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Alfonso Diez

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El cubano internacional

 

 

Antes de que se fundara la nación israelí, al terminar la Segunda Guerra Mundial, hubo quien se refería a sus actuales pobladores como “El Judío Internacional”, porque iban de un país a otro, sin patria, y habían sido expulsados de diversas naciones a lo largo de su historia. La referencia es obligada para hablar del cubano actual, porque muchos de ellos tienen prohibido regresar a su lugar de origen y aunque han sido acogidos por otro país, mayoritariamente los Estados Unidos, el parangón surge al analizar los efectos del exilio. Los casos que se describen a continuación son ejemplares. El problema final “se reduce” a determinar la forma y el fondo…


1.- Josephine era una niña cuando salió de Cuba con su familia para los Estados Unidos. Fue casi al final del primer cuarto del siglo XX, mucho antes de que Fidel Castro llegara al poder.


En Los Ángeles se convirtió en maestra y escaló todos los peldaños hasta convertirse en supervisora de Distrito; a la fecha, cercana a sus cien años de vida, vive en la comodidad que la da una magnífica pensión que recibe del gobierno norteamericano.


Allá se casó con uno de sus maestros, mexicano, que daba clases en la UCLA y tuvieron un hijo que a su vez se casó con una mexicana. Los hijos de este matrimonio nacieron, igual que el único vástago de Josephine (también maestro, por cierto), en Los Ángeles.


Pero hace cinco años, Josephine quiso volver a su tierra natal como turista para recorrer calles que recuerda en la lejanía de tantos años transcurridos. Ya no vive nadie que ella conozca.


Como el gobierno de su país impedía los viajes a Cuba, vino a México con su hijo, su nuera y sus nietos para viajar a la isla con un paquete que le vendió una de las agencias de viajes que promociona las excursiones a su antigua patria, pero al llegar al aeropuerto del Distrito Federal se llevó una enorme sorpresa: el gobierno cubano no le había proporcionado la visa necesaria (que supuestamente la agencia ya había recabado), porque ella había nacido en Cuba, emigrado a Estados Unidos y obtenido la nacionalidad de este país. Ese era el delito por el que la nación gobernada por Castro la castigaba.


Para poder viajar a su lugar de nacimiento, se estaba exponiendo a alguna sanción por parte del gobierno americano, por contravenir la disposición que impedía viajar a Cuba a sus connacionales, pero con todo y eso se arriesgaba. El gobierno cubano, sin embargo, de manera inexplicable, se lo impidió; descorazonada, se quedó en el aeropuerto de la Ciudad de México mientras su familia aprovechaba el momento para conocer la patria materna.


2.- Otro caso es el de Sixto. Hace cerca de quince años viajó a México como parte de una misión de su país. El sector académico lo acogió con cariño, le dio todas las facilidades, lo invitó a dar conferencias y finalmente le dio un nombramiento de tiempo completo para dar clases en una universidad de Acapulco. Él estaba feliz, mandaba dinero a su esposa e hija, que permanecían en la isla, pero le hicieron saber en la embajada de su país que ya no podría regresar, lo consideraban desertor.


A ellas les impedían viajar a México, para que no se reunieran con el esposo y padre, les negaban la visa correspondiente. Como Tere, la esposa, tenía familia en España, logró la nacionalidad de este país y así pudieron escapar de Cuba, como españolas en camino hacia su nueva patria. De ahí, el viaje a México fue sencillo. Instaladas aquí, han progresado, la hija terminó una carrera en la Universidad Iberoamericana que le proporciona un buen empleo y Sixto dirige con éxito un Centro de Estudios.


3.- Un ejemplo de los que salen de Cuba para nunca regresar es el de los que toman la balsa o la lancha para desembarcar en la Florida. Son los llamados “balseros”, si tienen éxito y logran pisar suelo estadounidense antes de que los detecte la guardia costera se acogen a una ley que les permite quedarse a residir. Sus compatriotas los ayudan de inmediato a conseguir casa y empleo. Los que no tienen suerte, corren cualquiera de dos peligros: ser detenidos por la patrulla marítima, que los envía de vuelta a la isla, donde al llegar son encarcelados, o se hunden junto con la frágil embarcación que creían los llevaría a otra forma de vida y, efectivamente, su vida acaba bajo las aguas del pedazo de mar que separa a Cuba de Estados Unidos.


4.- Pero el de los llamados “marielitos” fue un caso único. Sucedió exactamente hace 29 años. El primero de abril de 1980, un grupo de cubanos estrelló un autobús contra la puerta de la embajada peruana para penetrar en la misma y pedir asilo. La policía cubana les impedía el acceso y sólo de esa manera lo podían lograr. Un suboficial que trató de impedir la acción falleció en el intento. El gobierno peruano concedió el asilo a los que lo solicitaron y en represalia los cubanos retiraron la vigilancia de la misión diplomática; como consecuencia, en cuatro días entraron 10,800 personas.


