamadas de Rebeca Galindo en la contestadora: Primera llamada: “Hola, soy yo de nuevo.  A ver si te puedes comunicar conmigo. Porfa.” Segunda llamada: “En verdad necesito que me hables en cuanto llegues. Es urgente”. Tercera llamada: “Ya no sé que hacer. No encuentro a mi esposo. Ayúdame”. Cuarta llamada: “Snif, Snif, snif”. Yo estaba como atontado después de la cita con Goliath en el café. Además iba a ser padrino de no sé que cosa, tal vez de pistolas o de floretes. Así que me tumbé en el sillón de la sala a meditar. Estaría pensando en mapitas y soldados, recordando a Sofía tal vez, cuando sonó el teléfono de nueva cuenta. Estiré el brazo y contesté sin preguntar quién era: Ya no te preocupes. Así que deja de chillar. ¿Qué?, se oyó al otro lado de la línea telefónica. ¡Que!, dije a mi vez, ¿Karla? Y efectivamente era mi novia Karla: ¿Cómo sabías que estaba llorando, mi amor? Tragué un buche de saliva que me supo a mocos viejos: Ah, eres tú, Karla. ¿Ahora qué quieres? Ella quedó un instante en silencio, sólo podía oír su respiración entrecortada. ¿Qué quieres, Karla? Dímelo rápido que tengo muchas cosas que hacer. Este... Nada. Sólo quería decirte que te extraño mucho, mi amor. ¿Eso es todo? ¿Para eso me hablaste? ¿Para eso gastaste una llamada?  No, hay algo más que... Yo estaba casi al borde del colapso fúrico. Notaba la lentitud de las palabras de Karla, casi como si las letras fueran expulsadas a la fuerza como se expulsa el dentífrico sobre el cepillo dental. ¿Qué más, Karla, que no tengo tu tiempo! Por teléfono no te lo quiero decir. ¡Pues tendrá que ser por teléfono porque no tengo todo el tiempo del mundo para escuchar tonterías!, grité en cuanto sentí una vena cruzar como un relámpago por mi frente.  Karla tomó un respiro y entre un snif y otro, me dijo: Es que no me ha bajado, snif, te lo quería decir desde hace días, snif, pero parece que estás en otro planeta, snif, y te extraño tanto, snif, y no sé qué hacer, mi amor, snif, snif. Entonces, con toda la serenidad del mundo, con esa calma propia que los grandes hombres del mundo que tienen en momentos de alta tensión, del estrés más brutal e insondable al que son sometidos, sólo pude decirle, mientras contemplaba el  futuro a mis pies, lo más coherente y preciso para ese momento cumbre de mi vida: ¡Ay!

 

(Continuará el próximo miércoles)

 

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