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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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Los super soberanos

 

 

La gran narrativa priísta del regreso a la tierra prometida presidencial depende del resultado final que ocurra en las 10 sucesiones de los estados que elegirán gobernador el próximo año. Más allá del hecho si cada uno de los señores feudales se sale con la suya al imponer a su delfín, lo que se juega realmente es la lógica que imperará en el 2012 y que de una u otra forma ha marcado la historia del PRI: el choque entre fuerzas regionales y la metrópoli. En 1929 se creó el partidazo como una especie de pacto nacional: los caciques regionales delegaron su autoridad en la figura del Presidente, un árbitro supremo para ordenar la lucha por el poder. Repartir el pastel en orden y no a balazos. El arreglo supremo funcionó por 71 años, pero en el 2000 el árbitro supremo desapareció y entonces los supervivientes de la batalla, 19 gobernadores, reasumieron el control de sus parcelas. Y luego, en 2006, decidieron sacrificar a su candidato presidencial Roberto Madrazo para mantener sus recién descubiertas prerrogativas. El tabasqueño descubrió tarde que los gobernadores priístas no querían a un Presidente y por eso lo empinaron. ¿No le aplicarán el mismo tratamiento al hoy favorito Peña Nieto en el 2012?

 

Es un descubrimiento político reciente que, por primera vez, los gobernadores son soberanos en el sentido estricto del término: super omnes. Es decir, son un poder absoluto ya que no hay ninguna otra autoridad sobre ellos. Tal descubrimiento está modificando la naturaleza del sistema político y lo mueve en una dirección inédita. Y es que antes del 2000, los mandatarios tenían por lo menos 3 superiores jerárquicos: la del secretario de Gobernación, la del dirigente nacional del tricolor y por supuesto el Presidente de la República. Éste último sabía perfectamente de la peligrosidad que podían alcanzar, así que al inicio de cada sexenio iniciaba una purga para limpiar a los gobernadores “demasiado amigos” del ex mandatario. Así reiteraba su autoridad sobre ellos y les generaba un sentimiento de temor reverencial: desafiarlo era un camino a la destitución.

 

Para bien o para mal los controles a los gobernadores desaparecieron en el 2000. Sus facultades recién descubiertas se ejercieron con timidez por lo menos hasta el tramo del 2006. Ahora son evidentes y cínicos. La diferencia es que en el trayecto apuñalaron por la espalda a Roberto Madrazo: los gobernadores no querían jefe, sino más dinero e impunidad. Por ello invierten su capital económico y político en financiar campañas a diputados federales y senadores: así aseguran su presencia nacional. Y por ello también se juegan el todo por el todo en imponer sucesores: la vía para ganar doble. Por una parte obtiene impunidad en el manejo de los grandes presupuestos que manejan, y por la otra abren la vía a una reincorporación a la política nacional.

 

Con tantos privilegios encima y tan pocas responsabilidades es válido preguntarse ¿qué quieren los gobernadores en el 2012? ¿Un Presidente que los limite y controle, u otro presidente panista débil y pusilánime que los deje hacer y deshacer?

 

La pregunta es pertinente porque Mario Marín es ejemplo viviente de la ausencia de controles que crearon gobernadores ultra soberanos. En el difícil predicamento del escándalo Cacho se probó que ni las grandes cadenas de televisión, ni el Presidente de la República, o el secretario de Gobernación podían hacer algo.

 

Pero en la misma impotencia se ubicó el dirigente nacional fáctico y candidato a la Presidencia Roberto Madrazo. Cuando el tabasqueño le solicitó la licencia, el resto de los mandatarios lo acuerparon encabezados por Enrique Peña Nieto. Y el mismo trato ocurrió a otro gobernador en crisis, Ulises Ruiz.

 

Si los gobernadores pueden hacer prácticamente cualquier cosa, ¿alguien podría impedir que sus favoritos salgan nominados como candidatos a la gubernatura? La conclusión es clara: bajo ninguna circunstancia se dejaran arrebatar su nueva prerrogativa. La única fuerza motriz capaz de detener el poder local es la autoridad nacional. Pero visto lo visto lo visto, es una batalla que hace rato abandonaron tanto Beatriz Paredes como Enrique Peña Nieto o Manlio Fabio Beltrones.

 

Pero en el pecado pueden llevar la penitencia. Los riesgos de liberar a los gobernadores de cualquier responsabilidad política pueden conducir a una traición en el 2012. La daga en la espalda no la cargaría ahora Madrazo, sino Enrique Peña Nieto.

 

El gran periodista Carlos Ramírez escribió hace unos días: “Las pugnas por el poder a nivel regional van a minar la fuerza del PRI y a dejar indicios de disminución de votos para el 2012. Los gobernadores salientes que van a relevar los ejecutivos locales el 2010 podrían cometer el error de imponer sucesores a costa de fracturas internas. Al final, la fuerza del PRI se ha revitalizado justamente en las elecciones locales controladas por los gobernadores. Pero esa fuerza podría no pasar la prueba del ácido de las sucesiones de gobernador.

 

“Asimismo, las gubernaturas en disputa el año próximo van a tener que consolidar a los principales precandidatos presidenciales. Por tanto, las nominaciones están  lejos de ser la consideración de cacicazgos políticos de los gobernadores salientes y tendrán que enrolarse en la lógica del poder priísta nacional”.

 

Suena a profecía. ¿La escucharán?

 

 

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