Inicio >> Columnistas >>Tiempos de Nigromante

Columnistas

   

Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

[email protected]


 

 

 

 

¡Vivan los pesimistas, vivan!

 

 

Leyendo la columna de ayer de Mario Alberto Mejía cualquiera podría pensar que se ha convertido en el moderno Doctor Pangloss. Sí, el célebre compañero de desventuras del joven Cándido, protagonista de aquella novela de Voltaire, quien ante cada desgracia que les ocurre a lo largo de su travesía, apenas atina a pronunciar “bueno, este es el mejor mundo que nos tocó vivir”. Una especia de conformismo perverso ante las vicisitudes que les presenta la vida. O ante el catálogo de atrocidades que el marinismo ha representado en los últimos meses, específicamente desde que el gobernador fue absuelto por la Suprema Corte de Justicia y el PRI ganó la mayoría en el Congreso local en las elecciones de noviembre pasado.


Y es que el quintacolumnista se queja de la reacción de algunos medios y personajes de la sociedad civil por la aprobación de las reformas a la Ley de Acceso a la Información Pública que el PRI aprobó con su mayoría mecánica, sin el consenso de la oposición. O como dice, citándolo textualmente, “Y es que hubo quienes ingenuamente pensaron que en un Congreso de mayoría priísta se iba a aprobar una ley en materia de transparencia que iba a afectar a los gobiernos priístas. ¿Estamos locos? ¿En qué país del mundo las mayorías parlamentarias votan reformas que afecten a sus gobiernos?”


Citando a Silva Herzog Márquez, retomando su artículo publicando en el suplemento Refrectorio de El Columnista, su opción sería tomar el camino de Jorge Ibargüengoitia: la crítica ácida, sintetizada en esa famosa frase: ‘el domingo son las elecciones, ¡qué emocionante!, ¿quién ganará?’.”


La crítica corrosiva de Ibargüengoitia, por supuesto, es el mecanismo de la ironía: la daga más filosa ante el régimen inamovible de la “dictadura perfecta” del priísmo dorado. Cuando el genio dice “quién ganará”, se burla de la cosa juzgada del triunfo tricolor en las elecciones presidenciales sin esperar ni tomar en cuenta la voluntad popular. La burla es tan eficiente como la caracterización que hizo Octavio Paz del Estado priísta como “El ogro filantrópico”: el monstruo autoritario que se da el lujo de tolerar a sus críticos.


Pero entre Paz e Ibargüengoitia existe una diferencia fundamental: el autor del Laberinto de la Soledad murió con el Nobel en sus manos, y el ironista, después de su accidente mortal en Barajas, se fue sin el reconocimiento de la intelectualidad mexicana. Y es que uno y otro practicaron cosas diferentes, con resultados diferentes: Paz hizo crítica y el otro, ironía. La segunda destruye y la primera construye las opciones del futuro. Un abismo entre ambos.


El quintacolumnista se queja de la solemnidad que muchos tuvimos ante el rostro autoritario del marinismo en la aprobación de la reforma la transparencia pública. Inexistente por cierto.


Mejía comete un error fundamental: afirma que ningún régimen en el mundo aprueba reformas que vayan en contra de ellos mismos. O la simplificación que hicieron otros columnistas al servicio del régimen: las mayorías sirven para utilizarse, y si el PRI usó de ella, es porque se trata de la voluntad popular expresada en las urnas de noviembre del 2007.


La Historia del mundo desmiente los argumentos simplistas: Jefferson, Hamilton, Jay, Madison, Locke, Rousseau, Monstequieu y compañía creyeron que los regímenes absolutos podían reformarse. Y lo lograron.


Nada más equivocado: Melquiades Morales gozó de la misma mayoría, y la oposición siempre aprobó por consenso todas sus propuestas y cuentas públicas por acuerdo. Hay un error conceptual: el marinismo es el régimen más autoritario que haya vivido la entidad. Alguien podría decir: no, el gobernador más autoritario fue Manuel Bartlett. Pero el exgobernador siempre respetó a los medios de comunicación, y nunca censuró un programa como La Quintacolumna, ¿verdad, Mario Alberto?


El argumento del Quintacolumnista es peligroso: equivale a decir que la crítica, traducida en esquelas, es ridícula. Y que en su lugar, deberíamos recurrir a la ironía para burlarnos del régimen. El problema es que muchos críticos desertaron de la batalla, y los pocos ironistas que tiene Puebla, también decidieron guardar sus filosas espadas para un momento mejor.


¿Cuándo las usarán?

 

 

> Columnas anteriores

 

 


       

 



     PUBLICIDAD