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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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Oración Fúnebre

 

 

El mundo entero es un teatro, y todos los hombres y mujeres simplemente comediantes. Tienen sus entradas y salidas, y un hombre en su tiempo representa muchos papeles, y sus actos son siete edades. Primero, es el niño que da vagidos y babea en los brazos de la nodriza; luego, es el escolar lloricón, con su mochila y su reluciente cara de aurora, que, como un caracol, se arrastra de mala gana a la escuela. En seguida, es el enamorado, suspirando como un horno, con una balada doliente compuesta a las rejas de su adorada. Después, es un soldado, aforrado de extraños juramentos y barbado como un leopardo, celoso de su honor, pronto y atrevido en la querella, buscando la burbuja de aire de la reputación hasta en la boca de los cañones. Más tarde, es el juez, con su hermoso vientre redondo, rellene de un buen capón, los ojos severos y la barba de corte cuidado, lleno de graves dichos y de lugares comunes. Y así representa su papel. La sexta edad nos le transforma en el personaje del enjuto y embabucado Pantalón, con sus anteojos sobre la nariz y su bolsa al lado. Las calzas de su juventud, que ha conservado cuidadosamente, serían un mundo de anchas para sus magras canillas, y su fuerte voz viril, convertida de nuevo en atiplada de niño, emite ahora sonidos de caramillo y de silbato. En fin, la última escena de todas, la que termina esta extraña historia llena de acontecimientos, es la segunda infancia y el total olvido, sin dientes, sin ojos, sin gusto, sin nada. Es el ciclo de la vida que Shakespeare describió en la visión del oscuro Jacques de Cómo gustéis. Varias veces lo discutí con mi primer director en la Escuela Libre de Derecho. A los dieciocho años nunca lo entendí claramente. Hoy sí: la condición humana es la mortalidad. Y siempre cuesta trabajo enfrentarla.

 

Tengo el encargo honrosísimo de recordar al abogado Enrique Ramírez Calva invitado por su familia y obligado, además, por la lealtad de discípulo y de amigo. El dolor nunca es elocuente. Por ello no vestiré mi discurso con los luengos ropajes luctuosos de las graves oraciones fúnebres. Tenemos sí, una fecha de duelo colectivo para todos los que integramos la Comunidad de la Escuela Libre de Derecho.

 

Conocí al notario Ramírez Calva en este claustro en su calidad de director en el año de 1995, listo para ingresar a la comunidad pero en busca de una beca. He de decir que después de un breve escarceo, me dio su confianza a la mitad. Es decir, sólo un 50 por ciento de beca. Al año siguiente, después de ver mis calificaciones, me la concedió al 100 por ciento. Nunca la perdí y poco a poco establecimos una relación que trascendió al director-estudiante para convertirnos en mentor-maestro, y luego amigos. El sentimiento de estima  agradecimiento nunca cesó en mí. Creo que tampoco en él, el orgullo por un discípulo que por caminos heterodoxos ha buscado poner en alto el nombre de la Libre.

 

Yo, señores, en particular he sido deudor de inmensos favores y su noble amistad para mí siempre será un recuerdo sagrado, así como preceptos sus sabios consejos y sus luminosas y humanitarias ideas.

Recibí su primer impulso cuando me invitó a formar parte de la primera generación de catedráticos del Bachillerato. Yo todavía era un estudiante de cuarto año. Su segundo impulso para hacer mis estudios de maestría y doctorado en el extranjero. Al regreso para nuevamente incluirme en el claustro de maestros. Hace 10 años me enseño un camino en la cátedra. Todavía lo sigo recorriendo.  Soy un heredero de su vocación de educar.

 

Teníamos un punto común: somos herederos del siglo pasado. Amantes de los libros. Nadie de la cultura mediática puede entenderlo. Pasamos largas horas hablando de libros. Y de historia. La historia es una pasión porque es una pasión la vida: grandioso combate perdurable en que las verdades y bellezas y las virtudes se conquistan en hecatombes.

 

El mañana y el mañana y el mañana avanzan en pequeños pasos, de día en día, hasta la última sílaba del tiempo recordable; y todos nuestros ayeres han alumbrado a los locos el camino hacia el polvo de la muerte… ¡Extínguete, extínguete, fugaz antorcha!… ¡La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y agita una hora sobre la escena y después no se le oye más…; un cuento narrado por un idiota con gran aparato, y que nada significa”. También lo escribió Shakespaere en el choque de Hamlet con la visión de la muerte.

