Doger: sexo, mentiras y alcohol
Doger siempre puso en la mesa de las negociaciones su deseo de ser presidente municipal.
Sólo eso.
Candidato a la Presidencia Municipal de Puebla.
Por el PRI.
No más nada.
No menos nada.
No quería ser candidato a Casa Puebla.
(Sabía que esa posición sería para Javier López Zavala).
Él, pues, quería ser presidente.
Alcalde.
Edil.
Y por el PRI.
Y así lo dijo en la mesa.
No quería ser gobernador.
O sí.
Quería, pero no podía.
(Sabía que para eso estaba López Zavala).
Por eso leo con curiosidad que ahora niega que alguna vez su pretensión haya sido otra que no sea la de ser gobernador de Puebla.
Y concluyo:
Por eso la gente no les cree a los políticos.
Qué pena.
Por cierto:
Tuvieron que pasar muchos años para que Doger empezara a decir lo que siempre dijo en privado, en lo oscurito.
Muchos años para que se volviera crítico.
Como en los mejores días del Caso Lydia Cacho.
Hoy que resurgió el crítico que lleva dentro, ya con un pie en el estribo del PRI, escucharemos lo que siempre quiso decir quien hasta hace unos días se manifestaba respetuoso y agradecido de vivir y trabajar en Puebla.
Menos mal que lo dice ahora que la negociación por la alcaldía ya se cayó.
Imaginemos a Doger como candidato del PRI hablando mal del PRI, del gobierno y de los priistas.
III. La Meadita en Desarrollo Sexual. He aquí un capítulo de la novela que el quintacolumnista dará a conocer en junio sobre el tema de la sucesión en Casa Puebla. Vea el lector cómo la realidad supera la ficción.
“Tenemos que descarrilar la sucesión de Casa Cuévano”, dijo muy decidido Denrique Eger mientras se tomaba un alipuz en “Las Glorias del Púas”.
Los que lo escuchaban asintieron: Hictor Vugo Lislas, Chucko Jorales y Amerto Albador Buenleal.
Todos estaban comiéndose unas gordas mojadas en salsa de marrano viejo y unos calditos de camarón de Pijijiapan. Junto a ellos había tres borrachos ahogados en cerveza, un joven sin cartilla militar con cara de briago profesional y dos ancianos recién abandonados en la Casa del Abue.
El ambiente estaba, como se dice, enrarecido. Y es que Chucko Jorales acaba de escuchar sin querer una conversación muy sospechosa entre el “Gallo Giro” del gobernador y el notario Marlos Queza Mineros, quien, supuestamente, era enemigo a muerte de Lapier Jópez Labalza.
Después de tomarse tres alipuces al hilo –lo que soprendió a Eger y a Albador Buenleal-, Chucko relató que iba a echarse una meadita en los baños de la Secretaría de Desarrollo Sexual, a la que había ido para cobrar la iguala quincenal que recibía desde principios del sexenio, cuando escuchó, a través de una pequeña ventana colocada en la parte alta de un mingitorio, la voz inconfundible de Queza Mineros, quien hablaba casi a gritos con el “Gallo Giro”:
-¡No mames, Lapier, hay que partirles las madre a esos putos! ¡Yo le traigo ganas sobre todo al putete del Chucko Jorales! ¡Hijo de la chingada! ¡Pinche raterazo! ¡Se cree mucho el mamador con sus tres Suburban prietas! ¡Chingue a su madre!
-Tranquilo, hermano, tranquilo.
-¡No mames! ¡Esto es de huevos! ¿O vas a dejar que el pinche “Pituco” del Hictor Vugo te jale la cobija? ¿O que el mamador del Albador Buenleal te gane con su carita de Gandhi? ¡No mames, mi Lapier, yo le parto la madre a ese trío de putetes!
-Gracias, hermano. Ahorita voy a hablar con ya sabes quién para decirle ya sabes qué.
Por estar oyendo la plática, Chucko se mojó el pantalón de 160 hilos y no tuvo más remedio que echarse agua en la parte perjudicada, lo que empeoró todo, pues parecía que se había “hecho” en los calzones.
Así salió del baño y al primero que se encontró fue a Queza Mineros, quien al verlo le dijo a gritos:
-¡Mi Chucko! ¿Qué andas haciendo por aquí? ¿Viniste a cobrar tu chayo? ¡Ay, cabrón, si hasta te measte nada más de verme! ¡No mames, pinche Chucko, tápate con tu portafolios, cabrón!
Sumamente contrariado, Chucko abordó una de sus Suburban prietas y le dijo al “Piporro”, su chofer, que lo llevara a “Las Glorias del Púas”, donde se reunió con sus compañeros de partido referidos y les narró lo aquí narrado.
Fue entonces cuando Denrique Eger, al tiempo de tomarse un alipuz, dijo la famosa frase: “Tenemos que descarrilar la sucesión de Casa Cuévano”.
Chucko estaba particularmente ofendido por las expresiones de Queza Mineros y propuso echarse un volado para ver quién le partía la madre a putazo limpio al notario de marras. El volado lo ganó Albador Buenleal. Sus compañeros lo felicitaron y lo abrazaron y luego brindaron con él.
“Suerte, diputado, cobra venganza por nosotros. ¡Y pártele la madre al putarraco de Queza Mineros!”, le dijo Chucko Jorales al tiempo de echarse un cruzado con Albador.
Éste se tomó su alipuz muy lentamente y se quedó pensando en tres cosas distintas: en que tenía que ir a México a cobrar su dieta, en que tenía que ir a comprar jamón de Jabugo para la cena y en que no sabía cómo iba a enfrentar a un personaje tan bronco siendo él un personaje tan pacifista.
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