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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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El profeta de la (des) esperanza

 

 

La leyenda de la Puebla levítica y católica poco a poco cede el paso a una Puebla más moderna, progresista y plural. La marea humana que el arzobispado poblano presumió llenaría hasta las lámparas el estadio Cuauhtémoc nunca llegó. El mito de que los poblanos se arrebatan los boletos de la investidura, e incluso de que había gente dispuesta a pagar por ellos fue eso: simplemente un mito. Las gráficas hablan por sí solas. El inmueble no se llenó, y mucho menos se atascó. Grandes claros llegaron a apreciarse en las graderías. Simple y sencillamente, hubo un desaire a Víctor Sánchez, quien no tuvo un buen estreno. La culpa no es suya. Se trata de la sangría de feligreses que sufre la Iglesia Católica a partir de sus muchos escándalos, pederastia incluida con complicidad, y órdenes que retratan lo peor de una sociedad, como los Legionarios de Cristo, bajo investigación oficial del Vaticano.

 

La grey católica poblana no ha escapado a esa pérdida de confianza: el caso del cura pederasta Nicolás Aguilar Rivera tocó fibras muy sensibles. La ostentosa protección que le brindaron Norberto Carrera Rivera en la diócesis de Tehuacán y Rosendo Huesca en la de Puebla llevó al primero, incluso, a las cortes estadounidenses. El caso fue cerrado, por ahí, en algún lugar de Puebla, Morelos y Guerrero, Nicolás Aguilar sigue libre. Oficiando incluso. Y no sabemos, quizá sigue abusando de niños inocentes que confían en él gracias a su investidura.

 

No en balde uno de los primeros mensajes que lanzó el nuevo Arzobispo fue que no protegería a ningún cura pederasta, pedrada indirecta para Rosendo Huesca. La jerarquía católica sabe muy bien que con cada escándalo, su influencia en la sociedad mexicana cede. Por ello prefieren esconder y exiliar a sus pecadores internos, pero no juzgarlos. Nicolás Aguilar Rivera, por ejemplo, después de sus escándalos en Puebla, fue enviado a la diócesis de Los Ángeles para reformarse. Ahí siguió, imparable su carrera pederasta. Regresó a Puebla y volvió a abusar. Sólo que esta vez su caso fue denunciado ante la Procuraduría General de Justicia. Al final, el poder judicial local lo condenó por el delito de ataques al pudor. Y como ya había prescrito el delito, siguió libre. Y escondido por la mano poderosa de Norberto Rivera.

 

Nadie en su sano juicio puede afirmar que la Iglesia Católica ya no pesa, o que ha dejado de ser un poder fáctico. Que muchas de las decisiones políticas de las autoridades civiles a menudo son consultadas con el Arzobispado. O mínimo comunicadas. Que incluso hay sacerdotes especialistas en relacionarse con el poder político, como el famoso padre Froylán. Pero el camino es de ida y vuelta: todos los políticos aspirantes a algo buscan el favor y sanción de la jerarquía católica, dado su capacidad de “mover voluntades”. Por ejemplo, Javier López Zavala, que en su desatada carrera rumbo a la gubernatura lanzó un programa desde la Sedeso para financiar con dinero público la reconstrucción de templos religiosos.

 

La permeabilidad del poder religioso con el político lastima al Estado laico. Ya no es leyenda ni mito genial. Ayer mismo, el autodenominado “profeta de la esperanza” confirmó que su mano movió las aguas para que el priísmo aprobara la denominada “Reforma Bailleres”: con conjunto de disposiciones anacrónicas, dogmáticas e intolerantes para proteger el concepto de “familia” católica: papá, mamá e hijos. Víctor Sánchez definió como primer punto de su gobierno “1.- La familia: llamada a ser santuario de la vida, casa y escuela de comunión, no podemos ignorar la realidad de América Latina donde los cambios afectan a las familias, se debe caminar unidos, la educación los valores y la moral, la fidelidad y el respeto por la dignidad humana”.

 

¿Alguien duda, ahora, de dónde vino la iniciativa de la “reforma Bailleres”? Claro que no.

 

Así que la presencia del nuevo Arzobispo Víctor Sánchez, al margen de cuestiones espirituales que sólo le competen a sus feligreses, deberá medirse por su actuación en la esfera pública y sus relaciones con el poder político. Si respetará o no al Estado laico. Si protegerá o no a los curas pederastas. Si llevara sus valores católicos a la legislación. Si será un aliado de la pax priísta o de la revolución panista. Si estará al lado de las elites económicas o también será un arzobispo para los pobres.

 

Mario Marín y el gobierno estatal, ayer, fueron respetuosos del Estado laico y atestiguaron la unción de Víctor Sánchez desde un palco, a lo lejos. Muy lejos, sí, de la posición clerical de Ana Teresa Aranda Orozco, quien todavía fungiendo como subsecretaría de Asuntos Religiosos comulgó en público sin el menor rubor.

 

Pues bien: la Puebla de Víctor Sánchez no tiene nada que ver con los tiempos de Octaviano Márquez y Toriz. Ni siquiera con los primeros años de Rosendo Huesco. La entidad cambió en los últimos treinta años, y nuevos cultos han reemplazado la confianza perdida en el catolicismo. Ojalá el nuevo Arzobispo tomen en cuenta la nueva realidad. Y si se olvida, que se recuerde su unción, a la que no llegaron los 40 mil poblanos prometidos.

 

 

*** Somos tan católicos en CAMBIO, que nos tomamos la Semana Santa para reflexionar sobre nuestros pecados. Nos volvemos a leer el lunes 13 de abril. Mientras tanto, nuestros portales digitales laquintacolumna.com.mx y diariocambio.com.mx seguirán ofreciendo información.

 

 

 

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