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Alfonso Diez

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Soluciones bajo la lupa


* El capital no tiene patria


* La Mafia del Siglo 21

 

 

 

La noche del pasado martes seis de enero, un grupo de hombres armados disparó ráfagas de metralleta y lanzó una granada de fragmentación contra las instalaciones de Televisa Monterrey.


El caso ha sido difundido y comentado ampliamente en los medios de información. Algunos periodistas se han solidarizado con los compañeros que trabajan en esa empresa, como lo hacemos aquí ahora.


Las líneas de investigación señalan a un grupo de narcotraficantes como principal sospechoso del atentado, pero se advierte una confusión que determina el análisis bajo otra lupa.


 Este ataque, como las manifestaciones de protesta frente a sus instalaciones en la Ciudad de México tienen un común denominador: buscan llamar la atención de la propia televisora y de otros medios para dar a conocer inconformidades; en el caso actual, el motivo aparente fue que Televisa no difundió el contenido de una manta de protesta contra el gobernador del estado. En el caso de la protesta en la Ciudad de México, López Obrador, acompañado de un grupo de sus simpatizantes, se quejaba de que no difundían como él quería sus discursos.


Pero quienes protestan contra Televisa se olvidan que, en su gran mayoría, los medios de información pertenecen a empresarios o grupos empresariales que tienen inversiones en México como las pueden tener en otros países sin que los capitales que manejan deban ser etiquetados como “mexicanos”.


En otras palabras, el capital no tiene patria, ni fronteras.


Televisa pertenece a los Azcárraga, TV Azteca a Salinas Pliego, el periódico Reforma a Alejandro Junco de la Vega (quien por cierto ya anunció que se iba del país para vivir en Estados Unidos, debido a la inseguridad que prevalece), Excélsior a Olegario Vázquez Raña, El Universal a Juan Francisco Ealy Ortiz, Milenio a un grupo del norte del país encabezado por Francisco González,  La Crónica a los Kahwagi y en fin, para qué seguir, basta una ojeada a tales nombres para tener la certeza de que están cortados por la misma tijera, la del gran capital que busca expandirse con buenas utilidades (es su derecho), sin importar que el dinero produzca dividendos en México, Estados Unidos, Suiza o las islas de Gran Caimán, siempre y cuando esté seguro y produciendo.


Nadie les puede hacer algún reproche porque ejercen el derecho que cualquier inversionista tiene a invertir en el país que se le dé la gana y/o a guardarlo también donde desee, salvo que se les detecte algún tipo de evasión fiscal o de lavado de dinero; ahí sí corren el peligro de perder el que sería llamado “dinero sucio” e inclusive de caer en la cárcel.


¿Los señalados antes, estarán involucrados en alguna práctica de evasión fiscal o de lavado de dinero que les permita acrecentar su capital? ¿Si no ahora, lo estuvieron en el pasado? Es difícil que alguien ponga la mano en el fuego por alguno de ellos.


Recordemos la manera de proceder de Raúl Salinas de Gortari, lavando dinero y escondiéndolo en Estados Unidos y Suiza. Cuando fue acusado, dijo que diversos inversionistas muy conocidos en México, sus amigos, se lo habían dado para acumularlo con la intención de invertir quién sabe en qué. Se duda que fuera cierto.


Parece más bien que lo que reveló en una conversación que sostuvo con su hermana por teléfono cuando estaba en la cárcel es la verdad: la mayor parte del dinero era de la partida secreta de la presidencia cuando su hermano Carlos la ocupó, éste la robó y se la dio a guardar a Raúl.


El capital, decíamos, no tiene patria, ni fronteras.


La apertura en los medios llega, en consecuencia, hasta donde el propietario lo permite. ¿Hay ahora libertad de expresión? Sí la hay, pero los medios están “copados”, “restringidos”. La palabra favorita de muchos analistas, escritores y artistas diversos para autodefinirse es “intelectual” (erróneamente aplicada) y los “intelectuales” son los que salen en los programas de análisis de la televisión, en la radio, en los periódicos y en las revistas.


Son siempre los mismos, ocupan todos los espacios y a nadie más se le permite irrumpir. El que tiene su programa en la televisora, lo tiene también en la radio, tiene su columna en el periódico y publica en determinada revista.


Los hay inteligentes, capaces, honestos; pero también los hay mediocres, negociantes de la pluma. Se trata ya de una mafia parecida a la que denunció en su momento Luis Guillermo Piazza. Da pena dar nombres, pero están en la mente de todos. Ganan lo que quieren, viven como reyes y hasta se dan el lujo de criticar al gobierno.


Los medios, decíamos, están copados, restringidos, pero por estos “intelectuales” que acaparan todos los espacios.


Televisa no es el único, también TV Azteca y los medios mencionados antes. Son lo mismo: inversión, empresa, fuerza de trabajo (reporteros, analistas, conductores, comentaristas) y libertad de expresión. Sí, libertad de expresión. Los propietarios no necesitan coartar ninguna libertad, pero ¿Quiénes la tienen en su poder? ¿Quiénes la ejercen? Los mismos de siempre, la mafia del siglo 21.


Así que, en el futuro, cuando se intente protestar contra un medio hay que pensarlo dos veces ¿Para qué? La violencia no logra nada a favor del que la ejerce, salvo la condena. Claro que hay de medios a medios, que van también del profesional hasta el mediocre, por decir lo menos. La información a veces ni siquiera fluye. ¿Quiénes y cómo forman la opinión pública? Ahí está otra respuesta. Pero están en todos los medios, así que no hay salida ¿O sí?


Finalmente, el narcotráfico es condenable, la inseguridad se ve sin fin y amenaza al país una crisis económica que viene del norte. ¿Cuál es la solución?


¿Otro gobierno? ¿Otros medios de información? ¿Otros analistas? Sería tanto como hablar de otro México. No es por ahí.


Se requiere de mayor apertura en los medios, urgen análisis más agudos y certeros.


Por lo que a la crisis se refiere, el beneficio de la duda nos mantendrá alertas ante los 25 puntos recién planteados por el presidente Calderón.


La inseguridad, producto de las acciones de los grupos de narcotraficantes que pelean las plazas, de los secuestradores y de criminales que deberían estar encarcelados requiere de la formación de cuerpos de policía profesionales, con buenos sueldos y analizados, escudriñados psicológicamente a fondo, para evitar la corrupción entre sus filas.


¿Es mucho pedir? Es lo menos que se puede pedir.

 

 

 

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