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Una rama de olivo de parte del Dalai Lama
Nicholas D. Kristof

 

 

Cuando se inauguraron los Juegos Olímpicos, el Dalai Lama no estuvo presente. Cada parte tanteó el terreno en cuanto a su asistencia, y estuvo tentada por la idea, pero, al final, la desconfianza mutua fue demasiado grande como para superarla.


Tibet es una de las sombras más importantes sobre los Juegos Olímpicos, así como sobre el ascenso de China como una gran potencia, que afecta su imagen internacional y ha desencadenado disturbios que es probable que empeoren en los próximos años. No obstante, eso no tiene que ser así.


En junio, en una reunión privada, me senté con el Dalai Lama y hablamos durante un buen rato sobre el tipo de acuerdo que él y China podrían estar dispuestos a aceptar. Fue muchísimo más flexible y pragmático sobre una resolución de la cuestión tibetana de lo que yo había creído con base en las declaraciones públicas. Sin embargo, también se pregunta si esta política de compromiso con China está llevando a alguna parte: de continuar el estancamiento, es posible que sencillamente se dé por vencido con Beijing.


  He continuado las conversaciones con funcionarios tibetanos desde entonces (en la misma forma en la que he sostenido similares con funcionarios chinos), y la percepción que China tiene del Dalai Lama de que se aferra rígidamente a posiciones viejas es errónea. El Dalai Lama reconoce que se está acabando el tiempo, y está enviando la señal de estar dispuesto a un acuerdo: comparable a la forma en la que el entonces presidente Richard Nixon las mandó a Beijing en cuanto a que estaba listo para replantear las relaciones entre China y Estados Unidos antes de su visita en 1972.


Una señal es esta: por primera vez, el Dalai Lama está dispuesto a declarar que puede aceptar el sistema socialista en Tibet bajo el gobierno del Partido Comunista. Esto es algo que Beijing siempre ha exigido y, tras discusiones prolongadas, el Dalai Lama está de acuerdo en hacerlo.


"Lo principal es preservar nuestra cultura, preservar el carácter de Tibet", me dijo el Dalai Lama. "Eso es lo que es más importante, no la política".


Se trata de una concesión significativa y, ahora, China debe corresponder. La vía actual de las conversaciones entre el Departamento del Frente Unido del Trabajo del Partido Comunista y los representantes del Dalai Lama nunca llegarán a alguna parte. La única esperanza es que Beijing les quite los asuntos tibetanos a los funcionarios del Frente Unido y sostenga pláticas directas entre el Dalai Lama y el presidente Hu Jintao o el primer ministro Wen Jiabao para negociar hasta que se llegue a un acuerdo.


En un signo de que los líderes chinos también están pensando creativamente en enfoques nuevos, Beijing presentó en forma confidencial la idea de que el Dalai Lama vaya a China y participe en un servicio de conmemoración para quienes murieron durante el terremoto en Sichuan en mayo. Eso fue audaz; el Dalai Lama no ha entrado en China desde 1959. Ahora, ambas partes deberían orientarse a una visita para marcar, en noviembre, el aniversario a los seis meses de ocurrido el terremoto, seguido por negociaciones serias.


Es posible elaborar un acuerdo con el que se mejore con mucho la situación tanto de China como de los tibetanos, si se apresuran. Una vez que muera el Dalai Lama —tiene 73 años—, un acuerdo sería imposible por otra generación más porque nadie podría unificar al pueblo tibetano en torno a un plan nuevo. Para entonces, es posible que Tibet haya quedado bajo un mar de inmigración china, y que algunos jóvenes tibetanos frustrados se hayan convertido en terroristas. En mis entrevistas en áreas tibetanas de China este año, jóvenes me hablaron en repetidas ocasiones de su frustración porque el Dalai Lama es demasiado conciliador y que sería necesario un movimiento de liberación violento una vez que haya muerto.


