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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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Derviche le responde a Pangloss

 

 

 

Si Mario Alberto Mejía se declara amante de cultivar su huerto, desde aquí le deseo los mejores tomates y lechugas. Con el tiempo hará sabrosas ensaladas. Pero si la polémica es sobre periodismo y no de hortalizas, pasemos al fondo del asunto.


Nunca, por supuesto, dije que la ironía era mala, sino que simplemente es la versión corrosiva de la crítica. Y es que como dice Harold Bloom, el autor de El Canon Occidental, la ironía es un gesto defensivo, tanto en la literatura, como en la vida.


¿Y de qué quieren defenderse los ironistas al estilo Ibargüengoitia? Muy claramente lo afirma el filósofo español Carlos Gurméndez en su hermoso Tratado sobre las pasiones: “La ironía es el lenguaje del melancólico. Las palabras irónicas atraviesan el aire y, como saetas, penetran en el corazón de los hombres hiriéndolos, pero sin inferirles un daño muy profundo. Suscitan leves sonrisas, porque son burlonas y no sólo afectan a quienes van dirigidas sino, también, al que las profiere. La ironía, esta burla fina y disimulada, puede elevarse a consideraciones negativas sobre el mundo en general y sobre esta sociedad en particular, porque es el veneno secreto del yo. A la vez es un juego alegre, un placer frívolo de la inteligencia, pues negar la moralidad convencional proporciona mayor intensidad a la fruición estética. La ironía nace de los humores variables, arbitrarios, volátiles de la conciencia íntima, y se expresa en conceptos delimitados, precisos, disolventes.”


Puebla ha conocido pocas plumas más mortales, por irónicas, que la de Mario Alberto Mejía. De él proceden quizá los mejores apodos a los personajes de la clase política en los últimos diez años. Dardos hirientes como el Evo Morales de por aquí cerquita para Javier García Ramírez; Madame Prada para Julieta Marín y el tierno Zavalita antes que de que Javier López Zavala se convirtiera en el todopoderoso.


Pero desde hace meses, la pluma ácida perdió el vigor de la mocedad. Evo Morales de aquí cerquita dio paso al Secretario de Obras Públicas; Madame Prada se convirtió en la hermana del gobernador y Zavalita creció al nivel de Zavalota.


¿Quién perdió entonces frescura e ironía?— se pregunta neciamente el Derviche.


Y es que para el quintacolumnista, la guerra en la que se encuentra inmerso Cambio —como afirma Mejía— me hizo convertirme en un ombudsman al estilo Sergio Mastretta. Un activista al estilo de los que le gritan a Bush. Guerra que de ser cierta, casualmente, inició en los tiempos en que Pangloss era el director editorial de Cambio, pero de la que ya salió. Vietnam, de un día para otro y milagrosamente, se acabó para uno y comenzó Irak para otros.


De fondo, creo, subyace una diferencia sobre lo aquello que debe hacer el periodista y aquello que no.

En su argumentación, Mejía trae una pobre ayuda: Carlos Marín, director editorial de Milenio nacional. Y es que a fuerza de parecer genio, uno de los protagonistas de Tercer Milenio afirma que el deber del periodista es hacer periodismo. ¡Genio!


¿Y qué diablos es hacer periodismo? No, por supuesto, cultivar tomates y lechugas. Tampoco escribir poemas, novelas o romances, género específico de la literatura. Con el riesgo de parecer ignorante, Mejía olvida aquello que decía Max Weber: sociológicamente, el oficio de periodista es el más emparentado al del político profesional.


Es decir, vive de y para la política. La cosa pública, vaya.


Los poetas, bucólicos u malditos, retratan el ámbito de las emociones, pero cuando se ponen al servicio de una causa política se convierten en adefesios al estilo del Neruda comunista.


Al contrario de los poetas, el periodista sin convicciones es un adefesio. Mercenario sujeto a los vaivenes del poder. No caben en él sino la prebenda, el beneficio y la adulación.


El periodismo está hecho de convicciones. No hablo al estilo del romántico Kapucisnky: en este oficio no caben los cínicos. Por ejemplo, Julio Scherer no sé si quería cambiar a México. Pero buscaba algo peor: vengar el agravio personal que le inflingió Luis Echeverría al quitarle Excélsior.


Así lo confió el creador de Proceso en su edición especial de los 30 años: “Después de su artera intromisión en Excélsior en 1976, nació Proceso y más de una vez me pregunté si el periodismo del que dimos cuenta, implacable hasta donde nuestras fuerzas alcanzaban, tuvo su origen en una pasión vindicativa o en un encendido revanchismo. No eran tolerables sujetos como Echeverría, construido con materiales de baja calidad ni resultaba admisible nuestra defunción por decreto. Nos habían arrojado de un gran diario, pero no eran dueños de nuestro futuro.