Fidel Castro anunció que si querían dejar la isla se los iba a permitir y les dijo que lo hicieran por Puerto Mariel, distante 40 kilómetros de la Habana. La respuesta de la población fue sorprendente: más de 125,000 cubanos abordaron las miles de embarcaciones que se acercaron al puerto para llevarlos a Cayo Hueso, en la Florida; pero Castro no se quedó de brazos cruzados y dejó salir de las cárceles a numerosos delincuentes, que emigraron también, confundidos con los demás. El presidente Jimmy Carter declaró el Estado de Emergencia en Florida.

 


El problema final


Hoy, Barack Obama, el nuevo presidente de los Estados Unidos, ha dado la orden de permitir los viajes a Cuba a todo aquél que lo quiera hacer; también se permitirá el envío de dinero sin restricciones. Fidel Castro declaró, en respuesta, que la medida es mínima, que los cubanos no piden limosnas y que lo que Estados Unidos debería de hacer es terminar con el embargo.


Las medidas de Obama parecerían anunciar el principio del fin de los males de la isla, pero no es así. Los que como Josephine, Sixto, los “balseros”, o los “marielitos” han dejado Cuba no podrán tomarle la palabra al nuevo presidente, porque el gobierno de su tierra natal les sigue impidiendo el regreso.


En el caso de Josephine es evidente la confusión, el castigo injusto, porque ella no huyó de la revolución de Fidel Castro, emigró con su familia muchos años antes buscando una vida mejor, que afortunadamente logró.

 

Pero el gobierno cubano no establece distinciones: “Si sales de Cuba y te nacionalizas en otro país no te dejaremos regresar”. ¿Por qué? La medida es dictatorial y queda fuera de toda lógica y como existe por disposición del propio gobierno cubano, no se acaba con la determinación actual del gobierno de Estados Unidos.


Sixto, los “balseros” y los “marielitos” tienen menos esperanzas de lograr el regreso para visitar a sus seres queridos y/o a la tierra que los vio nacer, porque la venganza de su nación pende sobre sus cabezas y a la fecha les está prohibido el retorno, aunque fuera en calidad de turistas, considerando que ya ostentan la nacionalidad mexicana, el primero y la americana, los otros dos; y entre otras cosas, la prohibición se da precisamente por eso.


Ningún otro país del mundo he determinado tal castigo multitudinario para los nacionales que emigran. La Cuba de los hermanos Castro, desafortunadamente, sigue con la idea vigente de hace 50 años, cuando conquistaron el poder: “Una revolución que tranza, deja de ser revolución”. “Los que dejan la isla, abandonan la revolución y son unos traidores”.


Tras la revolución, hubo otros dos momentos en que los cubanos tuvieron que empuñar las armas: durante la invasión de Bahía de Cochinos por los “gusanos” (cubanos residentes en Florida que querían derrocar a Fidel); y cuando surgió la “Crisis de los misiles”, tras el bloqueo naval norteamericano que evitó la entrada de cohetes y material que servirían para terminar la instalación de bases militares soviéticas en la isla, con el evidente peligro para los estadounidenses.


Pero han transcurrido más de cuatro décadas después de tales sucesos y es el momento de exhortar a Fidel y a Raúl para que den mayores libertades al pueblo cubano: libertad de expresión, de reunión, de elegir a sus gobernantes y de tránsito por la isla, con el consecuente permiso a los que viven, trabajan y han formado un hogar en otro país para que viajen como turistas a la que fue su patria y gasten todos los dólares que quieran. Suman cientos de miles y la derrama económica que dejarían no es nada despreciable.


No olvidemos que se trata de dos conceptos, forma y fondo. El fondo es el socialismo; la forma es la manera de dirigir el gobierno, democrática o dictatorial. ¿El pueblo cubano quiere seguir siendo socialista? Adelante, tal es el fondo. Pero 50 años son más que suficientes para que una revolución acabe con las formas dictatoriales instauradas en los primeros años para consolidarse. Si transcurrido ese tiempo todavía no han logrado el fin perseguido, por las razones que sean, es el momento de determinar el alto en el camino y voltear a ver a la población, atenderla antes que querer seguir sosteniendo con alfileres una forma de vida que no ha logrado elevar su nivel económico.


Cinco décadas han probado que el experimento no funcionó. ¿Fidel Castro gobernó como debía durante 48 años? ¿Lo hace ahora Raúl, su hermano? Permitan que alguien que no lleve el apellido Castro lo pregunte a la población. De no hacerlo así, lo que otras naciones denominan dictadura persistirá en la isla de manera injusta.

 

 

 

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