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32 y contando…

Pareciera que los funcionarios, rescatistas, reporteros y mirones se acostumbran y hacen ojos de palo ante la tragedia. Ya hacen cuentas, suman uno tras otro a los cadáveres: “Veinticinco, veintiséis… no, ahora son 29, no, ahora ya suman 30 los muertitos…”


Un dulce olor a muerte se despide del boquete en la tierra que los socorristas hicieron en el kilómetro 08 más 100 de Zacacoapan. Seis cadáveres se suman a la cuenta de la tragedia del alud en Eloxochitlán. Van 32 y contando…


El jueves por la mañana la maquinaría pesada fue de regreso, tanto armatoste sirve poco si quieren encontrar completos los cadáveres. Los picos y las palas también lucen abandonados cerca del letrero donde puede leerse: “Zacacoapan 700 habitantes”. Solamente permanece una de las dos excavadoras, promesa a medio cumplir de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, que según su titular, había establecido cinco máquinas pesadas para desenterrar el autobús y dos vehículos más sepultados sobre la carretera interestatal, vía temeraria para los conductores por el constante número de remaches y parchados en el asfalto del sinfín de sus curvas.


Para llegar a Eloxochitlán, en específico a Zacacoapan, junta auxiliar donde ocurrió la tragedia, serán necesarias cinco horas desde la ciudad de Puebla, razón que podría explicar la tardanza con que actuaron las autoridades el día miércoles: el primer llamado de auxilio llegó a las siete de la mañana, la ayuda apareció al mediodía y el primer cadáver fue encontrado casi a las ocho de la noche.


Desde aquél día los ataúdes permanecen a granel en varias camionetas de redilas. Como si se ofrecieran en un divino plan al más allá, aparecen acomodadas y se lucen uno tras otro los tamaños: el más pequeño de 60 centímetros; luego el mediano, digno para un adolescente o un anciano y el de tamaño adulto.


A pesar de las distintas tallas parece que la muerte calza bien a todos en la Sierra Negra, pareciera ser el tono en que hablan todos los funcionarios, los rescatistas, los reporteros, todos se acostumbran y hacen ojos de palo ante la tragedia, hacen cuentas, suman uno tras otro a los cadáveres. “Veinticinco, veintiséis… no, ahora son 29, no ahora ya suman 30 los muertitos”, se actualizan entre las cuentas funcionarios y mirones.


Los rescatistas ven indiferentes a las camillas donde se asoma parte del cuerpo de uno de los tripulantes del camión, al mismo tiempo, al fondo de la escena puede verse un militar peleando por desgarrar un hierro retorcido, al parecer la ventanilla del camión que suena como violonchelo desafinado mientras finalmente se desprende.


Y las cuentas siguen. La procuradora Blanca Laura Villeda solamente levanta una de las hojas de su tabla de reportes. En ella pueden leerse sumas y sumas de cuerpos sin vida, de gente.


Pasa otra camilla. ¿Será el número 30? Qué importa. De todos modos “apesta a madres”, como dice Hugo Isaac Arbola, director general de la Policía Judicial en el estado. El funcionario detiene un poco la mirada y se le nota el asco en los ojos. El olor a muerto se le metió hasta la garganta, a él y a todos los presentes los asqueó lo dulce, lo amargo, lo podrido, todos los aromas son uno a la vez, todos se combinan en una ráfaga.
Luego aparece una palera, le pide a un hombre con cámara en mano que le tome su testimonio, porque ella “quiere agradecerle tanta atención al ciudadano gobernador licenciado Mario Marín Torres”.


Regordeta, la maestra de la región que dice ser coordinadora de programas del estado de Puebla, que apenas y se da a entender cuando dice su nombre, enarbola una oda al gobernador con micrófono en mano. Ella secunda la idea del mandatario, esa de que “él no manda al agua, él qué más puede hacer, si tanto ayuda”.

Sobre su barriga descansa una bolsa en la que guarda el celular con un símbolo del PRI.


Y hay quienes contradicen a la señora fanática del priismo y de la hipersensibilidad de Mario Marín como gobernante.


Nicolasa Marroquín, estudiante de unos 19 años, se queja con rabia de las cosas que dice al gobernador. “¡Cómo se apena diciendo de la muerte de ‘taaaantos campesino’! ¿Será que sí le importan? ¿Será que sabe que no todos son campesino?”, vocifera la muchacha. También recita mentadas de madre. Exhibe su rabia y prefiere seguir comiendo, se calla y sigue sentada en ese comedorcito que a manera de mirador colocaron para ver a todo esplendor las piedras, excavadoras y hormigas uniformadas trabajando.


Un puñado de mujeres procura la comida para todos. Bañan en molito memelas que enredan y acompañan con huevo revuelto. Cacerola en mano hacen sus rondas con los servicios de rescate, con los funcionarios, con reporteros y mirones. Sabe a gloria hasta que aparece otra ráfaga de pestilente aroma a humano en plena descomposición.


La lista de espera es larga en el auditorio de la población. Como todos los edificios de la zona, aparece a la orilla de una curva, como salpicado por un mal arquitecto entre montones de tierra y terraplenes mal armados.

Es la mayor muchedumbre. Se advierten las caras largas y el silencio. Todos hacen turno para pasar a reconocer lo que queda de sus familiares. La cara de preocupación cambia a una de horror a la salida del inmueble. Colocados dentro deben estar los ataúdes abiertos, preparados ya, porque los funerales inician hoy mismo.

 

 

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