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La Quintacolumna

de Mario Alberto Mejía

quintacolumna2005@gmail.com


 

 

 

 

 

El Año en que Marín es Dios (Fábula Pánica Para Ineptos)

 

 

Hay columnas que uno escribe sin decir nada.
Me acuerdo de una que publiqué el año pasado y que me mereció el reproche de Enrique Doger Guerrero.
Va primero la columna en cuestión y luego la anécdota completa.
Marín y el Año en que Será Dios.
Los dioses son como los hombres:
                                                                    Nacen y mueren en el pecho de una mujer.

Jules Michellet

 

Antes de entregarle el poder a Gustavo Díaz Ordaz,el presidente Adolfo López Mateos le dijo unas palabras que reflejaron su inteligencia y su sentido común.
En pocas palabras le dijo:
“En México el presidente tiene todas las fichas, salvo dos desgracias.
“Una de ellas es que todos te dicen que eres un dios.
“La otra: terminan convenciéndote”.
López Mateos abundó:
“En el primer año la gente te dice que eres dios… y te molesta.
“En el segundo año te dicen que eres dios… y lo toleras.
“En el tercer añote dicen que eres dios… y te empieza a agradar.
“En el cuarto añonecesitas que te digan que eres dios.
“En el quinto año te dicen que eres dios… y eres dios.
“Y en el sexto año sólo dios sabe lo que los demás piensan de ti”.
Luego de que el PAN sacó al PRI de Los Pinos, los gobernadores priístas, en particular, se convirtieron en auténticos señores feudales en sus estados, por lo que la definición de López Mateos se puede aplicar a éstos sin ningún recato.
En el caso poblano, Mario Marín Torres entra simbólicamente a partir de este día a su quinto año de gobierno, año en que, como diría López Mateos, te dicen que eres dios… y eres dios.
Y es que será en este año cuando el gobernador deje de ser un mortal para convertirse en un ser todopoderoso, capaz de hacer lo que en su momento sólo hicieron los dioses y los reyes: elegir a un sucesor del cielo, del infierno o del reinado.
El año de la sucesión, ya se sabe, es el año en que el gobernador en turno –sobre todo después del año 2000- tiene que tomar una decisión trascendental, capaz de cambiar destinos, rutas, hegemonías y creencias.
Todo tiene en su mano Mario Marín para hacer eso.
Sólo le falta algo: convencer a los jerarcas nacionales del PRI de que su decisión beneficiará a Puebla y al partidazo.
Pero lograrlo no es nada fácil.
Ahí está el ejemplo de Melquíades Morales Flores, quien prefirió renunciar a ser dios en aras de que su partido, su hijo y sus dirigentes ganaran el estado.
Pero –se ha dicho hasta el cansancio-, Marín no es Morales Flores.
De entrada: viene de combatir una guerra en campos nacionales con las televisoras en su contra.
(Guerra que lo hizo madurar y entender la política de otra manera: como un instrumento para gobernar, sí, pero con base en los acuerdos).
Esa guerra –la del caso Marín-Cacho- le sirvió para forjarse un carácter de guerrero capaz de soportar las presiones más beligerantes.
Lo hizo también agazaparse por momentos (apoyado por los sectores más débiles de la iniciativa privada y los medios de comunicación) y salir airoso del juicio popular como consecuencia del juicio político y del juicio judicial.
Es cierto: Marín no es el mismo que rindió protesta en 2005 y que venía precedido de una fama de indomable, pero también de intolerante.
(En ese primer año dio varios manotazos en la mesa del poder y puso a temblar a varios. Por si fuera poco: envió un mensaje a la prensa local en el sentido de que no aceptaría señalamientos sin fundamento en contra de él y sus funcionarios. Y lo cumplió a través de cuando menos dos denuncias penales en contra de reporteros y directivos).
En esas condiciones iniciaba el 2006 cuando sobrevino un caso heredado por los errores de diciembre (de 2005): el tan célebre caso Marín-Cacho, mismo que lo hizo bajar al infierno de la crítica, el avasallamiento y la parodia en medios nacionales y un solo medio local.
Al principio, el gobernador se agazapó y bajó las cortinas de Casa Puebla.
En otras palabras: se pertrechó para sobrevivir políticamente.
Y enfrentó una manifestación brutal –que pedía su cabeza- y una asonada nacional en las dos televisoras más poderosas.
(Pocos, en realidad, han sobrevivido una guerra santa de Televisa y Televisión Azteca. Marín es de los pocos que lo puede contar).
Una vez que el caso salió de los medios para entrar al ámbito de la Suprema Corte, Marín recuperó agallas, ordenó sus pensamientos y armó su defensa, misma que operó personalmente en varios momentos cruciales.
Un caso: se bajó del avión en una gira a China para operar directamente en donde tenía que hacerlo.
El resultado no pudo ser mejor para él: ganó su caso en la Corte y terminó por ser exonerado.
Lejos de celebrar con cohetes y juegos pirotécnicos su triunfo, se metió de tiempo completo en las tareas de la obra pública y el desarrollo social, donde ha tenido sus éxitos más sonados.
Pero también tendió puentes con sus antiguos contendientes.
Otro caso: Enrique Doger Guerrero fue testigo de cómo sus cuentas públicas fueron aprobadas pese al escepticismo de su grupo.
El nuevo Marín –he ahí la sorpresa- no venía con sed de venganza, sino con sed de acuerdos.
Y los logró.
Hoy en Puebla se han acabado los tiempos de los manotazos y de la intolerancia.
Y a eso –en Europa y en Estados Unidos- se le llama gobernar.
Y lo hace así en el mejor momento: en el quinto año de gobierno: el año en que le dirán que es dios… y será dios.
Hasta aquí la pedantesca y sulfurante cita.
En efecto: Marín cumplió un postulado marcado con frenesí: fue Dios en el quinto de su gobierno.
Pese a todos los pronósticos en contra.
Pese a que muchos –Doger incluído- no pensaban como él.
Pese a que la vida te da sorpresas y sopresas te da la vida.
Hoy, a unas horas del destape formal de Javier López Zavala, el gobernador puede preciarse de que puso a su candidato a Casa Puebla.
No podía ser de otra manera.
Marín está en su momento y ese momento está con Marín.
¿Doger?, se preguntará el lector.
Doger no es sino el factor que legitimará la decsión.

 

 

 

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