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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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El eterno incómodo

 

 

Se acaba, por fin, la relación institucional del marinismo con Enrique Doger. Es la semana en que concluye su trienio, la clausura una convivencia tormentosa que inició cuando Melquíades Morales lo hizo candidato a la alcaldía. A partir de ese momento los destinos se entrelazaron irremediablemente y, después del triunfo electoral del 2004, transformaron la relación entre el gobernador y el alcalde de la capital en una pelea de perros y gatos sin fin. Los agravios de uno y otro lado han sido muy claros: Doger reclamó la autonomía financiera y administrativa del municipio, y se negó a obedecer a ciegas los dictados de Casa Aguayo. Marín, por su lado, tenía razones más personales para el diferendo: indisciplinado, desleal, competidor, enemigo.

 

A memoria histórica, sin embargo, es laxa a la hora de recordar que hace seis años Mario Marín terminó igual de enfrentado con el grupo en el poder de Melquíades Morales. Y es que las ambiciones personales no conocen ni de amistades ni de odios. Marín, en sus tiempos de alcalde, cometió el mismo pecado del hoy edil: no disimular las ambiciones de poder y no someterse servilmente a los dictados del gobernador. Ejecutando la misma suerte, Marín y Doger no difieren mucho en sus personalidades. Quizá por eso se repelen con tanta acritud.

 

Ejecutando el mismo papel de ambiciosos, sus estrategias difirieron. Uno de los mayores hechos que Melquíades Morales aborrecía de Mario Marín era su propensión a robarle la atención de los medios de comunicación, con los que el entonces alcalde mantenía una excelente relación. Una y otra vez las fotografías del alcalde en los periódicos ocupaban una mejor posición que las del gobernador. Melquíades lo aborrecía en lo privado, pero lo en lo público siempre fue un cuidadoso de las formas políticas: la presencia en los eventos municipales estaba asegurada y la fingida cordialidad se extendía los integrantes del ayuntamiento.

 

Como gobernador, Mario Marín copó los medios pero para mal desde la coyuntura del escándalo Cacho. Los observadores ponen a las críticas del alcalde en ésa coyuntura como punto de origen a las desavenencias, cuando en realidad los roces venían desde tiempo atrás, y las grabaciones del 14 de febrero tan solo hicieron abierta la animadversión. Habría que recordar, como en plena campaña electoral, Marín declaró a Arturo Luna Silva que hubiera preferido a alguno de sus amigos –como Montero o Valentín Meneses- para candidato a alcalde. El fuego amigo, sí, viene de atrás. Las críticas en la coyuntura del escándalo lo único que le ganaron a Doger fue la declaratoria de “enemigo público” del régimen.

 

Doger, con sus críticas, ganó autoridad moral frente a la ciudadanía que se tradujo en la alta calificación a su gestión: mientras llegó un momento en que Marín sólo era aprobado por uno de cada tres poblanos, el alcalde nunca bajó del 70 por ciento. Es, quizá, su mayor capital político, a la par de ser un priísta ciudadanizado alejado del tradicionalismo. En un medio envilecido por la corrupción y las prebendas, la autoridad moral es un pecado que no puede ser perdonado por la Iglesia del marinismo.

 

Aún declarado como enemigo, la relación institucional entre el ayuntamiento capitalino y el gobierno estatal funcionó a jalones y estirones. El momento de mayor tensión, sin duda, se vivió el año pasado cuando todas las estructuras formales e informales del marinismo se ausentaron del II Informe de gobierno del alcalde. El vacío fue colmado por panistas, quienes de apoderaron de la primera fila y arroparon a Doger cuando el PRI lo abandonó. Todos, en ese momento, lo declararon muerto y confeso traidor a su partido en las elecciones de noviembre.

 

La política, aún en su forma más visceral, predominó. El PRI requería a Doger, y Doger no renegó de su militancia. A diferencia de lo que le ocurrió a Marín, el hoy alcalde le entrega la estafeta a un priístas como él. Hace seis años, el actual gobernador, ante la derrota que sufrió Carlos Alberto Julián, terminó de irritar al melquiadismo con su célebre “perdió el PRI, no yo”. Todos le firmaron su sentencia de muerte y hoy despacha en Casa Aguayo.

 

En la víspera del III Informe de Enrique Doger la sentencia parece ser común: está muerto políticamente. Las mismas ausencias –incluida la del gobernador- podrían repetirse de la misma forma en que ocurrió hace un año. Los mismos mensajes ominosos regresarán y el cuidado de las formas podría repetirse.

 

Doger, el eterno incómodo, se va. Por fin el marinismo ya no tendrá obligación de invitarlo a sus actos y oficializar la muerte de su relación institucional. Su presencia en los presidium será borrada y las invitaciones obligadas por el cargo dejarán de llegar.

 

La relación política seguirá sus propios derroteros y sólo el día a día podrá alumbrarnos sobre lo que ocurrirá. El acta de  defunción para Doger ha sido levantada muchas veces, las mismas que se han firmado treguas y armisticios. Y es que por muchas especulaciones que se viertan, en el fondo Enrique Doger y Mario Marín tienen personalidades políticas tan parecidas que a nadie extrañaría continúen hasta el infinito los juegos de ires y venires.

 

 

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