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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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Adiós a las Grandes Ligas

 

 

Dolió, y mucho, la encuesta nacional del Gabinete de Comunicación Estratégica, propiedad de Liébano Saénz. Todo un gancho al hígado para el gobernador Marín. No por lo que opinen  los poblanos al haber sido ranqueado como uno de los tres peores gobernadores del país. Al final, sus medios incondicionales ocultaron la noticia para variar y además él mismo se ha acostumbrado a vivir con el mote de góber precioso.  No. A Marín lo que le dolió fueron las repercusiones a nivel nacional de ese posicionamiento. Y es que ahora queda más claro que nunca que el gobernador poblano no tiene ningún futuro dentro de la política nacional para cuando acabe su periodo, en el 2011. Que el escándalo Cacho no sólo se llevó sus aspiraciones presidenciales, sino además ambiciones más humildes como ser senador. E incluso formar parte del equipo de campaña presidencial del algún priísta. Porque ¿quién diablos querrá arriesgarse a postular a un cargo de elección a uno de los peores gobernadores del país? ¿Qué puede sumar Marín a un proyecto político que no sea desprestigio? ¿A alguien le interesará tenerlo a su lado?

 

Nunca estuvo mejor dicho: Mario Marín no es Melquíades Morales. Al ex gobernador, por bueno o mediocre que fue su desempeño, nunca vivió un escándalo de tal magnitud, de tal forma que al finalizar su mandato tenía los elementos suficientes para tener aspiraciones nacionales. En específico, presidir el CEN tricolor a la salida de Roberto Madrazo. Melquíades fue comisionado para presidir los trabajos de la XIX Asamblea Nacional del ex partidazo y después, aunque no se convirtió en dirigente nacional, fue postulado a senador para sumarle votos al PRI en el 2006. El ex gobernador llegó al Palacio de Xicoténcatl para convertirse en el brazo derecho de Manlio Fabio Beltrones y consolidarse como un personaje de la clase política nacional.

 

Antes de ellos, Manuel Bartlett regresó a la escena nacional después de terminar su periodo como gobernador. En realidad, aún desde Puebla, nunca dejó de ser parte de la clase política nacional de la que había surgido en los setenta y brilló en los ochenta como secretario de Gobernación. A pesar de las manchas de “la caída del sistema” y su fama de autoritario, así como el sonado caso Huejotzingo, Bartlett encabezó la lucha de los priístas contra los tecnócratas. Participó en la contienda abierta del 99, y aunque quedó en tercer lugar se ganó una senaduría plurinominal y seis años más de vigencia como presidente de la Comisión de Puntos Constitucionales.

 

Durante el primer año de su sexenio, Marín se construyó castillos en el aire. Se imaginó como el Benito Juárez del siglo XXI: un pastorcito de la provincia que estudia derecho y gracias a su tesón primero llegó a ser gobernador de su estado y más tarde Presidente. Cuando iniciaba sus primeros cabildeos, el escándalo Cacho le cayó como jarra de agua fría. Las desastrosas entrevistas con Loret de Mola y López-Doriga lo convirtieron en personaje no de la clase política nacional, sino del ridículo internacional. Prácticamente ningún intelectual de prestigio omitió condenarlo, y la andanada final, después del carpetazo de la Suprema Corte de Justicia, tomó forma de linchamiento popular.

 

Con todo y todo, Marín siguió en el cargo, aunque con el desprestigio nacional a cuestas. A últimas, en la mente del gobernador ha renacido el viejo sueño de convertirse en una figura prominente de la grilla nacional. Desechados los sueños presidenciales, ahora se sueña secretario de Estado junto a …… ¿A quién cree? Pues a Manlio Fabio Beltrones, el todopoderoso senador que cabildeó su exoneración con el Presidente Calderón y los ministros de la Corte. Vaya, lo esperan las Grandes Ligas en el 2012.

 

Pero la realidad siempre supera la más poderosa de las ficciones. La encuesta nacional del Gabinete de Comunicación Estratégica terminó por probar dos cosas que ya todos sabíamos: que Ulises Ruiz y Mario Marín son los mayores lastres del PRI a la hora de construirse una imagen moderna y democrática, como incluso reconoció la propia Beatriz Paredes después de ganar la dirigencia nacional. No en balde Roberto Madrazo lo quiso destituir en lo más fuerte del tsunami. Marín, la única asociación que genera, es la del desprestigio.

 

Así que el marinismo puede dejar de pensar en sueños guajiros: no hay lugar para ellos en las Grandes Ligas y su jefe no ejerce influencia. Algunos de ellos ya lo sospechan. Gerardo Pérez Salazar y Javier García Ramírez, los peores funcionarios del gobierno, quieren una diputación federal para tener fuero ante una eventual persecución. Saben que su jefe no tendrá poder para defenderlos de sus desfalcos. Y mucho menos influencia para colocarlos en otro sitio.

 

La falta de futuro para Marín y su grupo no solo se origina en el evidente desprestigio que genera su “marca”. Sus alianzas nacionales, además, se limitan a Manlio Fabio Beltrones. Si hemos de creer a la encuesta nacional del Gabinete de Comunicación Estratégica, así como a la publicada ayer por Reforma, tan solo entre un 5 y un 8 por ciento de los priístas quiere que sea su candidato a la Presidencia, mientras más de la mitad eligen a Enrique Peña Nieto. ¿A dónde llegará Marín con el senador?

 

Así que ni secretario de Estado, ni diputado federal o senador. ¿O alguien cree que el PRI se arriesgará a postularlo para llevarse una tunda de los medios de comunicación en plena elección presidencial?

 

Es el costo a pagar por ser uno de los tres peores gobernadores del país. Marín no podrá seguir los pasos de Manuel Bartlett y Melquíades Morales.

 

 

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