Chucho Morales: la Campaña, los Dineros y el Hermano Senador
Todo Puebla conoce a Jesús Morales Flores.
Por eso nadie se sorprendió de que luego de una temporada crítica en contra de las imposiciones, las designaciones y los dedazos, Chucho terminara convertido en uno de los dos guaruras principales de Javier López Zavala.
(El otro, ya se sabe, es Víctor Hugo Islas).
Chucho negoció varias posiciones para declinar a favor de quien hoy es su jefe.
Una de ellas fue la coordinación general de campaña.
El problema es que ya se la creyó.
Y peor aún:
Quiere manejar hasta los recursos financieros de la misma.
En aras de comerse el pastel entero –una de sus características principales a lo largo de su carrera política-, Chucho ya empezó a moverse para controlar absolutamente todo de la campaña que viene.
Los dineros, faltaba más, son su principal preocupación.
Por eso, cuando llegó al cuartel de campaña, lo primero que preguntó fue: “¿dónde está la chequera?”.
Es tanta la prisa de nuestro personaje por convertirse en el hombre fuerte de esta campaña que ya hasta habló con su hermano Melquíades para que lo apoye con todo en su nueva cruzada por la democracia (financiera).
Y una y otra vez le ha dicho:
“Hermano, vente a darme punch”.
Su idea no es mala.
(De hecho ya se la había vendido a López Zavala a fines del año pasado).
Se trata de que el senador Melquíades Morales Flores -quien goza de una ascendencia que no pocos envidian, tanto en el interior del estado como en la capital- se sume a la campaña zavalista para dejar en claro, de una vez por todas, que los “melquiadistas” no están, de ninguna manera, con Rafael Moreno Valle Rosas.
Es claro que don Melquíades es, antes que nada, un priista convencido y dueño de sus pasiones.
Una y mil veces le escuchamos decir a lo largo de su sexenio una frase atribuida a don Alfredo Toxqui: “hay que ponerse una bolsa de hielo en la cabeza”.
La metáfora es muy clara.
Y es el remedio indicado para evitar las fiebres de la política o los calores de esta temporada.
Don Melquíades, como si lo viéramos, anda permanentemente con su bolsa de hielo para lo que se pueda ofrecer.
Y es en procesos electorales como éste que dichas bolsitas son más recurrentes.
Es claro, pues, que el ex gobernador apoyará con todo al candidato a López Zavala, y, en consecuencia, se sumará a cuanto acto de campaña se le convoque, sobretodo si la invitación proviene de su hermano Chucho.
Es la vida real a la que los priistas nos han acostumbrado.
En ese sentido, vámonos acostumbrando a ver al ex gobernador en los momentos más climáticos del PRI y su candidato.
Y con él recorrerá, seguramente, gran parte del estado.
Y hasta formará parte de los oradores de rigor.
Así de simple.
Así de sencillo.
Siempre metido en la íntima intimidad de la campaña.
Ante este escenario surge una duda:
¿Cómo contrarrestarán los panistas y sus aliados las figuras y las maneras de operar del gobernador Marín, el ex gobernador Morales y el candidato Zavala?
Por cierto: qué mal quedó con los poblanos el diputado Óscar Aguilar.
Y es que levantó el dedo cuando nadie lo veía en la puja por Casa Puebla.
Entonces acusó de excluyente a Alejandro Armenta, dirigente estatal del PRI, y se dijo “víctima” de los dedazos.
Furioso, empezó a divulgar que Zavala no llegaría a convertirse en candidato, una vez que por haberse adelantado a los tiempos establecidos por el IEE, en el sentido de realizar actos anticipados de campaña, el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación terminaría por inhabilitarlo.
Y dijo más:
“Puede darse el caso que faltando una semana para la elección el Tribunal lo cese”.
Una y otra vez dijo lo mismo.
Vociferó.
Dio manotazos.
Amenazó con registrarse.
Y unas horas antes de que iniciara el proceso, declinó cual princesita.
A cambio recibió la coordinación de la bancada priista en San Lázaro.
En otras palabras:
Un plato de lentejas.
De pena ajena.
¿Cómo olvidarlo?
Tanto Óscar como Víctor Hugo siempre levantan la mano cuando se habla de Casa Puebla.
Lo hicieron desde los tiempos de Bartlett y de Melquíades.
Levantaron las manitas antes de que llegara Marín.
Hoy lo volvieron a hacer.
Y harán lo mismo dentro de seis, doce y dieciocho años.
Siempre con su discurso mentiroso de la “democratización del partido” y “no a las imposiciones”.
Y siempre, también, inevitablemente, con las cucharas en la mano para las sopas de lentejas que negocien.
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