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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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¡Extra, Extra, escondieron las matracas!

 

 

Profetiza mala fortuna que un partido político tenga que blindarse en contra de sus propios militantes al impedirles atestiguar la sesión de Consejo Político Estatal en la que se eligió la convención de delegados como mecanismo para designar a su candidato a la gubernatura, cerrando el paso a sus más de 600 miembros con guaruras, vallas y dos filtros de seguridad. También es de mal fario que un partido político mayoritario que pretende retener la gubernatura, el Congreso local e importantes alcaldías, impida el acceso a los medios de comunicación para silenciar de forma directa la sesión de su órgano de mayor importancia. Y también, de pésimo futuro que el candidato oficial deba abandonar la sesión por la puerta de atrás y el estacionamiento, mientras los rebeldes salen por la puerta de enfrente bajo los vítores de sus seguidores.

 

El Consejo Político Estatal, diseñado para ungir por cuarta y última vez a Javier López Zavala como el delfín, no concretó su objetivo: no hubo bufalada, jolgorio, destape o salutación, prácticas normales del priísmo en la unción de su candidato. Y el miedo a la ruptura provocó, por primera vez en la historia de las sucesiones modernas, que el Consejo Político se convirtiera en un bunker evidenciando la frágil unidad tricolor.

 

El miedo, decía Hobbes, propicia la chispa de razón en los hombres. El extremo cuidado de las formas y un pacto de los aspirantes a la gubernatura impidió la guerra. Chucho Morales y Enrique Doger, con su presencia, avalaron la convención de delegados que directamente beneficia a Javier López Zavala. Pero éste también fue en extremo cuidadoso: no movilizó a sus miles de simpatizantes y evitó entrarle a la guerra de porras que ocurría en la Plaza del Chacuaco a la entrada del Centro de Convenciones. La unidad es frágil, sí, pero existe.

 

El arroz no se coció en la forma en que muchos columnistas esperaban, quizá rememorando los destapes de Melquiades Morales y Mario Marín. Pero entre los ex gobernadores y Javier López Zavala existe una diferencia fundamental: los dos eran punteros por mucha distancia tanto en apoyos políticos como en las encuestas a pesar de representar la lucha contra la línea oficial. Por el contrario, el secretario de Desarrollo Social encarna la línea oficial y su situación es frágil en la encuestas, aceptando sin conceder que las lidera por pocos puntos. Por si fuera poco, en las sucesiones que encumbraron a Melquiades y a Marín no existía el grado de polarización que se encuentra actualmente, así como la presencia de un rival fortísimo encarnada en Rafael Moreno Valle. En 1998 y 2004 la disputa del poder se dio en petit comité, únicamente entre priístas. En el 2010, el candidato ungido tendrá que salir a ganar voto por voto contra un panista excelentemente posicionado y con grandes apoyos federales, como su amigo el nuevo secretario de Hacienda.

 

Frente a las voces que proponían una sesión de Consejo Político que ejerciera funciones de destape a la antigüita, ganó la prudencia y todos salieron victoriosos. Javier López Zavala ya tiene en la bolsa el mejor método disponible, pero todavía encuentra serias resistencias. Chucho Morales y Doger se evitaron el desgaste de una ruptura decembrina, y dispararán mejores balas en enero de 2010 en caso de necesitarlo. El gobernador Marín tiene el arma del método para la imposición, un garrote que puede blandir sin miedo en caso de que las negociaciones no fructifiquen. O tenga que cambiar de caballo a mitad del río. Y Alejandro Armenta preserva la frágil unidad del tricolor ganando tiempo, evitando heridas que a la postre resulten irreconciliables.

 

Los únicos descontentos por la paz precaria serán los matraqueros zavalistas que tenían listos confeti y serpentinas para alumbrar al candidato. Pero se equivocaron: el peor fario para el tricolor sería un destape en medio de mentadas de madre. Algo como lo que le ocurrió a Francisco Labastida Ochoa en la elección presidencial del 2006. Una estructura insuficiente y un partido dividido. Derrota segura.

 

 

 

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