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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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PRI: oscuro aniversario

 

 

No dejo de darle vueltas al último párrafo de la colaboración especial que Beatriz Paredes Rangel hizo para Reforma el jueves pasado en vísperas del setenta y nueve aniversario del tricolor: “(El PRI) Tendrá que abandonar sus lastres: lograr que no se asocie automáticamente PRI con corrupción. Que sus figuras negativas no deterioren su imagen general. Y superar sus riesgos, sobre todo los de la balcanización, el mercantilismo y la frivolidad en la política”. La duda es inevitable: ¿Y quiénes son las figuras negativas del partido a las que se refiere su dirigente nacional? ¿Por qué siguen en el tricolor? ¿Estarán incluidos los gobernadores más famosos del país, Mario Marín y Ulises Ruiz, en ése catálogo del horror dibujado por Paredes? ¿Por qué la violenta autocrítica en tiempos de paz?

 

Certero, como casi siempre, Manuel Bartlett también lanza sus dardos en víspera del aniversario que se celebrará mañana: el PRI se ha convertido en la “cola del PAN” y en su “pareja de baile”. Frente a los priístas colaboracionistas con el gobierno federal, el ex gobernador poblano les ataja paradas. El tricolor no se ha convertido en fiel de la balanza y mucho menos agente de una cogobernabilidad en las Cámaras de Diputados y Senadores: el partido es un comparsa de la derecha provocado por su titubeante rumbo ideológico y su inexistente unidad interna.

 

El ex partido mañana celebrará mañana que casi se ha convertido en octogenario. Priístas de todo el país, y por supuesto poblanos, se pelean por formar parte de la delegación multitudinaria que se reunirá en el Comité Ejecutivo Nacional para conmemorar su fundación y celebrar la innegable recuperación electoral del 2007. O por lo menos las cuentas alegres de Paredes: casi un millón de votos más que en el 2006, recuperaron la gubernatura de Yucatán; ganaron 186 de las 297 diputaciones en pelea y 722 de las mil 200 alcaldías en disputa. Y por si fuera poco, nueve de catorce capitales estatales. Un año redondo para la gestión de la tlaxcalteca.

 

Por supuesto que la victoria electoral de Puebla suma en las cuentas alegres: veinticinco de los veintiséis distritos electorales y la gran mayoría de las alcaldías, entre ellas Puebla, Tehuacán y Atlixco. Pero, si todo va tan bien, ¿por qué la rudeza innecesaria de Beatriz Paredes respecto de las figuras “negativas del tricolor”? ¿Por qué duelen tanto las críticas de Manuel Bartlett sobre la falta de consistencia ideológica del ex partidazo? ¿Por qué las críticas al colaboracionismo de Manlio Fabio Beltrones, Emilio Gamboa y Jorge Estefan, si eso ha traído buenos resultados electorales?

 

Después del 2007, los priístas están ilusionados con un posible regreso a la Presidencia de la República. De la mano del carismático e hijo de Televisa, Enrique Peña Nieto. O del maquiavélico Manlio Fabio. En última, pero muy última instancia, de Beatriz Paredes. Se trataría, indudablemente, del regreso al poder del partido político más longevo a América Latina, probablemente uno de los más antiguos del mundo a excepción de los partidos social demócratas de Europa. Si el PRI ganara las elecciones presidenciales del 2012, además, se convertiría en un hito de la ciencia política: un partido que después de perder el poder en una transición democrática es capaz de modernizarse y adaptarse a las nuevas reglas de la democracia electoral y la transparencia, ganando nuevamente la confianza de los ciudadanos.

 

¿Es ése el PRI cuasi octogenario del que estamos hablando, con posibilidades de regresar al poder insertándose al esquema democrático? Habría que dudar de su transformación. A falta de Presidente de la República, el poder en el tricolor se ha dispersado para repartirse inequitativamente entre sus gobernadores, los líderes en las Cámaras y el Presidente del Comité Ejecutivo Nacional. De ellos tres, el más débil es la  dirigente nacional que llegó al cargo gracias a coaliciones de gobernadores que se vuelven todopoderosos por encargarse del mantenimiento financiero del partido. Beatriz Paredes, dicen los allegados a Emilio Gamboa y Manlio Fabio, es un cero a la izquierda.

 

El verdadero poder fáctico del tricolor, indudablemente, son sus dieciocho gobernadores. Ellos, y sólo ellos, deciden candidaturas, mantienen financieramente el partido y también ellos son los responsables de las victorias o derrotas electorales. Su influencia, además, llega a las Cámaras de Diputados y Senadores por medio de sus representantes, y por si fuera poco lideran a la instancia de presión llamada Conferencia Nacional de Gobernadores que ha obtenido grandes recursos financieros, con lo que además se han hecho más poderosos.

 

Pero al mismo tiempo, en ese poder fáctico de los gobernadores, se encuentran dos de los personajes más desprestigiados del tricolor: Mario Marín y Ulises Ruiz. Tipos que impiden la construcción del PRI del siglo XXI, según la intención de Beatriz Paredes en su artículo de Reforma.

 

O quizá haya otra hipótesis: los gobers horrorosos de Puebla y Oaxaca, en vías del despertar de las ambiciones presidencialistas del 2012, han decidido jugar en equipos diferentes al de Beatriz Paredes. Con eso de que Manlio Fabio fue el único que apoyó a Marín en la crisis del escándalo Cacho.

 

 

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