Este es un esquema plausible de lo que podría ser un acuerdo, aunque con toda seguridad que ambas partes podrían estremecerse con algunas disposiciones:


El Dalai Lama reduciría en cierto grado sus demandas de autonomía política para Tibet, mientras que el gobierno chino ofrecería más libertades culturales y religiosas. No habría el enfoque de "un país, dos sistemas" como el que hay en Hong Kong, y se mantendrían los mecanismos de control existentes del Partido Comunista.


Como ha dicho el Dalai Lama, no tendría ninguna función política posterior al acuerdo, pero tendría la libertad de entrar y salir de China con sus asesores, así como de comunicarse libremente. Podría viajar en las áreas tibetanas, en coordinación con el ministerio de seguridad pública, para asegurar que no haya ninguna agitación. China también liberaría a todos los tibetanos encarcelados por delitos políticos —aunque no por los de violencia— a la firma del acuerdo.


Mucho más sensible es el llamado del Dalai Lama a poner bajo un solo gobierno a todas las áreas tibetanas. Por lo general, eso se interpreta como algo que significa una expansión enorme de los límites políticos de la Región Autónoma de Tibet que comprendería casi una cuarta parte de China, incorporando partes de las provincias de Qinghai, Gansu, Sichuan y Yunnan. En el pasado, los líderes chinos estuvieron abiertos a volver a trazar los límites, pero hoy China está determinada a no hacer esos cambios, tanto como los tibetanos lo están de obtenerlos.


Una forma de tender un puente sobre ese abismo podría ser la creación de una Autoridad Regional para Asuntos Tibetanos que mandaría en aspectos claves de la vida en todas las áreas tibetanas, en particular en cuanto a la educación, la cultura y la religión. Los libros de texto en las escuelas de idioma tibetano están armonizados en las diferentes provincias, y esta autoridad regional supervisaría de igual forma los aspectos prácticos de la vida en las áreas con poblaciones tibetanas, todo bajo las leyes chinas. Esto permitiría que esas áreas quedaran bajo una sola administración sin cambiar los límites políticos.


Por la parte china, la concesión crucial sería restringir la inmigración en todas las áreas tibetanas, dentro y fuera de la "región autónoma", por medio del sistema de permisos de residencia existente en China. Las autoridades chinas dejarían de emitir los permisos para residentes, conocidos como hukou, a los no tibetanos para cualquier zona tibetana, y otorgarían permisos de residencia temporal, o zhanzhuzheng, sólo cuando ningún tibetano esté disponible para un trabajo. Esto detendría la afluencia de chinos han hacia áreas tibetanas.


El idioma tibetano también se usaría en las oficinas de gobierno en todas las áreas tibetanas, junto con el chino, y se daría un impulso nuevo (como sucedió en los años de 1980) para aumentar la proporción de tibetanos en cargos gubernamentales y partidistas. El resultado sería un Tibet que políticamente seguiría bajo el control del Partido Comunista. No sería una democracia ni un sistema multipartidista, pero podría preservar su carácter en forma indefinida como una región distintivamente tibetana y budista, tanto dentro como fuera de la Región Autónoma del Tibet. Y Tibet podrá ser libre sólo si se preserva.


Para los chinos, un acuerdo semejante resolvería la cuestión tibetana y terminaría con una vergüenza internacional, asimismo, evitaría el surgimiento de protestas y terrorismo en las décadas por venir.
Mis conversaciones con ambas parte me hacen pensar que esto se puede lograr. El Dalai Lama reconoce que sus esfuerzos anteriores no han funcionado de cara a las políticas chinas cada vez más de línea dura, así es que está dispuesto a tratar enfoques nuevos.


En cuanto a China, ha elevado los estándares de vida tibetanos en forma impresionante en los últimos 20 años, pero la represión ha hecho que pierda el apoyo popular tibetano.


En los viejos tiempos, los Juegos Olímpicos eran una época para suspender los conflictos. Según ese espíritu, ambas partes deberían ponerse a trabajar para preparar una visita del Dalai Lama en noviembre, seguida por negociaciones al más alto nivel, orientadas a una resolución histórica de la cuestión tibetana.


La pelota está en la cancha china.

 

 

 



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