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Calderón y Deschamps brillan en Chicontepec
Miguel Ángel Cordero


Crónica

 

 

Cuando el presidente y el gobernador poblano descendieron del helicóptero que los llevó a Vicente Guerrero, municipio beneficiado por el yacimiento Chicontepec, Calderón de inmediato caminó acompañado de sus secretarios y sólo de ellos.


Los obreros de la Sección 30 y de otros estados de la República, estallaron en porras para el presidente y el líder sindical, Carlos Romero Deschamps, mientras todo el séquito caminaba hacia el pódium del evento.
Marín se había rezagado, pero cuando todos tomaron sus lugares se sentó junto al presidente y los discursos comenzaron.


El líder sindical mencionó primero los nombres de Georgina Kessel, secretaria de Energía; Agustín Carstens, de Hacienda y Crédito Público; y a Juan Elvira Quesada, de Medio Ambiente, antes que el del gobernador, para presentar su discurso y cuando se escuchó “Mario Marín”, éste no recibió aplausos.


A la mitad del discurso del líder sindical, mediante el cual exigía a Felipe Calderón apoyar el nuevo contrato de los trabajadores de Pemex, el presidente se inclinó al gobernador del estado y le hizo un breve comentario. Mario Marín intentó aprovechar el momento para iniciar la plática, pero Calderón se cruzó de brazos y nunca más volvieron a hablar durante el evento.


Nadie se había fijado, porque así estaba planeado, que en la esquina se encontraba escondido el presidente de la Gran Comisión del Congreso del estado, el diputado priista Othón Bailleres, no fue mencionado y su presencia ni siquiera fue notada.


Cuando Romero Deschamps descendió del estrado y se dirigió a saludar a Felipe Calderón, le dio la mano al presidente, a la secretaria de Energía, pero al gobernador poblano que estaba entre los dos funcionarios, ni siquiera lo saludó.


Sólo el presidente y Jesús Reyes Heroles, director general de Pemex, fueron los únicos que reconocieron a Mario Marín. El responsable de la paraestatal le agradeció al gobernador por su hospitalidad, mas a pesar del gesto, el titular del Poder Ejecutivo federal no le hizo algún comentario al gobernador.


A Calderón se le vio platicando animadamente con Romero Deschamps y a Marín con Reyes Heroles, pero se percibía el distanciamiento y ambos evitaban cruzar las miradas cuando cada uno de los oradores desfilaba frente a ellos de camino al lugar desde el cual hablarían de Pemex y el aniversario de la expropiación petrolera.


Pero el desdén más importante ocurrió al final del evento.


El área de prensa, encerrada entre una multitud de sillas para cinco mil obreros vestidos de blanco, reunía a más de 100 reporteros locales y nacionales. Hubo un murmullo con el volumen de un clamor cuando Calderón aplazó el anuncio de la nueva refinería y abrió la posibilidad a Puebla para competir por la inversión millonaria de esta infraestructura federal, pero este sonido no se comparó con el movimiento, gestos y gritos contenidos que se produjeron cuando el maestro de ceremonias anunció a Felipe Calderón como el siguiente orador después de Kessel.


El gobernador, el anfitrión, el más importante funcionario público en la entidad fue privado del mensaje, de una oportunidad para destacar ante los más de cinco mil obreros de todo el país. Claro, ese privilegio lo arrebataron el presidente y el dirigente sindical, después de todo, los nuevos beneficios del contrato petrolero sólo pueden ser agradecidos, por parte de los trabajadores, a las autoridades federales y a nadie más.

 

 

 

 

 



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