El ocaso de Alcalá
Selene Ríos Andraca / Viridiana Lozano Ortiz
—Crónica—
Blanca Alcalá Ruiz rindió su Segundo Informe de Labores sin la expectativa de poder a su alrededor, llegando al Centro de Convenciones, reducida al nivel de simple administradora del Ayuntamiento capitalino, sin alguna expectativa política y sin significar un peligro para el delfín marinista.
La alcaldesa capitalina perdió el buqué electoral y consiente de ello, justificó ante los regidores y la cúpula gubernamental su decisión de permanecer en el Palacio Municipal hasta que culmine su trienio, cómo si alguien aún lo dudara.
“Seguiré ejerciendo mi encargo con firmeza y serenidad. Sin titubeos ni vacilaciones. Con decisión y perseverancia. Con rectitud y justicia. Avancemos con la vista puesta en el horizonte que todos queremos para Puebla. Manos a la obra para mejorar, manos a la obra para progresar, manos a la obra para triunfar”.
Escasos meses atrás, la indefinición de Alcalá Ruiz sobre su participación en el proceso interno del tricolor por Casa Puebla elevaba sus puntos ante la élite priista nacional, y se perfilaba como la única militante capaz de derrumbar al hijo político del gobernador por sus altos puntos de popularidad.
Pero, la presidenta perdió todo a principios de enero, cuando declaró públicamente que trabajaría con el candidato designado por su partido y que se mantendría en su encargo municipal hasta que el trienio concluyera.
Y ayer, Blanca sufrió la soledad de su decisión. Nadie la acompañó, ni siquiera su supuesto protector Enrique Peña Nieto, sólo estuvo ahí la burbuja que sometió sus aspiraciones políticas, además del hombre que sepultó su búsqueda por Casa Puebla.
Su docilidad tocó fondo cuando los miembros de la logística del evento sentaron al precandidato priista a la gubernatura en primera fila, entre los exgobernadores Melquiades Morales Flores y Manuel Bartlett Díaz.
No hubo mensaje un mensaje político, sólo cifras, números y demagogia sobre su labor al frente de la ciudad. Las presunciones más grandes que tuvo fueron la pavimentación de calles, la modernización de guarniciones y por enésima vez, la dignificación del Centro Histórico. Por supuesto, no hubo megaobra de qué hablar.
Lo más destacable de su figura fue el par de zapatillas doradas y el traje blanco inmaculado, similar al que utilizó cuando tomó protesta como presidenta municipal en 2008, cuando aún era importante, cuando aún tenía poder, cuando era candidateable.
Y aún así, buscó reivindicarse, encontrarse entre el ánimo de la gente, rescatar lo poco que le queda, recurriendo al absurdo: a la estrategia del talk show, estilo Laura en América.
“Tiene razón Dora, una vecina de la unidad habitacional Xilotzingo, cuando hace algunos días me dijo: ‘Presidenta, usted no sólo vino a recuperar los tanques de agua de nuestros departamentos ni el salón social, tampoco el parque, lo que hizo con el trabajo de su gobierno es rescatar la confianza de la gente en sus autoridades’”.
Y el ocaso llegó cuando la señora continuaba con su numerología, y los políticos abandonaban poco a poco el salón La Luz, hasta el maestro de ceremonias se vio obligado a intervenir para “sentar” a la gente.
Blanca concluyó su Segundo Informe sólo con los regidores y los funcionarios municipales. Nadie más permaneció ahí, la salutación quedó solamente escrita en el programa.
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