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La Quintacolumna

de Mario Alberto Mejía

quintacolumna2005@gmail.com


 

 

 

 

 

 

¡El Mundo se va a Acabar!: ¡Se robaron la Cabeza de Colosio!

 

 

Como una metáfora del olvido en que tienen a Colosio los priistas del mundo, en Puebla, en la Plaza Colosio, desapareció misteriosamente el busto del hombre al que mataron con la complacencia y el silencio (ominoso) del priismo en general.
Vaya: ni cuando Mario Aburto le disparó en la cabeza se hizo tanto escándalo.
¡Uy (oímos ayer), se robaron el busto de Luis Donaldo!
Por favor, señores, seriedad.
Colosio ya estaba muerto de antemano antes de que Aburto accionara el arma homicida.
Y más: ustedes lo terminaron de matar cuando se quedaron calladitos después del magnicidio.
Nada dijeron entonces.
Todo lo contrario: se le acomodaron al que después fue el presidente Zedillo.
Hoy, sin embargo, voces horrorizadas claman que se robaron su cabeza.
Y lo peor es que ya viene otro aniversario (de risa) de su muerte.
¿A quién carajos van a homenajear si ya no hay busto en qué colgar las flores rancias?
¿A qué cabeza le llorarán ahora?
Sólo la creación de una Fiscalía Especial nos aclarará el asunto.
Y es que como ya nunca sabremos quién mató a Colosio, conformémonos con saber quién se robó su busto.

 

 

 

Dos Tipos de Cuidado (Zavala y Montero Frente a Frente). De la noche a la mañana, como si Alicia en el País de las Maravillas fuese el Hada Madrina del PRI, diversas voces en diversos espacios han empezado a decir que Javier López Zavala y Mario Montero Serrano son, a partir de ahora, los mejores amigos del mundo.
(Más que Pedro Infante y Luis Aguilar en ¡A toda máquina!; más que Pedro Infante y Jorge Negrete en Dos tipos de cuidado).
De la noche a la mañana, como si Elba Esther Gordillo fuese la Reina Roja de Alicia en el País de las Maravillas, distintas voces en distintos espacios juran que a partir de los tiempos que corren ahora dichos personajes nunca más volverán a pelearse y que siempre estarán sobre la tierra juntos.
Tanto optimismo peca contra la memoria.
Y es que no es posible, de un borrón, olvidar los agravios que se han propinado a lo largo de sus carreras políticas.
Va para los desmemoriados:
Mario Montero era la persona más cercana a Mario Marín Torres cuando López Zavala apareció en el escenario en su papel de modesto auxiliar del auxiliar en la Subsecretaría de Gobernación.
Con los años, Zavala se fue ganando la confianza de Marín, aunque Montero seguía siendo el dueño de los afectos de este.
Nuevos años corrieron.
Nuevas situaciones transformaron la escena.
Zavala se volvió el indispensable, el operador más eficaz, el Piporro de por aquí cerquita.
Nada le era imposible.
Todo le era operable.
Desde su burguesía notarial, Montero sólo miraba.
Miraba y se explicaba muchas cosas que Marín le decía de Zavala.
Miraba y se guardaba sus apreciaciones.
Hay que decirlo:
Montero nunca vio con buenos ojos a Zavala.
Y es que la suma y la resta de sus operaciones no lo hacían confiable a sus ojos.
Pero hubo un día en que todo cambió.
Zavala se volvió el imprescindible y Montero resintió el matiz.
Vino el despegue para uno y la desazón para el otro.
2006 fue un año clave.
Y es que, Montero así lo cree, Zavala operó para que el aquí citado no fuera senador.
Entonces empezaron los agravios.
La pugna los sorprendió como rivales.
Y desde Gobernación llegó la revancha del notario.
Otro agravio cercenó todas las dudas:
Cuando el gobernador Marín señaló con el Dedo de Oro a su fiel operador.
Desde New York, Montero sacó a relucir toda su furia.
(Los cuchillos largos brillaron en la noche junto a Central Park).
Era el fin de todo, pero, oh, Guadalupana, también el principio.
Uno y otro cayeron en la descalificación, en el manotazo, en la escupitina en el zapato.
Y cuando todo parecía irse al carajo: vino el gobernador, habló con ellos, los sentó en la mesa y les leyó la cartilla necesaria.
Vino, pues, la foto en la que ambos le sonríen al mundo.
Pero Pedro Infante y Luis Aguilar no son un mito urbano.
Después de darse la mano, ambos buscaron clavarse los cuchillos.
Hoy todo es armisticio.
Mañana volverá la guerra.
Y ésta, juran, no tendrá fin.
 

 

 

Desde Sajolandia, el Chofer de Lalo me Responde.
Con su seudónimo inglés -Martin Brainhoun-, Rafael Micalco, el chafirete de las Niñas Ricas, me envió el siguiente correo.
(Favor de no burlarse de la redacción al estilo Tomahawk, ni de sus referencias en materia de diccionarios:
Mario Alberto:
“En todo caso, tú tampoco sabes escribir... ¡en el campo de búsqueda de WordReference!
“Por favor, lee la segunda acepción de la palabra "militancia": http://www.wordreference.com/definicion/militancia
“Saludos
Martin Brainhoun”.
Lo que Micalco, en su papel inglés, quiere decirme es que también se le conoce como “militancia” al conjunto de militantes de determinada expresión política.
¿Y?
Yo me burlé de su epístola moral y de la forma en la que se refiere a ese conjunto.
Me cito para aclarar las dudas:
“La militancia es una condición del militante, pero no es un ente pensante.
“Es como escribirle cartas a la ciudadanía de México.
“¡Por favor!
“Uno les puede escribir cartas a los ciudadanos, pero no a la ciudadanía”.
En otras palabras: es muy pueblerino y anticuado mandarle cartas a la militancia, sobre todo cuando quien las envía es un chafirete de segunda y no el Cura Hidalgo o Luis Donaldo Colosio.
Servido, Rafa.
¿O debo decir: Martin?
 

 

 

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