 

Para el maestro, la educación es un arte de filósofos, ha de cumplir con un deber que sobre todos tienen primacía: la conservación y el aliento de lo personal. , que tanto quiere decir de lo personal, como de lo rico y diferente. Saber reconocer temperamentos. Así lo hizo con cientos de estudiantes que hoy son profesionistas prestigiados. Por eso le estamos agradecidos.

 

Ramírez Calva no está bajo su lápida mortuoria convertido en ceniza: está dentro de nuestras almas, convertido en idea, en sentimientos de aspiración. Cariño a Puebla, deseo de libertad, sacrificios por el deber, luchas contra el mal, recuerdos de dolor y gloria.

 

El hombre, al morir, retoña en su descendencia y sus obras no se pierden en la incensante elaboración de la historia.  El hombre dura mientas dura su esfuerzo, por eso son inmortales lo que trabajan por la libertad. Las naciones deben sus energías más a los muertos que a los vivos.  Polvo somos y polvo nos convertiremos. Pero polvo que piensa no vuelve al polvo. La idea es fuerza de incalculables resultados: penetra, se difunde, se transforma eternamente.

 

La obra de Ramírez Calva es duradera: juntos con otros ocho miembros fundadores, dio a luz el proyecto de la Escuela Libre de Derecho. Por más de 25 años trabajó con tesón, y si mal no recuerdo, hasta en tres ocasiones asumió funciones de Director. En sus manos, y en la de Juan Tejeda Mercado, otro amigo entrañable, la institución vivió sus mejores años. Lo demás hoy cosechamos su esfuerzo, así como el los otros 8 miembros fundadores del Consejo de Directores.

 

Nadie podría afirmar que Enrique Ramírez Calva fue en héroe. Para mí sí lo fue. Porque alejados del tópico común del hombre que salva el mundo gracias a sus superpoderes, un héroe puede definirse diciendo que es un hombre superior, que ha podido guiar a los demás hombres a la conquista de un ideal  y qué sabido nacer, ha sabido vivir, y ha sabido morir.

 

Cuando alguien muere suele hacerse una lista de virtudes interminables pensando que así los homenajeamos.  No pretendo decir que Ramírez Calva tenía la tenacidad de Aníbal,  la fe de San Pablo y el entusiasmo de Mahoma templado por la majestuosa severidad de Catón.

 

Es un error: borrar los defectos es una forma de borrar la condición humana. Prefiero pensarlo, recordarlo, como un hombre de luces y sombras. Así nos sirve más de ejemplo. Así lo veo más cercano, como cuando todas las mañanas nos encontrábamos: él en sus funciones de director y yo apenas un simple estudiante de primer año. No se puede pesar en la balanza de la perfección el mezquino producto de la realidad.

 

Ramírez Calva supo vivir, como padre, esposo, hermano, amigo, profesional y maestro. Pero también supo morir cuando vio su obra terminada, cuando tuvo la satisfacción del deber cumplido, con sus ideales firmes y supo ver venir la muerte con serenidad, aceptándola como una consagración. Tiene derecho a descansar.

 

Esquilo, dramaturgo griego, en sus últimas horas escribió: He vencido el dolor y a la muerte  porque sembré en el pecho de los hombres la ciega esperanza. Como maestro, Ramírez Calva nos la dio toda. Es la función de la Escuela Libre de Derecho.

 

Debo concluir, pero antes deseo recordarlo como lo vi la última vez que lo tuve cerca. Desgastado por la enfermedad tuvo la atingencia de preguntar sobre cómo avanzaba la vida. Lo insté a cuidarse para que durara. Su respuesta me mostró que quizá hay un momento de madurez que en el que se sabe que uno ha cumplido con su tarea de vida. Además de mi,  hay muchos ex alumnos que tocó con su ejemplo de vida. Hoy son litigantes, notarios como él, funcionarios o profesores.  Todos, sin duda, cerrarían estas modestas palabras de la misma forma que lo hago yo. Maestro, a ti, la gloria.

 

(Palabras pronunciadas la tarde del viernes 17 de julio en la Escuela Libre de Derecho de Puebla con motivo del homenaje póstumo al notario Enrique Ramírez Calva, miembro fundador del Consejo de Directores de la Institución).

 

 

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