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Alfonso Diez

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Decisiones para el 2009

 

 

 

Toda mi vida he cenado el 31 de diciembre con mi familia. Desde los primeros festejos que recuerdo, con los primeros minutos del nuevo año nos abrazábamos, para desearnos felicidad, salud, éxito y el logro de nuestros propósitos en el año que apenas iniciaba, igual que lo hacemos ahora.


En una ocasión, hace algunos años, me detuve en casa de uno de mis colaboradores en la revista de corte político que dirigía para brindar con él y su familia, correspondiendo a su invitación. A su cena de fin de año asistían además amigos mutuos. Le tocó decir unas palabras a un conocido analista político que militaba en un partido de izquierda. Se lamentó de la situación por la que atravesaba el país y de manera triste, lastimosa, deseó a los que lo escuchábamos que el nuevo año pudiera ser mejor para todos. Levantamos nuestra copa para acompañarlo en el brindis, pero el ambiente de pesadumbre parecía ser el presagio para lo que restaba de la noche en esa casa. Era una noche de festejo, así que traté de levantar el ánimo de los que se quedaban a cenar enumerando logros y brindando por lo que parecían ser mejores tiempos para la revista y en consecuencia para los que en ella laborábamos.


Cuando salí de esa casa, para reunirme con mi familia, alrededor de las nueve de la noche del 31, me fui meditando en los enormes contrastes que se dan en los diferentes hogares que festejan la llegada del nuevo año.


En todo el mundo hay muchos hogares que no tienen ni para un pan, nunca, no sólo la noche del 31 de diciembre. Pero no era el caso de la noche que relato. El analista en cuestión era un hombre de la clase media que vivía igual que los demás en esa mesa, pero siempre se quejaba de la situación “en la que nos tenía viviendo el gobierno”, al que culpaba de todos sus males. No valoraba sus propios logros, no veía el futuro con optimismo y decía que la única solución era la toma del poder por las clases más necesitadas, para revertir los papeles.


Era pesimista. Como el del cuento: dos niños habían pedido su regalo de reyes para el 6 de enero. Uno era muy pesimista y el otro muy optimista. El primero pidió una bicicleta y el segundo un caballo. Con el objetivo, de manera errónea, de equilibrar las cosas, el padre le trajo la bicicleta al primero y le dejó materia fecal al segundo. Cuando se levantaron, el pesimista estaba muy triste porque decía que en cualquier momento podía sufrir un accidente con su bicicleta, y el optimista estaba muy contento, decía “mira, me trajeron un caballo, ahí se hizo del baño, pero lo ando buscando”.


Es el caso del analista mencionado, nunca va a festejar una cena de fin de año. Y el relato es pertinente por las cabezas que dan título a algunos artículos, precisamente de analistas políticos, de diarios y revistas durante los primeros días del 2009.


Un muy conocida titula a su colaboración en una revista semanal “Annus horribilisimus”, cuyo contenido se adivina, y en el mismo semanario, otro colaborador da a su artículo el título de “Un año de mal agüero”. Ambos viven de la crítica pesimista, aunque el segundo dice que el siempre ha sido optimista, sin darse cuenta que sus análisis han estado siempre impregnados de pesimismo.


Hay de todo en nuestros medios de información, pero algunas plumas son conocidas por quejarse siempre de lo que para ellos es sinónimo de poder, lo que los califica. Identifican a los sujetos de los que se quejan con el padre malo. Infancia es destino, decía Santiago Ramírez y tales articulistas nunca, en consecuencia, le van a conceder puntos buenos al padre que los maltrató o los abandonó, como tampoco a los que identifican con él.


Nuestro mundo está lleno de contrastes: Miseria y opulencia, guerra y paz, cultura e ignorancia, democracia y dictadura. Y así es también México, una nación que ha pasado por diversas guerras: de conquista, de independencia, contra el invasor extranjero, contra el dictador y entre facciones “revolucionarias”. Igual que en otros países.


Pero inclusive por el propio bienestar no podemos vivir quejándonos de todo. ¿Algo no nos gusta, o no nos parece correcto? De acuerdo, señalemos civilizadamente las fallas, pero también los aciertos. Hagamos propuestas, no solamente descalificaciones.


A las nuevas generaciones hay que animarlas a vivir con el ímpetu que les puede dar la esperanza de lograr sus aspiraciones y de vencer los contratiempos. Claro, hay que darles armas, la de la educación, el trabajo, el amor, la ética; una buena estructura, en otras palabras. Recordemos que el pesimista nunca ha vencido, nunca ha llegado a buen puerto y en muchas ocasiones, su nave ni siquiera ha despegado.


Así que, borrón y cuenta nueva. ¿Qué nos espera para este 2009? ¿Seremos optimistas o pesimistas?

¿Lograremos lo que nos hemos propuesto? Lo primero, claro, es proponérnoslo. ¿Y de quién depende? Solamente de nosotros. Entonces, parece frase hecha, pero no lo es: nunca es tarde, éste es el momento de comenzar.

 

 

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