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Alfonso Diez

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Una pequeña trampa en Ángeles y Demonios

 

 

He dejado para una oportunidad como la que ahora se presenta mi crítica a un punto sustancial en una de las novelas de Dan Brown, Ángeles y Demonios. Aunque el punto pareciera superficial, no lo es, como veremos más adelante, y en vista de que se acaba de comenzar a filmar la película basada en tal novela, ya no puede posponerse la mencionada crítica.


Brown se hizo famoso a raíz de la publicación de su cuarta novela, El Código Da Vinci, que apareció en México, en español, poco después que en Estados unidos, en inglés, hace cinco años, en 2003.


Antes de El Código…, el escritor había publicado tres novelas en Estados Unidos: La Fortaleza Digital, en 1998; Ángeles y Demonios, en el 2000; y La Conspiración, en 2001. Pero en México y en los países de habla hispana no fue sino hasta después de la cuarta cuando se publicaron las tres anteriores.


En Ángeles y Demonios, hay una nota del autor que aclara: “Las referencias a obras de arte, tumbas, túneles y monumentos arquitectónicos de Roma son reales (al igual que su emplazamiento exacto). Aún hoy pueden verse. La hermandad de los Illuminati también es real.”


El personaje central es Robert Langdon, profesor de Simbología Religiosa, que es llevado a investigar un crimen desde su casa, en Boston, hasta Ginebra, Suiza, al Laboratorio para Investigaciones Nucleares de la Unión Europea (CERN). De ahí en adelante se desarrollará una trama que concluye de manera apasionante en el Vaticano.


El caso es que en el CERN  descubre que han construido un acelerador de partículas de 27 kilómetros de largo para crear antimateria, que supuestamente no existe en el universo conocido y solamente podría existir en un universo paralelo.


El científico que lo logra, Leonardo Vetra, a la vez hombre de la Iglesia, en mancuerna con su hija Vittoria, es asesinado y Vittoria le explica a Langdon tras observar la escena del crimen:


“Mi padre quería elevar la ciencia a un nivel superior en que la ciencia sustentara el concepto de Dios”. “Estaba dispuesto a acometer algo que a ningún científico se le había ocurrido jamás. Algo para lo que nadie había dispuesto de la tecnología adecuada”. “Ideó un experimento capaz de demostrar que el Génesis fue posible”. “Mi padre creó un universo de la nada”.


“El proceso fue de una simplicidad sorprendente. Aceleró dos haces de partículas ultrafinas en direcciones opuestas dentro del tubo del acelerador. Los dos haces colisionaron a velocidades enormes, y toda la energía de ambos se colisionó en un solo punto. Consiguió densidades de energía extremas”. Demostró “no sólo que la materia puede crearse de la nada, sino que el Big Bang y el Génesis pueden explicarse aceptando la presencia de una enorme fuente de energía”: “Dios, Buda, Yahvé”.


Aquí es donde hay que poner los puntos sobre las íes. Aunque se trata de una novela y lo que se plantea es una fantasía, ya hay teorías que intentan demostrar que la Biblia tiene razón en muchos puntos a partir de interpretaciones erróneas.


El error de Dan Brown, que se convierte en trampa, consiste en afirmar que en el acelerador se crea materia partiendo de la nada. La realidad es que toman dos haces de partículas (materia) para transformarlas en materia cargada de una cantidad enorme de energía. No parten de la nada y simplemente siguen lo trazado por Lavoisier en una de sus leyes: “Nada se crea, nada se destruye, sólo se transforma”.


La materia puede transformarse en energía y viceversa, no hay nada nuevo en eso, pero de ahí no se puede concluir que de la nada surja algo, que de la nada —ni siquiera energía— surja la materia. Y no es el caso en Ángeles y Demonios: hay partículas —materia— que se transforman en materia con más energía.


Como los filamentos de un foco (materia), que al cruzar por ellos una corriente eléctrica emiten luz (energía). O como la fuerza de la corriente de agua de un río (materia con fuerza, energía), que al caer sobre un enorme dinamo giratorio producen energía eléctrica.


Immanuel Velikovsky también cayó en el error-trampa en su libro “Mundos en Colisión”, en el que a partir de la supuesta aparición de un cometa en la antigüedad, hacía posible que las aguas del Mar Rojo se abrieran para que lo cruzara Moisés, o que las piedras cayeran del cielo para acabar con los que perseguían a Josué.
Y ahora, en Ángeles y Demonios, se trata de responder a la pregunta fundamental de la filosofía con el sesgo que une ciencia y religión, lo que haría posible el Génesis.


La pregunta fundamental de la filosofía es: ¿Qué fue primero, la materia o el espíritu?, y de la manera en que se responda ésta se define uno como idealista o como materialista; en otras palabras, como creyente en algún tipo de religión y en la idea de Dios —si la respuesta es el espíritu— o como no creyente, si la respuesta es la materia.


¿Existió primero el universo y una vez que evolucionó la materia y los seres vivos surgieron las ideas, el pensamiento, porque ya había cerebro en el que se produjeran?, o ¿la idea —o espíritu— salida de la nada, creo también de la nada al universo?


¿Pensamos porque tenemos cerebro?, o ¿pensamos porque llevamos dentro un espíritu —alma— que es quien piensa?. ¿El pensamiento (energía) se deriva del cerebro (materia)?, o al revés, ¿el espíritu hace posible que el cerebro (materia) funcione?.


Si nuestra respuesta es la primera en los tres casos, somos materialistas; si la segunda, idealistas.
En fin, aclarado el punto, esperemos al 2009 para ver la película con Tom Hanks en el papel de Robert Langdon y disfrutémosla sin plantearnos cuestiones filosóficas. El cine hay que gozarlo como tal y en este caso no dudamos que tendremos una magnífica producción, aunque la novela tenga errores.

 

 

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