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En esto creo

 

Margarita Alonso Huerta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Actuar con justicia es no rebasar los límites de lo que debes de hacer. Es cierto que a veces tienes que utilizar la fuerza para una detención pero hasta ahí llega tu función, a otros les toca juzgar. Ya el Ministerio Público sabrá lo que hace, el juez determinará su situación jurídica.

 

Me gustaría llegar a ser coordinadora regional, subdirectora metropolitana o foránea. La metropolitana es de la ciudad, y la foránea es la de todos los distritos. Yo sé que puedo llegar a ser subdirectora echándole muchas ganas a mi trabajo, pues ya pude ser comandante.

 

Portar un arma es una responsabilidad muy grande. Gracias a Dios hasta ahorita no he tenido la necesidad de activarla, ni de accionarla. Este trabajo es una profesión y el arma es un instrumento de nuestro trabajo, pero debemos de saber en qué momento usarla.

 

Fui la primera mujer comandante en la historia, ahorita hay 15 mujeres activas y 29 que están por salir de la academia para incorporarse a las filas de la policía Judicial.

 

Cuando cumplí la mayoría de edad lo primero que hice fue ir a alguna corporación. Escuché que estaban solicitando personal femenino en la policía Judicial, entonces vine de inmediato. Cubría con todo el perfil, todos los documentos y me quedé, eso fue un viernes. Yo estaba feliz.

 

Trabajar como policía me ha dejado muchas enseñanzas, la más importante es la madurez, el formarme un criterio propio, ser yo y no depender de nadie, saber que tengo que seguir adelante y que entre más hagas las cosas bien, más bien me va a ir. Soy muy humana, me gusta ayudar a la gente cuando puedo; me gusta servir a los demás, eso he aprendido a lo largo de este tiempo.

 

Temo a quedar mal, lisiada o a ir a la cárcel, porque las penas para nosotros los policías son triples. No le temo a la muerte, algún día tengo que morir.

 

A veces tienes que ocupar tus encantos para obtener información y poder hacer tu trabajo. A una mujer se le facilita porque la gente no está acostumbrada a que llegues a pedirle datos, entonces te los vacilas y hasta te haces amiga de ellos. Una vez me tocó una aprehensión así: llegué y ahí coquetee con el muchacho, “¿cómo te llamas?”… terminó invitándome un café, que voy con minifalda y ya que estábamos cerca de la patrulla le dije: “Policía judicial, tienes una orden de aprehensión”, él me contestó: “Oye, no se vale, no me hagas esto”. Somos astutas e inteligentes.

 

Sentí bonito cuando pude tener un arma en mis manos: me dio muchísimo gusto armarla, desarmarla, el estarla manipulando, es muy padre.

 

Mi héroe es mi madre: es el ser que más he amado en la vida. Ella me enseñó el respeto por los demás, a echarle ganas, a nunca decaer. Siempre decía: “no temas donde vayas, que has de morir donde debes”, entonces, me dejó muy claro que voy a morir cuando Dios quiera, no cuando alguien lo decida.

 

A mi cargo tengo una glock 9 mm de 17 cartuchos. Todos los elementos, comandantes y jefes de grupo tenemos un arma a cargo. En el banco de armas tenemos armas largas, como el fusil R15, yo domino todas.

 

A veces estás durmiendo y te hablan: “hay operativo, pero acá en media hora”, y a los jefes no les puedes decir “Ay, es que está mi esposo, no voy a ir”. Tienes que asistir porque si no, eso amerita un arresto. Soy madre soltera por lo mismo; no entienden tu trabajo, además por el hecho de que convives con muchísimos hombres ya te acuestan con todos. Es muy difícil tener una pareja, sólo que sea del ambiente o que te quiera mucho y respete tu trabajo.

 

En una ocasión me enterraron un picahielo en el brazo, en otra me pegaron con un tubo y me fracturaron dos costillas, tuve un linfoma de ocho centímetros de diámetro. Eso es lo más grave, que me ha pasado, gracias a Dios.

 

Te sientes grande cuando te saludan, “comandante, ¿cómo está?” o “Mire, le presento a la comandante Margarita” y la gente se sorprende. Y te sientes bien, también mi familia está orgullosa de lo que soy.

 

Hay hombres que tratan de intimidarte por ser mujer, pero tienes que ocupar tus técnicas para someterlos, dirigirlos a la unidad y ponerlos a disposición del Ministerio Público o la autoridad que te lo requiera. Yo hago de todo, voy a las aprehensiones, investigo, salgo con los compañeros.

 

Tengo tres hijos, la mayor tiene 23 años, el siguiente 17 y el más pequeño 12. El mediano me ha dicho que quiere terminar sus estudios e irse a la AFI, y sí me gustaría, ser esto es una vocación y si no los dejas hacer lo que les gusta viven frustrados.

 

Entré a la policía y a los diez años ascendí a jefe de grupo, después pasaron otros diez para que ascendiera a comandante.

 

En los grupos de trabajo están acostumbrados a que ellos son los que mandan en casa, y a veces se rebelan cuando les doy una orden, pero yo tengo muchas pláticas con ellos: “mis respetos en su casa pero, aquí es el trabajo y yo soy la que da las órdenes”. Tengo un carácter un poco fuerte, sin embargo, mantengo el diálogo constantemente con los 20 elementos que tengo a mi cargo.

 

Cuando te llaman a operativo llevas la adrenalina hasta arriba, sientes algo padre, porque vas a hacer lo que te gusta. Sí me ha dado miedo, porque soy humano, pero a la vez es bonito.

 

“¿Qué vas a hacer ahí?”, “ese trabajo es para hombres”, “¡cómo voy a creer que te guste eso!”, “Margarita por favor, reacciona”, decía mi madre. Entonces le dije: “si tú ya no me quieres aceptar pues yo me quedo en la academia”, y decidí ser hija legítima de academia, ahí dormía y ahí todo. Nunca estuvo de acuerdo.

 

Mi personaje fue mi abuelo, él era capitán primero del Ejército de artillería pesada. Siempre que llegaba a verlo me paraba en la puerta como soldadito y quería tocar su arma, pero él era muy estricto y me hacía a un lado, decía que las armas solamente las cargaban los hombres y el diablo.

 

Había pasado cinco meses en la academia cuando sufrí fracturas de peroné, ruptura de carcaño, y dijeron: “Ya va a renunciar, va a desertar”, y no, dije: “ahora les voy a demostrar que puedo”. Estuve incapacitada, me repuse de mi pierna, me pusieron cuatro placas, dos tornillos y una varilla, y seguí la lucha.

 

Con esto naces. Muchas mujeres entran por necesidad y se salen cuando no le encuentran interés suficiente, porque lo ven como un trabajo y les aburre; o si son casadas, imagínate que te citen a las dos o tres de la mañana y que al marido le tengas que decir “ya me voy”.

 

Me siento satisfecha con lo que he logrado hasta el momento. Me gusta mucho lo que hago, y lo hago bien.

 

 

Texto: Elisa Vega Jiménez
Fotos: Tere Murillo / Ulises Ruiz

 

 

 

 

 

 



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