En esto creo
Elmer Sosa
Monero, 30 años

A mí me gusta que me digan monero, porque lo que yo hago son monos.
Dicen que para que un caricaturista político obtenga ese título, debe ver una caricatura suya impresa en un periódico. Mi primera caricatura se publicó un 22 de noviembre de 2003, en Intolerancia. Yo soy diseñador gráfico.
La calidad del caricaturista poblano no le pide nada a los demás y, lo digo 100 por ciento seguro; porque conozco a la calidad del trabajo de los moneros de los otros periódicos. Sin embargo en Puebla hay falta de oferta y de interés de los medios por contratar cartonistas —excepto El Sol de Puebla, que tiene más de tres cartonistas, Cambio, Milenio y La Jornada—.
No hay caricaturista que no ame a Rius, a Rogelio Naranjo, a Antonio Helguera, El Fisgón, Magú —me gusta por el tipo de caricatura tan cochina que hace pero que siempre se parece—, Ángel Boligán. Del lado de la historieta: Trino y Jis, son buenísimos. Ellos son mis ídolos.
Mi ambición más fuerte es poder ver un cartón de Elmer en La Jornada, El Universal o Reforma. El sueño de cualquier caricaturista es publicar en alguno de los medios más importantes del país.
A Cambio le elogio que no es un periódico vendido; es un periódico bastante duro, que dice la verdad. Es el mejor periódico de Puebla y no lo digo porque trabaje ahí, sino porque la gente lo dice. Aparte de la gente que lo maneja es neta, tal cual, verdadera y lo que dice es porque se arriesga. En Cambio hay gente arriesgada.
Marín es uno de los personajes que me salen bastante bien —no he hecho muchas caras de él, pero las que he hecho han sido bastante buenas y los cartones han sido excelentes, ha dado suficiente material que explotar—. Luego hay caras que me encargan y que a lo mejor no lo he hecho, pero que me salen muy bien. Depende mucho de la técnica y del ánimo con el que dibujas.
Lo que define a un caricaturista es su estilo de ilustración y la forma en que critica a la gente. El cartón político puede ser muy conceptual, del tipo que hace pensar al lector; muy narrativo o muy directo y conciso. Me ha tocado muchas veces hacer cartón sin texto, pero la mayoría llevan diálogos.
Sí me mortifica cuando son las nueve de la noche y me piden la caricatura de un personaje a quien no he dibujado. A veces resulta que el cartón necesita al personaje triste y en la foto que me mandaron aparece riéndose, entonces los rasgos son distintos. Al final es entretenido, digo, son gajes del oficio, el hecho de que te lo den muy temprano o muy tarde.
Un elemento importante del caricaturista es que es una figura anónima. Mucha gente me ha conocido por error y ha dicho que no puede creer que yo sea tan joven.
Las mujeres se me hacen muy difíciles de dibujar, porque aunque sean mayores y tengan arrugas, sus rasgos son más finos. En cambio, los hombres son muy fáciles, porque tienen arrugas, cejas grandes, quijadotas, los labios son muy diferentes…
Agradezco la corta carrera que llevo a Mario Alberto, Arturo Rueda, Zeus Munive y a Héctor Hugo Cruz; fue la primera generación que aplaudió mis cartones y, que apoyó el hecho de que yo fuera un cartonista. En Cambio he conocido a gente exageradamente buena en lo que hace.
En ocasiones han censurado algún cartón que he considerado muy bueno; al otro día, bien emocionado abro el periódico y no está: “Es que estaba muy fuerte: no puedes hacer a Blanquita así, porque nos compró un espacio y no podemos hacerle eso”, o cosas de ese tipo pero, de alguna manera se reivindican porque si no me lo publican un día, lo sacan al otro, o al mes siguiente. Aunque obviamente el cartón pierde punch.
Tengo la manía de estar dibujando siempre: diariamente estoy haciendo unas seis ilustraciones. Por ejemplo, cuando voy a comer me pongo a dibujar mientras me traen el platillo — ¡imagina la colección de servilletas!—, cuando tengo tiempo libre dibujo… A veces tengo la oportunidad de publicar para otras revistas, entonces ilustro todo el tiempo.
Mi gusto por la caricatura surgió en un coloquio sobre historieta, al que asistieron los mejores caricaturistas de México: Helguera, Helio Flores, Ahumada, Rius —organizado por la BUAP—. Tenía 22 años e iba a la mitad de la carrera. A partir de entonces, junto con unos compañeros, empecé a generar este tipo de caricaturas.
Tuve la fortuna de haber empezado a hacer caricatura en el trienio de Luis Paredes: imagina cuánto material me dieron sus loqueras. En una ocasión, Mario Alberto —siendo todavía director de Cambio— me dijo que Luis Paredes quería que yo hiciera una caricatura suya pateando al monero —o sea, a mí— y, que si lo hacía, él se encargaba de que mi quincena llegara doble. Al día siguiente, a manera de contestación, dibujé a Paredes agachado, esperando quien le daba la patada, el cartón se llamaba “¿Quién sigue?”
En el país hay muchos caricaturistas pero, el tema de la intimidad del monero, hace que efectivamente uno crea que hay pocos.
Texto: Elisa Vega Jiménez
Fotos: Tere Murillo / Ulises Ruiz
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