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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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Un nuevo logro del régimen

 

 

Por fin lo consiguieron. ¡Felicidades! Deben estar muy orgullosos. Era la consecuencia lógica después de dos años de protagonizar uno de los grandes escándalos de la vida nacional. Fuimos exhibidos en prensa, radio y televisión. Ahora lo seremos más. Puebla, para orgullo de ellos y tristeza de nosotros, se ha convertido en la cuarta entidad más corrupta del país según la prestigiada organización Transparencia Mexicana, dirigida por Federico Reyes Heroles. No podía ser de otra forma en un estado dominado por los Javier García Ramírez, los Gerardo Pérez Salazar, Víctor Manuel Sánchez Ruiz, Antonio Juárez Acevedo y tantos más. Somos un estado infestado de ratas de alto, mediano y bajo nivel. Llego la hora de festejar: tocamos fondo.

 

Desde el 2001 que Transparencia Mexicana inició su Indice Nacional de Corrupción, la entidad se encuentra bajo la mira de la ONG que lucha contra la opacidad, la falta de rendición de cuentas y que, con base a 35 indicadores, establece el ranking nacional del descrédito. En su debut, Puebla se colocó en la posición 29, es decir, la cuarta entidad más corrupta del país. En la medición del 2003 rozamos el cielo y nos convertimos en el primerísimo lugar. Melquíades Morales, apenadísimo por tanta suciedad, comisionó a Luis Banck a atender el cuestionario y metodología de Transparencia para mejor los indicadores. Parcialmente lo logró: en el Índice 2005 ascendimos a la posición número 25. Ya era el nuevo sexenio, pero los indicares referían prácticas del melquiadismo. Mario Marín prometió que cuando Transparencia lo evaluara, subiríamos como la espuma. Falló. Volvimos a caer en la inmundicia a la cuarta entidad más corrupta del país.

 

De los 35 indicadores considerados por Transparencia Mexicana para elabora su Índice 2007,  veinte corresponden al gobierno estatal y diez a los gobierno municipales. Se trata, incluso de trámites sencillos, accesibles a todos los ciudadanos. Solicitar una beca. Incorporarse al padrón de programas sociales o de vivienda. Obtener una ficha para inscribirse a una escuela oficial o constancias de estudios. Trámites en el Registro Público de la Propiedad. Ingresar a trabajar en el gobierno. Obtener o acelerar actas en el Registro Civil. Conexión o reconexión de agua y drenaje. Regularizar trámites vehiculares y obtener la licencia de conducir. Aprobar la verificación vehicular. Presentar una denuncia penal o llevar un caso en un juzgado. Trámites todos bajo el resguardo de un burócrata de nivel bajo o mediano.

 

¿Qué ocurriría si Transparencia Mexicana tomara algunos rubros más? Licitaciones de hospitales y carreteras, por ejemplo. Uso y disposición de vehículos y aeronaves oficiales. Comisiones por asignación de obra pública. Contratos y prebendas a medios de comunicación. Contratación del padrón de auditores. Asignación de plazas en el sector educativo. Expedición de órdenes de aprehensión. Gratificaciones a funcionarios judiciales. Construcción de espacios educativos. Asignación de comodatos a narcoalcaldes. Disposición de dinero público en casas de bolsa. Conflictos de interés de negocios para migrantes del funcionario encargado de atender a los migrantes. Concesiones del transporte público. ¿En qué lugar estaría la entidad?

 

Es cierto: parece difícil que los grandes corruptos del gabinete como Javier García Ramírez ejecuten los trámites señalados por Transparencia Mexicana. Pero existe un principio de derecho que señala que lo accesorio sigue la suerte de lo principal. Es decir: si los burócratas pequeños ven enriquecerse a los grandes funcionarios, preguntarán ¿y por qué yo no? ¿Por qué no tomar una pequeña tajada del erario? Si Javier García cobra comisiones del 10 al 20 por ciento, ¿Por qué los subordinados no pueden pedir una pequeña gratificación?

 

Tocamos fondo: los funcionarios mayores, medianos y menores han tomado como oficio la rapacidad. La disposición de lo público como un patrimonio privado. Como nunca, la entidad ha recibido recursos millonarios. El progreso improductivo, lo llamaba Gabriel Zaid.

 

Gracias marinistas. Nos hundieron.

 

¡Arriba el gobierno de nueva (de) generación!

 

 

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