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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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¡Al diablo con el voto nulo!

 

 

Opiniones variopintas coinciden en la misma dirección: ejercer un abstencionismo activo el próximo domingo 5 de julio es la expresión de rechazo total al sistema político. Por ejemplo, la de un experto en el conocimiento de las ciencias políticas como Manuel Bartlett. La de un académico con prestigio como Sergio Aguayo. La dictada por poderosos grupos de interés como Carlos Loret de Mola. Y frívolas y absurdas como la de Lydia Cacho. El voto nulo o en blanco, dicen, es una expresión en contra de la partidocracia que se adueñó de la representación política. Un golpe mortal a cualquier forma de legitimidad democrática que hará reflexionar a las elites nacionales. Una reivindicación ciudadana que al acudir a la urna, ejerce sus derechos políticos, pero que al dejar en blanco la boleta o marcarla completa ejerce otro tipo de derecho político que es la participación sin participación. Por último, una muestra congruente de rechazo a candidatos de todos colores que no tienen propuestas de calado real a los problemas sensibles de la población mexicana.

 

A mí, con respeto a Manuel Bartlett, Loret de Mola, Aguayo, Lydia Cacho y los promotores que se acumulen en las próximas semanas, se me hace una verdadera estupidez la postura del voto en blanco. Un absurdo del tamaño de un mamut. ¿Por qué? Tengo varios argumentos, pero uno central: resulta que después de pasar 20 años empeñados en acabar el régimen monocrático del PRI y consolidar la transición democrática, resulta que estamos desencantados del juguetito. Y como no nos gusta lo que obtuvimos en los últimos años, lo mejor es cerrar la puerta democrática, desincentivar la participación, tergiversar la opinión pública y desmovilizar al electorado interesado en escoger alguna opción, incluso aquella que se considere como la menos peor.

 

Ya veo a los pontificadores Loret de Mola, Aguayo, Cacho y compañía festejando su victoria en caso de que el porcentaje de votos nulos crezca, por ejemplo, del 2.5 por ciento tradicional digamos a un 10 por ciento. ¿Qué ocurriría? Pues nada: ni los políticos se van a mortificar, ni se va a convocar a una Cumbre que altere el sistema de partidos y por supuesto, la Cámara de Diputados no va a dejar de integrarse. Así que lo único que mueven estas iniciativas es a la burla: mejor que pidan un mundo de caramelo. Aunque Lydia Cacho piense que "El abstencionismo es abulia, el voto en blanco es una acción ciudadana, un acto de libertad, una rebelión pacífica, un acto de congruencia, un acto de civismo." Frase más retórica pero inútil.

 

¿El crecimiento del porcentaje de abstencionismo será un escándalo para el sistema político? No más, por ejemplo, que el caso Ahumada, Salinas, y tantos más que han sacudido la opinión pública unos días para desaparecer después tapados por el surgimiento de otro escándalo provocados por las elites financieras y políticas de país. Y claro, la estructura de poderes fácticos en los que laboran Loret de Mola y Cacho no ha sido cómplice sino impulsor de la degeneración del sistema político. ¿Es la solución renunciar al derecho a elegir?

 

Otro de los argumentos falaces de los “voto nulo” es que no vale la pena elegir porque aún cuando defienden siglas diferentes, en el fondo todos los candidatos son iguales: proclives a la corrupción y a la defensa de sus propios intereses y los de sus patrocinadores. Escribe Bartlett: “En realidad el sistema se impondrá. No hay diferencias entre los partidos, sus dirigentes obedecen a los mismos intereses. Los candidatos han sido seleccionados en esta cultura de obediencia, da lo mismo si un partido obtiene más curules que otro; la mayoría está garantizada para el partido de la oligarquía, sumada la minoría ya cooptada en el Senado. ¿Entonces la solución es dejar de elegir? ¿No tendríamos que promover lo contrario? ¿Qué nuevos rostros se incorporen a participar en los partidos políticos para desalojar las dirigencias corruptas?

 

Me extraña tal posición en el exgobernador poblano, conocedor perfecto de la teoría de las elites y de la Ley de Hierro de la Oligarquía: en cualquier sociedad una minoría organizada domina sobre la mayoría desorganizada. Y que en el mejor de los casos, como diría Schumpeter, lo que nos toca a los ciudadanos es elegir entre varias elites. La democracia moderna, en cualquier caso, sería una ruleta de elites con valores diferentes pero con la misma intención: defender sus intereses.

 

La reforma del sistema político no va por anular el voto o dejarlo en blanco: tal iniciativa lo único que haría sería promover de nueva cuenta el sufragio corporativo y fortalecer los liderazgos corruptos que no serán lastimados por la crecimiento del porcentaje de votos anulados. En cualquier caso, afirmarán que no fue intencional. Que los electores se equivocaron al marcar dos opciones. E incluso habrá los más listos: los que con boletas vacías, aprovechen para marcar el partido de su preferencia con los famosos anillos que usan los representantes.

 

Y por último, regreso al inicio: sospechoso que coincidan en la misma dirección posiciones tan disímbolas que amenazan el ridículo. Igual que Gabriel Hinojosa, que hoy pide tache para todos pero fue alcalde bajos las siglas del PAN y se sirvió del sistema partidocrático hasta que fue apartado. Un alcalde, por cierto, gris y mediocre. Como la propuesta del voto nulo.

 

 

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