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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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Hasta el viento tiene miedo

 

 

Se dice en el argot: le metieron el miedo en el cuerpo. Así vive el gobierno marinista 36 horas después de que el número dos de la Procuraduría General de Justicia escapó milagrosamente de un atentado perpetrado por el crimen organizado que ya vive en Puebla. La parálisis de Igor Archundia, Mario Montero y el General Ayón desde los primeros minutos evidenciaron una administración que se repetía a sí misma “esto nunca ocurrirá aquí” mientras las primeras planas de los diarios nacionales están llenas de asesinatos y atentados de comisionados de seguridad pública, procuradores y agentes. Pero pasó. Lo de Víctor Dorantes es el primer atentado en la entidad contra un funcionario de primer nivel. ¿Vendrán más? ¿Irán por el gobernador, el secretario de Gobernación o el de Seguridad Pública? ¿Puebla va en camino a tijuananizarse?

 

El sábado, después de atentado, asistimos a la representación de un gobierno en pánico que tardó diecisiete horas en reaccionar. Si tomamos en cuenta que la balacera en los alrededores del domicilio de Pérez Dorantes ocurrió a las 00 horas del sábado e Igor Archundia salió a los medios de comunicación hasta la 5 de la tarde, nadie, nadie, supo cómo reaccionar ante la crisis durante más de medio día. En ese momento se levantaron todas las especulaciones ante la falta de información oficial. Que si el ex titular de la Diedo había muerto junto con su chofer. No, que había sido levantado y no sabían su paradero. Que fue herido en la balacera. Que los sicarios lo regresaron golpeado después del levantón.

 

No conforme con la ola de rumores, Igor Archundia salió a dar la cara, increíblemente, sin Víctor Pérez Dorantes con lo que, por supuesto, la rumorología se desató por completo. Y peor aún: más de 40 horas después del atentado nadie ha visto al Subprocurador, por lo que los poblanos debemos creer, aunque no podamos comprobar, que el funcionario salió ileso de la balacera. O que no levantaron o está muerto. Estamos atenidos a la buena fe del marinismo.

 

Con miedo en el cuerpo, al marinismo sólo se le ocurrió hacer lo mismo de siempre: negar, desinformar y luego pedirle a los directores de medios manejar la versión oficial, ésta más absurda que cualquier anterior: que el comando armando no quería atentar contra el ex director de la Diedo y encargado de la investigación del robo de camiones de carga, sino a dos pelagatos de la PGJ. Pelagatos, por cierto, que en la institución están adscritos como secretario particular y escolta de Víctor Pérez Dorantes.

 

¿Casualidad, no?

 

El miedo en el cuerpo paraliza; la sensación de inseguridad, ahoga. El miedo mata la mente. Después le sigue el cuerpo. Nadie supo cómo reaccionar. Primero porque Mario Montero, Ayón y compañía se aferran a un dogma como clavo ardiendo: en Puebla no hay crimen organizado, el narcotráfico no ha penetrado a los cuerpos estatales de seguridad, y por tanto, nunca se verá aquí lo que ocurre en el resto del país, campo de guerra entre capos y funcionarios del Estado.

 

Sin embargo, conforme pasaron los minutos, un miedo mayor al descrédito público los paralizó: el miedo a que por muy procuradores, gobernadores o secretarios, también son vulnerables ante las balas del narcotráfico. Y que no hay policía o cuerpo de seguridad que los proteja, porque ellos SON la policía y los cuerpos de seguridad. O como dice El chino lavador de dinero en Batman, después de la matazón de funcionarios: “si no se pueden proteger a ustedes mismos, cómo me van a proteger a mí”.

 

El miedo de Montero y compañía se entiende: es el primer ataque contra un funcionario de primer nivel del gobierno estatal. Los móviles pueden ser muchos, pero queda claro que el ataque a Pérez Dorantes es una réplica exacta de la matanza de funcionarios, subprocuradores y comisionados y secretarios de seguridad pública que se ve en todo el país, y que alcanzó su máximo con la emboscada a Edgar Millán, el número tres de la policía federal.

 

El miedo se incrementa cuando se presenta la pregunta lógica: ¿Quién sigue? ¿Un ataque contra el gobernador u otro de sus funcionarios? ¿Y si tienen éxito los sicarios, cómo le explicaran a la sociedad ese “hecho aislado”?

 

Las aguas profundas del crimen organizado se movieron rápida pero silenciosamente desde  el choque de judiciales poblanos contra Zetas en Córdoba, Veracruz. Salvo muy poco, casi todos los encargados de la seguridad pública cerraron los ojos: desde Ayón a Montero. Negaron y negaron, sin poner un dique al tsunami que se venía encima. Y ahora que está aquí, ya no hay tiempo de correr.

 

El atentado del sábado y escape por los pelos de Víctor Pérez Dorantes, a ellos, a Montero y Ayónb, les explotó en la cara e hizo crecer en ellos el germen del miedo. ¿Quién sigue?

 

 

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