“Hijas de la misma hoguera, la venganza y la revancha se parecen hasta en el lenguaje y a la distancia pueden confundirse. Ambas son obsesivas y exigen un brutal desgaste de energía. La venganza se instala en el aborrecimiento y la revancha ronda por ahí, pronta a ceder a la tentación del ‘todo se vale’. En mi fuero interno, en las meras vísceras, deseaba para Echeverría un daño grande, él que tanto daño había causado a tantos… También llevaba conmigo crónicas y reportajes de la corrupción impune.”


Así, a martillazos denunció en solitario la corrupción del régimen. Ventiló la vida pública del país que se decidía en privado. El resto de los medios de comunicación le hizo un vacío. Para quitarle legitimidad, emparentaron a Proceso con el panismo, el comunismo y hasta el yunquismo. Sin embargo, domingo a domingo revelaba lo que nadie más se atrevía decir.


Ignoro si Mejía tiene una convicción al respecto, pero yo como periodista sí la tengo: Puebla debe superar el régimen marinista para intentar retomar el camino de la democracia. El periodismo de Cambio puede o no gustar, según el punto de vista del lector, pero el trabajo de los reporteros es honesto. La corrupción está ahí para quien quiere verla.


Cada periódico, además, tiene una visión del mundo. En el sentido lato, es una comunidad. Por momentos, puede haber excesos. Enrique Krauze, enjuiciando a Proceso en sus 30 años, escribió: “Sin embargo, en los últimos años ha ocurrido en Proceso un proceso que me preocupa. Se ha vuelto previsible, a veces en extremo… No siempre, pero muchas veces, uno conoce de antemano qué va a decir Proceso en su número siguiente. La primera sección es demasiado doctrinaria, propende a ver la realidad con anteojeras ideológicas. Quizá lo más soso y reiterativo sean las entrevistas”. Fin de la cita.


Lo que no puede hacerse para argumentar es recurrir a aquello que Héctor Aguilar Camín llama la Tercera Ley de la Metafísica de Las Cosas en México. Como salido del humorismo blanco de Chespirito, Mejía dice que una cosa es una cosa, y otra es otra. Es decir, que aunque marinismo y bartlismo son autoritarismos, el segundo lo fue un poquito más porque a la hora de aprobar sus leyes había más escándalo en el Congreso, hecho que no sucedió ahora con la aprobación de las reformas a la Ley de Acceso a la Información Pública.


Nada de que una cosa es una cosa y otra es otra. Marinismo y bartlismo son autoritarismos. Así, en seco, sin gradualismos. Dice Mejía que el exgobernador golpeó a El Universal Puebla dejándolo sin un centavo.

 

Lo mismo ha hecho Marín con Cambio desde julio del 2006: cancelar su convenio de publicidad y prohibir a los anunciantes —incluso comerciales— acercarse al diario.


Además, dio un paso adelante: orquestó un golpe en contra La Quintacolumna radio a través del concesionario Salvador Martínez. Por ello Pangloss y Derviche lo denunciaron en la PGR.


Regresemos al punto: hacen falta críticos e ironistas de la realidad marinista. No dudo que los primeros hayamos podido transformarnos en sublimes tediosos, pero las dagas de la ironía desaparecieron cuando Mejía salió de Vietnam. Unos empeñaron sus armas, otras las vendieron y de otros esperemos que sólo las hayan guardado para darle más filo a sus cuchillos.


Regreso a Don Carlos Gurméndez en su Tratado de las pasiones: “El irónico intenta resolver su contradicción patética. La melancolía es, pues, su unidad defensiva, un consuelo contra cualquier tristeza que pueda invadir su conciencia. Por esta razón ironiza para salvaguardarse, burlándose de los otros, de la sociedad en que vive, de sus costumbres, y también de las desgracias, dichas y satisfacciones banales. La ironía impide que la subjetividad se frustre ante el espectáculo de las ruinas que contempla, y constituye un placer agudo que salva al melancólico de los dolores que se le aproximan como heridas permanentes. El irónico tiene conciencia de la gravedad de su estado melancólico inevitable. Cuando interroga, fingiendo ignorancia, y se complace en desvalorizar a los otros, es una forma disimulada de envidia.”

 

Como se ve, ironía y crítica no son tomates y lechugas.

 

¿O sí, Mejía?

 

 

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