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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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El cero a la izquierda del PRI poblano

 

 

A Alejandro Armenta le pasó eso que le ocurre a los políticos mexicanos: grandes promesas cuando llegan al puesto, supremas decepciones cuando empiezan a ejercerlo. Al joven dirigente del tricolor, cuando llegó al cargo, se le vieron espolones para gallo y no faltó quien pensará que su toma de protesta era la reedición de la que tuvo Mario Marín, cuando Bartlett lo encaramó en la clase política tricolor. Sin embargo, bastó que perdiera la elección extraordinaria del minúsculo Felipe Ángeles para que comenzara su proceso de empequeñecimiento paulatino. La enanización llegó a tal grado que en la XX Asamblea Nacional del tricolor, la delegación poblana fuera barrida en todos y cada una de sus propuestas, especialmente en la que tenía la paternidad del oriundo de Acatzingo: el extravío ideológico de convertir al PRI es un partido de “izquierda democrática”, propuesta desechada para dejar la definición partidista en el muy aceptado término de socialdemocracia.

 

El PRI poblano también perdió en sus convicciones sobre la reforma energética. Durante su asamblea estatal, Marín rechazó abiertamente la propuesta presidencial para privatizar áreas estratégicas de Petróleos Mexicanos. Sin embargo, la voluntad de las elites encabezas por el padrino Beltrones y la mafia de Emilio Gamboa, Beatriz Paredes y el resto de los gobernadores tricolores, terminó por imponerse para borrar de los documentos básicos la prohibición expresa de votar cualquier proyecto de ley que entregue a particulares la operación de dichas áreas.

 

Mario Marín, por supuesto, no tiene ni el poder ni la calidad moral para rechazar aquello que los jefes de la mafia determinan. Primero porque su imagen mediática no da para mucho, y segundo porque le debe muchos favores a Manlio Fabio Beltrones, quien operó con Felipe Calderón para salvarle la vida en la Suprema Corte de Justicia.

 

El único acto de rebeldía que el tricolor poblano se permitió fue llevar a Manuel Bartlett como parte de la delegación poblana. ¿Y para qué? Pues para nada. Al ex gobernador poblano no le permitieron el uso de la palabra para enderezar sus acusaciones en contra de la elite. Apenas, con mirada acusadora, pudo sentarse en la primera fila para desde ahí atestiguar como en 25 minutos su partido se despojó del aura nacionalista ocupando el discurso de la social democracia.

 

Y es que todo es una contradicción: aunque Armenta y muchísimos priístas poblanos reconocen en Bartlett una paternidad política e ideológica, avalaron una reforma a los estatutos que endurece las penas contra cualquier posición de autocrítica al interior del partido para evitar los desmanes que ocurrieron entre el 2005 y el 2006 y que despeñaron a Roberto Madrazo. El ex gobernador poblano, precisamente, fue uno de los autocríticos contra el candidato presidencial e incluso cercana la fecha de la elección llamó al voto útil a favor de López Obrador. Con los nuevos estatutos, hoy sería expulsado ipso facto.

 

Resumiendo: con Alejandro Armenta al frente de la delegación poblana, el tricolor poblano fue incapaz de defender su propuesta de redefinición ideológica y el discurso nacionalista de PEMEX. Tampoco fue capaz de lograr que un miembro de la delegación hiciera el uso de la palabra, en especial Bartlett, para impedir la “derechización” del partido.

 

Y es que la verdad sea dicha, Alejandro Armenta representa lo mismo que la gran mayoría de los poblanos en la clase política nacional del tricolor: un auténtico cero a la izquierda que a lo máximo que aspira es a ser un buen borrego de lo que deciden los auténticos jerarcas de la mafia.

 

En menos de cinco meses, Armenta se transformó del mejor secretario de la administración marinista a un gris presidente al que nadie le hace caso. ¿Y todo por qué? Pues porque no tiene interlocución ni experiencia. Es el costo a pagar por cumplir la misión de custodiar el proyecto zavalista desde la oficina del dirigente estatal del PRI.

 

 

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