De Palomas Blancas y Pantanos Sucios
No.
Lamento informarle a Arturo Rueda que la “víctima propiciatoria” –en la definición que da René Girard- no es sinónimo de “blanca paloma”.
El mecanismo de la víctima propiciatoria, en palabras del filósofo Gabriel Andrade –siempre inspirado en Girard-, puede definirse como la situación en la cual se escoge un individuo y se le atribuyen todas las culpas o malestares por los cuales atraviesa el grupo.
¿Por qué puse el lunes pasado el ejemplo de Javier García Ramírez en este tema?
Porque prácticamente todos los días desde hace muchos meses el secretario de Desarrollo Urbano y Obras Públicas es el “chivo expiatorio” de la crítica feroz que encabeza Rueda.
Voy por partes.
El quintacolumnista –lo digo sin modestia- es el autor de una muy buena y variada colección de apodos en materia de personajes públicos.
Y mi fuente de inspiración no podía ser otra: la pasión que desde hace muchos años tengo por la literatura, la poesía y sus creadores.
(El apodo más luminoso sigue siendo, sin duda, el que le puso el poeta Salvador Novo a un personaje de los cincuenta: “La nalga que aprieta”).
De hecho: muchos de los apodos que he tenido a bien crear son utilizados todos los días en las más diversas columnas.
En ese sentido, y como experto en la materia, no comparto los apodos forzados que nacen más de la inquina que de la creatividad.
Un caso: en el sexenio de Mariano Piña Olaya hubo un personaje guerrerense llamado Rafael Ramírez, a quien, inevitablemente –sobre todo en los actos públicos-, el entonces gobernador usaba de bufón.
La picaresca poblana pronto lo bautizó como “Rata Ramírez”.
Y así quedó consignado para las siguientes generaciones.
Pero algo pasó que Rueda no se dio por enterado y optó por bautizar con ese apodo –gastado hasta el cansancio- a Javier García Ramírez.
Es como si a dos de los consejeros electorales actuales alguien pretendiera bautizarlos como “Los Prócoros”.
Cierto.
A Javier García lo critiqué en su momento con una severa dosis de ironía –después de todo, ésta es la hermana gemela de la crítica.
(Sin crítica no hay ironía; sin ironía, no hay crítica).
Y ahí están mis archivos abiertos –en laquintacolumna.com.mx- para que los consulte todo mundo.
(Qué mejor muestra de congruencia que dejar que los filetes puedan orearse en público).
En su columna de ayer, Rueda escribe: “Ahora, unos meses después, en la pluma de Mejía, Javier García Ramírez, el Evo Morales de aquí cerquita como le gustaba llamarlo, se convirtió en una víctima propiciatoria. Una blanca paloma, vaya.
“¿Cómo se produjo esa milagrosa transformación? ¿Cómo se lava la mancha de la corrupción?
“Y por cierto: ¿cómo perdió el apodo el Evo Morales de aquí cerquita?
“Explícanos, Mejía.”
Le cuento: entiendo el periodismo como un oficio de crítica permanente.
El crítico que no escribe en contra del poder es un crítico desposeído del sentido vital de la crítica.
No concibo a un crítico complaciente con el poder.
Si lo hace, no es crítico.
El crítico necesariamente debe estar contra el poder.
(Pero en contra de todo el poder, no sólo en contra de una parte del poder).
No creo en los periodistas que le son cómodos al poder.
Los hay, pero no son periodistas.
El periodista que olvida su sentido crítico al poder está perdido.
En este ámbito del periodismo uno siempre responde a los dueños de los medios de comunicación.
Aquí lo importante es cómo conservar el espíritu crítico frente a las presiones del dueño de un medio y cómo convencerlo de que el espíritu crítico será mejor para su medio que el espíritu entreguista.
Es un juego de creatividad.
Es más importante un medio que se abre a la crítica que un medio que se cierra.
Un medio crítico vale más en el mercado que un medio cómodo.
En este sentido, no creo en el periodismo crítico que surge a partir de consignas.
Descreo de los mensajes que se mandan a través de los periodistas los distintos grupos de poder.
No creo en los políticos metidos a periodistas.
No creo en la generosidad innata de algunos políticos y en la maldad innata de otros.
No creo en los periódicos que se convierten en un capítulo más de un ambicioso Proyecto Político Electoral.
No creo en los políticos que mandan golpear –en el mejor estilo de Don Corleone- a través de columnas y notas a modo.
Aquellos que sólo ven el poder en el ojo ajeno carecen de una visión completa.
Y es que desde esa óptica sólo son corruptos los enemigos de nuestros amigos políticos.
Los demás, entonces, se vuelven blancas palomas.
Aunque hayan utilizado recursos públicos para construir sus carreras.
Aunque hayan abrevado en otros sexenios y se hayan enriquecido hasta el hartazgo.
Aunque hayan vendido obra pública.
Vaya: simplemente no entiendo ni quiero entender ese maniqueísmo.
La “mancha de la corrupción” de la que habla Rueda no es patrimonio del gobierno estatal.
Es una mancha que –como la humedad- también vulneró los gruesos muros del mismísimo Palacio de Charlie Hall.
Y sí, en efecto, Javier García perdió su apodo en mi columna porque metí las consignas al congelador.
Y que quede claro algo: nadie me puede decir que en tiempos de guerra me tembló la mano.
Ejemplos hay.
Y de sobra.
Termino este capítulo recordando otra vez el pensamiento de Girard: “El mecanismo de la víctima propiciatoria puede definirse como la situación en la cual se escoge un individuo y se le atribuyen todas las culpas o malestares por los cuales atraviesa el grupo”.
En esta historia lo que a veces cambia es precisamente la víctima propiciatoria.
Jamás las blancas palomas, porque, ya se sabe, ellas son inmaculadas.
+++Ahora sí termino con una saga conocida por todos:
Hubo en México una vez un Zar Antinarcóticos que empezó a atacar con todo al Cártel de los Arellano Félix.
Todos los días y a todas horas el ejército mexicano incautaba droga, aprehendía sicarios e iba cercando a los narcos… ligados a los Arellano.
Así hasta que un día se descubrió que el Zar trabajaba para el Cártel de Amado Carrillo, el Señor de los Cielos.
Moraleja: desconfía del Zar que sólo le pega a un Cártel.
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