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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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La carta oculta de la baraja

 

 

En aras de ganar la polémica que mantenemos desde hace varios días, Mejía abandona las florituras, el refuerzo intelectual y elige para combatir el lugar común más común al que se recurre en aras de desacreditar el trabajo periodístico de Cambio: su supuesta afiliación al dogerismo, una corriente política, un grupo de poder.


Así que la discusión cambia de tono: ya no se trata de si el quintacolumna es Pangloss y su servidor Derviche; si es válido que el periodista tenga convicciones y causas y por ello sea asimilado a un ombudsman o si la cobertura sobre las reformas a la Ley de Acceso a la Información Pública tuvo un componente de ingenuidad.


No: la cuestión principal, y la que responderé por primera, es si la crítica periodística que hacemos desde Cambio, centrada en el régimen marinista, responde a los intereses políticos de Enrique Doger.
Ardua cuestión que requiere de la autocrítica.


Veamos: la leyenda urbana, el mito genial de que Cambio responde a los intereses del ex alcalde proviene de dos serias acusaciones. Uno, que su accionista mayoritario —Alberto Ventosa— y el hoy presidente la empresa, Ignacio Mier Velasco, laboraron en la administración municipal de Doger, y que además son sus compañeros de viaje en la búsqueda de la gubernatura. Dos, como lo afirma el propio Mejía, que en este diario “jamás se le ha tocado ni con el pétalo de una hoja bond”.


Ambos argumentos van juntos con pegados: en Cambio no se toca ni con el pétalo de una hoja bond a Doger porque lo impiden Alberto Ventosa e Ignacio Mier.


Nada más lejano de la realidad. Nuestra reciente cobertura sobre la concesión de los parquímetros, claramente lesiva de los intereses ciudadanos, alcanzó a Doger y los dogeristas en aras de averiguar la paternidad auténtica del proyecto.


El propio Mejía subrayó el hecho: en este espacio se acusó de títere al ex alcalde por haberse prestado a beneficiar a Jajomar, una empresa en la que el marinismo tiene especial atención.


Cambio, además, exhibió la ridícula posición de Jorge Ruiz, Enrique Chávez Estudillo y Pablo Fernández del Campo, que como funcionarios de la administración anterior avalaron la concesión, pero que meses después descubrieron sus muchas irregularidades.


¿No los tocamos con el pétalo de una hoja bond? ¿Así trataría un diario a sus “amigos”? ¿A los “amigos” de su dueño y director general?


Veamos el caso de Ignacio Mier Velasco, en el que el quintacolumnista pone un especial énfasis.
Nacho, por supuesto que es priista, trabajó al lado del emperador Bartlett y eso de que está en desgracia sólo podría entenderse porque  el gobernador Marín no lo quiere. Gracias a eso no es ni constructor ni le vende favores al gobierno. Tampoco aspira a una diputación federal.


Es pocas palabras: no tiene intereses con el marinismo. Y gracias a eso, como director de la empresa, no tiene objeciones en mantener la línea crítica hacia el grupo en el poder.


Nacho, como lo conoce la clase política, se ha guardado de intervenir en las tareas periodísticas o editoriales de Cambio. Lo que sí ha hecho, y vaya que bien, es reflotar financieramente una empresa asfixiada por el marinismo. Pero de tirar línea, nada, que eso es trabajo del director editorial.
Ignacio Mier no es periodista, ni pretende serlo.


Cambio tampoco pretende vender la idea de “la maldad del gobernador y de la bondad de Enrique Doger”.
O que el mismo Doger sea el camino de la democracia. O el mejor aspirante priista la gubernatura. O el prohombre de la política poblana.


Nadie, ni los reporteros de Cambio, ni yo, hemos firmado tal cosa. Y reto a cualquiera a buscar en mis columnas una oda al ex alcalde. Ni siquiera le hemos matado un pollo.


Lo que sí vendemos, nuestro nicho de mercado, es la corrupción del marinismo que el resto de los medios se niega ver. A lo mejor no es de su interés. Pero a Cambio lo apoya la realidad, ésa que no es ni dogerista ni marinista. Simplemente es.


Afirmamos que el presidente Calderón no invitó a Marín a España… y el gobernador lo acabó reconociendo.


El Arco Oriente es un puente al abismo que… sigue dando a un abismo.


Probamos que 600 millones para remodelar la Atlixcáyotl era el robo del siglo… y Javier García bajó la obra a 450 millones.


O que La Célula era un mito genial y… ninguna empresa se ha instalado ahí.


O que el Hospital de la Zona Norte no opera por carecer de contactos eléctricos… y todavía no funciona al 100 por ciento.


Así podríamos seguir horas: la realidad no es dogerista, ni marinista. Simplemente es. Solamente que a algunos a les conviene no verla.


Mejía coincide perversamente conmigo: los políticos son periodistas, como afirma Weber. Y pone como ejemplo de periodistas que han saltado a la política a Claudia Hernández o a Luis Alberto Arriaga.


Dios guarde la hora de que tan tremendos ágrafos sean considerados periodistas. En el mejor de los casos aspiran a lectores de noticias.


Y en eso coincido yo con el quintacolumna: la primera obligación del periodista es con el lenguaje. Pero no es la única. Reitero el concepto weberiano: el periodista es político porque vive de y para la cosa pública.


Por eso los medios de comunicación se convirtieron en el cuarto poder. O como dice Ignacio Ramonet, el director de Le Monde Diplomatique: “El ‘cuarto poder’ era, en definitiva, gracias a los medios de información, el poder del que disponían los ciudadanos para criticar, rebatir, oponerse, en un marco democrático, a decisiones legales que podían ser inicuas, injustas y hasta criminales contra algunos ciudadanos inocentes.”


Los periodistas, además de su obligación para con el lenguaje, deben tener un capital de credibilidad. Y ese capital se forma con la única consistencia posible: la crítica permanente al poder, de sexenio a sexenio.


En ese sentido vamos bien: fui amigo de Manuel Bartlett y he sido su crítico más feroz en Puebla. También tuve relación con Melquiades Morales, y no me tembló la mano para afirmar que su sexenio fue un periodo perdido. Pero el caso paradigmático es el de Mario Marín: no es un secreto que fuimos amigos, y que tenemos una amistad familiar de años. Y desde que descubrí su lado tirano, la crítica no ha cesado.


No sé si Rueda sea Scherer y Cambio el Proceso de Puebla. Pero sí aspiramos a serlo. ¿Por qué no?
Aldous Huxley, en Un Mundo Feliz, dice “Treinta y seis mil repeticiones constituyen la verdad”. Así, Treinta y seis mil veces han dicho que Cambio es dogerista como una forma de descalificar su trabajo. Patrañas. Nos encomendamos al juicio de la historia.


Lo que se ve es lo que hay: Ignacio Mier es la cabeza pública del periódico en lo financiero, y Arturo Rueda en lo editorial.


En otros medios las cosas no son tan públicas ni visibles.


Por ejemplo, El Columnista. Es la hora que un medio de comunicación público mantiene a su dueño en la oscuridad de la penumbra.


También se dice que ahí hay políticos, unos en desgracia y otros en plena bonanza. Algunos nombres.
Alfredo Rivera, aspirante a marinista y dogerista que no encontró cupo en ningún bando;
Rafael Moreno Valle, candidato a la gubernatura en pleno ascenso;
Javier López Zavala, delfín marinista todopoderoso;
Arturo Achard, que de melquiadista pasó a pejista de peroratas interminables.


¿Quién será el tapado?


¿Habrá otro nombre oculto en la baraja?

 

 

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