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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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Rivera y Zavala, testigos de la concertacesión

 

 

Entre los panistas locales, la concertacesión Marín-Espino en junio del 2006 dejó un sabor de impotencia que el gusto dulce de la contundente victoria borró, junto al triunfo marginal de Felipe Calderón. La muy cuestionable orden de la dirigencia nacional para detener los cuestionamientos y aprovechar el desgaste provocado por el escándalo Cacho dejó confusos a los panistas poblanos, pero al final todo salió bien. Contradicciones de la política: un año después, en el 2007, Manuel Espino dio la misma orden: no explotar electoralmente el caso Cacho. Sólo que ahí sí todo salió mal y el PAN fue prácticamente barrido. Sabor a impotencia y sabor a derrota, la mezcla más peligrosa. Y entonces las cabezas, off the record, decidieron hablar: el acuerdo Espino-Marín no ocurrió en Atlixco, sino en el Hotel Fiesta Inn Las Ánimas. Y los únicos testigos de la reunión fueron, de parte del PAN, Eduardo Rivera Pérez y por el PRI, Javier López Zavala. La historia es la siguiente:

 

Marín, se sabe, era un madracista de cepa: gracias al tabasqueño llegó a la gubernatura y, recíprocamente, el poblano nunca le regateó apoyo. Hasta que en la coyuntura del escándalo Cacho, Madrazo lo agravió al pedirle su licencia frente a los otros mandatarios priístas. “Afectas la campaña”, le dijo. Peña Nieto sacó la cara por el poblano. “Si entregamos su cabeza por presión seguimos cualquiera de nosotros”. Los gobernadores ganaron: Marín no se movió de su silla pero guardó el resentimiento en el fondo de su corazón.

 

A mediados de junio del 2006, en la carrera presidencial sólo quedaban dos corredores en un empate técnico virtual: Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador. Roberto Madrazo, arrinconado en el tercer lugar, veía de lejos lo que ocurría. El tabasqueño lo relató en su libro La traición: un grupo de gobernadores priístas prácticamente lo abandonó, y centraron sus esfuerzos en obtener la medalla de plata, es decir, una presencia robusta en el Congreso. El cuartelazo de los gobernadores, implicó, además, negociar su voto útil para uno de los finalistas. Empujados por Manuel Espino y Elba Esther Gordillo, los gobernadores tricolores eligieron al blanquiazul.

 

Declaración ex post de Manuel Espino: fueron diez los gobernadores tricolores con los que se negoció. Y más ex post: el mandatario poblano fue uno de ésos diez con los que se platicó, según le afirmó a Fernando Canales. ¿Dónde, cómo y cuándo fue la plática?

 

Como se afirmó en esos días, siempre se pensó que la reunión ocurrió en Atlixco a mediados de junio. Según la fuente panista de alto nivel, en realidad sucedió en las mismas fechas pero en el Hotel Fiesta Inn Las Ánimas. Ahí se encontraba hospedado Espino. El gobernador poblano llegó acompañado de su fiel escudero y entonces secretario de Gobernación, Javier López Zavala. En el lobby los esperaba Eduardo Rivera Pérez, entonces dirigente local panista. Al llegar a la habitación, Rivera y Zavala permanecieron fuera, sin escuchar lo que Marín y Espino platicaron, así como a los acuerdos a los que llegaron.

 

El fondo de la conversación no fue sorpresa: Espino planteó que el triunfo de López Obrador no convenía a nadie. Madrazo estaba descartado, y que era hora de tomar nuevos rumbos. A cambio de desactivar el aparato de operación tricolor, el dirigente panista ofreció inmunidad en la Suprema Corte de Justicia. Todo ocurrió así en la realidad, aunque la exoneración tardó un poco en llegar.

 

El testigo panista, después de las elecciones federales, fue convenientemente desaparecido de la escena del crimen y beneficiado por su silencio. Eduardo Rivera Pérez fue enviado a estudiar un master a España, y Espino le encargó la representación del PAN ante los partidos demócrata-cristianos de Europa. Y para evitar filtraciones en la campaña local del 2007, Rivera regresó hasta que el PAN había sido arrasado, aunque su master terminó a finales de junio.

 

Además, en ausencia, recibió la diputación plurinominal y la coordinación de la fracción parlamentaria. El silencio sí paga.

 

Si alguien quiere seguir las huellas de la concertacesión, Eduardo Rivera Pérez tiene mucho para explicar.

 

 

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