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Poder y política
Manuel Cuadras

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SOBRE SEUD ÓNIMOS, CORRUPTOS Y ESTÚPIDOS.

 

 

Como dijo alguien recientemente: “no voy a sudar calenturas ajenas”, sin embargo, dadas las diferencias entre dos periodistas locales, plasmadas en sus respectivos espacios la semana pasada, en las cuales salió a relucir (o más bien cuestionar) el porqué de escribir con seudónimo, y dado que este columnista firma sus trabajos bajo el nombre de un seudónimo, considero importante hacer algunas puntualizaciones acerca de este estilo periodístico.

 

Partamos del hecho de que nadie haría algo para que el mérito fuese para otra persona, en el difícil oficio de escribir menos (quienes conocen lo laborioso de este oficio saben a lo que me refiero). Luego entonces, ¿por qué escribir un artículo y firmarlo con otro nombre? La periodista argentina Ana von Rebeur, hace la siguiente reflexión: “Se supone que un autor se mata escribiendo para que lo lea la mayor cantidad de gente posible.

 

Para esto se requiere lograr el reconocimiento de los lectores. Entonces, ¿no sería una perdida de tiempo y esfuerzo firmar una obra con un nombre que no es el propio?”. Y continúa diciendo: “La moda de los seudónimos es muy antigua. En el siglo XVIII abundaban los seudónimos porque nadie quería que trascendiera que una persona respetable estaba metida en el sucio oficio de escribir novelas, algo impropio y frívolo para la época”.

 

Afortunadamente en la actualidad, el oficio de escribir se ha vuelto respetable y digno de una persona con talento, tan es así que a diferencia de aquel lejano siglo XVII en que abundaban los seudónimos, la gran mayoría de los periodistas de nuestro tiempo lo hacen con el orgullo de firmar con su nombre y apellido cada una de sus notas, sin embargo, aquellos que hacemos uso de algún seudónimo lo hacemos para darle voz a todas aquellas personas que desean expresar su molestia e inconformidad ante ciertos abusos que cometen nuestros representantes; darle voz a aquellas personas que no se atreven (incluyendo a muchos columnistas que se ensanchan por firmar con su nombre) a decir las cosas de las cuales están hartas y asqueadas.

 

Por eso, con la libertad que me permite mi derecho de expresión, y más aún con la libertad (no libertinaje) que me permite mi identidad secreta, he podido decir cosas que todos los poblanos saben, piensan y dicen, pero que no pueden hacerlo de manera pública.

 

He dicho por ejemplo, que Zavala está aferrado con la idea de ser gobernador, a pesar de que la mayoría de los poblanos simplemente lo vomitan (por decir lo menos); que Valentín Meneses tenía de líder lo que Giorgana tiene de.. de… de líder también (es decir nada); que Javier García Ramírez es el tipo más corrupto en la historia de Puebla (solo después de Mariano Piña Olaya quizá); que Mario Marín jugó durante dos años a las escondidas para evitar rechiflas y burlas de los poblanos; y que el gobernador piensa que somos estúpidos por pensar que nos creímos que en verdad no tuvo nada que ver en el asunto de Lidia Cacho.

 

Cosas como éstas las escuchamos en cafés, fiestas, reuniones, pasillos, bares, antros, oficinas, etc. pero no las leemos en columnas, no escuchamos en radio y mucho menos vemos en televisión. ¿por qué? Porque no son cosas fáciles de decir, porque son incómodas. Luego entonces, el hecho de decirlas a través de un seudónimo, es una manera de proteger y salvaguardar la integridad de quien lo escribe. ¿Le parece que exagero? Déjenme contarles que en alguna ocasión, un funcionario de la actual administración marinista con muchísimo poder (en aquel tiempo) se volvió loco con las columnas del periódico CAMBIO y ordenó investigar todo acerca de un tal “Manuel Cuadras”: “Quiero saber quién es ese cabrón, dónde está, a qué se dedica, donde vive, TODO!” (¿no creo que para mandarme una tarjeta de felicitación verdad?) Posteriormente y tras el intento fallido de sus espías, optó por hacerlo él mismo, invitándome a “tomar un café para intercambiar puntos de vista”, a lo cual en aquella ocasión respondí que no tenía nada que hablar con él, a menos que leyera un libro de Bakunin, digo, para tener tema de conversación y no solamente que me mentara la madre no? (a la fecha sigo esperando).

 

El punto central de los seudónimos es no revelar la verdadera identidad, que no es lo mismo a “esconderse” ni “ocultarse” como lo manejaron dos periodistas la semana pasada (uno de ellos por cierto, colaborador de este diario).


No se trata de un asunto de valor o de miedo, se trata de generar conciencia, no se trata de un asunto de testosterona, sino de neuronas, ¿o qué, me van a decir que tenía más valor el perro aguayo que El Santo, porque el primero peleaba sin máscara? (solo por poner un ejemplo sencillo).

 

Ahora bien, ya que hablamos de seudónimos, quisiera retomar una anécdota de un ilustre político, filósofo y poeta poblano que escribía bajo las siglas de una identidad creada. ¿su nombre real? Luis Cabrera Lobato, ¿su alias? Blas Urrea.

 

Lo siguiente viene a colación toda vez que un servidor hace dos semanas, basándome en un excelente trabajo periodístico de Efraín Nuñez y de Arturo Rueda, mencioné que El Secretario de Desarrollo Urbano del gobierno del estado, Ing. Javier García Ramírez, era un cínico por intentar vender una obra a los poblanos, al doble de su valor original, bueno, pues resulta que no obstante las pruebas que mostraron mis compañeros mencionados (contundentes a todas luces), hubo un (¿cómo llamarle?) ¿periodista? ¿columnista? Bueno, alguien que escribió en un periódico lo siguiente: “Decir que la obra de la Vía Atlixcáyotl está inflada es muy fácil.


Lo difícil es, ya se sabe, demostrarlo
.

 

Aquí la anécdota: Se cuenta que en alguna ocasión, Luis Cabrera siendo diputado, subió a tribuna para llamar deshonesto a un legislador, cuando éste pidió pruebas, la respuesta fue lapidaria, “lo estoy acusando de ladrón, no de estúpido”.

 

¿Así o más claro?

 

 

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