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Alfonso Diez

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La magia de Tlapacoyan

 

 

Algo tiene Tlapacoyan que atrapa a aquél que camina por sus calles. Tiene ángel, tiene magia, un pasado maravilloso que esconde un misterio todavía no develado, aunque muchos hemos comenzado a encontrar la punta de la madeja. Suena excesivo y no lo es. Más pronto que tarde, los futuros descubrimientos me darán la razón.


Hay algo más: sus habitantes son bondadosos, comunicativos, trabajadores, cariñosos; claro, son veracruzanos y ese simple hecho los define y enaltece.


Estuve en la ciudad del 27 al 29 de marzo pasados, tal como anuncié en este espacio. Conduje el evento del sábado 28 en el que se hizo un homenaje a Guadalupe Victoria, el Primer Presidente de México. Don Guadalupe escogió Tlapacoyan para vivir los últimos días de su vida, junto a su adorada esposa, Tonchita.

 

Nació en Galicia, hoy Durango, pero quiso ser veracruzano. De la hacienda del Jobo, de su propiedad, fue trasladado muy enfermo a la Fortaleza de San Carlos, en Perote, donde falleció el 21 de marzo de 1843. El hecho lo he documentado ampliamente en “Personajes” anteriores.


El 29, di una plática en el Museo Tlapacoyense, que cumple un año de vida, acerca de la estancia del general Victoria en la ciudad. No quise ser repetitivo y preferí centrarme en datos que no he publicado, mi intención era ser ameno, con intercambio de opiniones y preguntas y afortunadamente lo logré.


Conté con la presencia y el apoyo de grandes amigos como Virginia Domínguez, Directora de Turismo y entusiasta promotora del museo; Arturo Guzmán Coli, su esposa Lydia Arámburo y la querida e inolvidable Rosita Arámburo.


Héctor Colío Galindo me presentó y me acompañó durante la plática, Pepe Lanzagorta contribuyó con preguntas y comentarios.


A todos ellos y a los demás amigos que nos acompañaron, lo mismo que a mi familia, les agradezco profundamente su presencia y apoyo.


La ciudad ofrece muchos atractivos y aunque el más conocido sea el de Filobobos, por los “rápidos” que visitan turistas nacionales y extranjeros, cuenta con una zona arqueológica cercana a estos que dará de qué hablar cuando el INAH envíe los investigadores necesarios.


La oferta de hoteles es amplia tanto dentro de la ciudad como fuera de ella, en los alrededores, y un ejemplo es el Rancho Hotel El Carmen, que se encuentra en el kilómetro 39 de la carretera que va a Martínez de la Torre, en la desviación a El Encanto; este lugar cuenta con accesos a los “rápidos” del Filobobos, lanchas, instructores; caballos para los que disfrutan de la equitación y una cocina que se distingue por los exquisitos platillos de la región. Como éste, hay otros con su propia personalidad.


La comida a la que me refiero incluye: Las Acamayas, parientes de la langosta que sacan del río; los Chilahuates, tamales de frijol guisados de manera especial y envueltos en hoja de tapioca; el Chileatole, delicioso caldo de pollo picoso acompañado por pedazos de elote, elote desgranado y por bolitas de masa; las Garnachas, que son tortillas con salsa verde, roja o de morita con carne deshebrada o con pollo encima, además de los indispensables queso y cebolla; y los Huevos en salsa verde, una salsa caldosa, sin tomates, que les da un sabor único.


En la sobremesa, nada como una humeante taza del café veracruzano, para terminar yendo a caminar al parque y probar una de las famosas nieves de don Erasto.


El plátano y la naranja que se cosechan en la zona son de los mejores.


En El Encanto, que mencioné antes, hay una cascada que va a dar a una sección de los “rápidos” y en la carretera que viene de Atzalan, poco antes de llegar a Tlapacoyan, hay otra cascada muy visitada, la de Tomata.


La llamada Zona Esmeralda de Veracruz está a 60 kilómetros de distancia, para los que deseen comer frente al mar en alguno de las decenas de restoranes de Casitas, o para contratar un bote pesquero… O simplemente para gozar de las playas veracruzanas.


Pero volvamos al museo, corre peligro. Tiene gastos fijos que le proporciona la presidencia del municipio y cualquier recorte al presupuesto lo haría desaparecer. Ha recibido fotografías y objetos antiguos en calidad de préstamo de aquéllos que quieren verlo crecer; ojalá recibiera más, para ampliarlo. Requiere de manera urgente de la formación de un patronato que busque donaciones en efectivo para asegurar su futuro.


Así que, esta es la convocatoria: Formemos el patronato que necesita el Museo Tlapacoyense para sobrevivir. Los interesados pueden escribirme o hacerlo a Virginia Domínguez a [email protected]

 

 

 

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