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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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Alarma desciende, sospechosismo crece

 

 

No hay forma de dar gusto a todos para dejarles contentos. A medida que la alarma por el virus A/H1N1 desciende, el sospechosismo de los mexicanos crece. Que si la pandemia se detuvo a tiempo es porque nunca existió riesgo. Y si hubieran ocurrido miles de decesos, los deudos poblarían las calles pidiendo la renuncia de Calderón y todo su gabinete. Y como los deudos de los cuarenta y tantos muertos no aparecen en la televisión llorando y Loret de Mola no hace escarnio de su drama, pues entonces los muertos no existen y todo fue un complot.  Un complot del que formaron parte la Organización Mundial de la Salud, varios países del mundo, incluidos Cuba, Argentina y China –que han puesto en riesgo relaciones diplomáticas y comerciales con México-, y Estados Unidos, el otro gran foco de infección. Un complot además que metió en cintura a los 32 gobernadores –de todos los partidos- y llevó a Los Pinos a Marcelo Ebrard, el gran rival de Calderón, pero también gran beneficiario de la crisis.

 

Tampoco abona a que la gran crisis sanitaria sea creíble la danza macabra de cifras de la secretaría de Salud federal, que en los primeros días de la crisis llegó a manejar casi 150 muertos, pero que después de tres semanas de contingencia no llegan a los 50. ¿Qué ocurrió? Pues nada, que lo que la crisis de la influenza sí hizo fue desnudar la pobreza de nuestro Sistema de Salud y las carencias ilimitadas de nuestro cuerpo científico, lo que llevó al gobierno federal a tomar medidas desesperadas como la suspensión de actividades escolares y públicas dada la ignorancia de la situación real de la posible pandemia.

 

Es una frase muy sobada aquello de que la información es poder. Pero no por sobada deja de ser certera. La carencia de laboratorios en el país con la capacidad tecnológica adecuada para analizar las muestras sospechosas hizo navegar en la oscuridad al Presidente Calderón y su secretario de Salud. Ahí radica nuestro real tercermundismo. A pesar de la OMS hace 5 años, a partir de la epidemia de la SARS recomendó –ojo, no obligó- a todos los países a comprar laboratorios modernos, pues el régimen foxista no hizo caso. Así, el pánico se apoderó de Los Pinos, porque entre que se recogían las muestras, se llevaban a Canadá para análisis y regresaban, podrían pasar 5 o 6 días, justo para que la pandemia se propagara y terminaran muriendo miles.

 

Sin la ciencia como faro, el presidente obró a la segura: suspendió actividades, dinamitó la ya de por sí dañada economía nacional  y ensució la imagen nacional en el extranjero por un tiempo considerable. Cosa diferente hubiera sido si la actividad científica nacional fuera tomada en serio, se compraran los equipos y microscopios necesarios y nuestros biólogos, químicos y físicos fuesen bien pagados como en los estados verdaderamente desarrollados.

 

Una vez que el gobierno federal compró los laboratorios necesarios para detectar la nueva cepa en todos los casos sospechosos, la situación se aclaró y la alerta descendió: el virus ni es tan nocivo, ni tan contagioso, ni tan grave. Pero como la oscuridad de la Edad Media, nuestra ignorancia nos condenó al pánico social.

 

Conclusiones citadas brillantemente por Héctor Aguilar Camín en su columna de Milenio, donde reseñó una entrevista en el diario La Vanguardia (Barcelona) con Marc Siegel, especialista en gripe porcina, profesor de la Universidad de Nueva York y autor del libro Gripe: todo lo que hay saber sobre la siguiente pandemia. Cito textual:

 

Añade: “tengo 52 años y he vivido y estudiado unas cuantas pandemias: ésta es de las suaves. Es benigna en todas partes menos en los medios que sí contagian una epidemia de miedo más virulenta que nunca.”

Siegel se pregunta: “¿por qué tiene que salir todo un jefe de Estado a hablar por la tele de una vulgar gripe? Bastaría con un subsecretario; cualquier portavoz médico sería suficiente. Ese pánico irresponsable alimentado por las autoridades está causando mucho más daño que ningún virus y un enorme perjuicio económico en billones de dólares”.

 

“La economía mexicana está colapsada,” le dice Luis Amiguet. “¡Y ni siquiera está claro que no viajar allí reduzca los contagios!”, responde Siegel. “¡Pobre México! ¡Qué linchamiento moral de todo un país sin más fundamento que los clichés y nuestra pretendida superioridad. Mire, cuando uno va a México, la gripe porcina es, con mucho, la última en la lista de cosas por las que preocuparse”.

 

“¿Tan poco le preocupa esta gripe?”, se sorprende Amiguet.

 

“Está resultando poco contagiosa y poco peligrosa”, responde Siegel. “Este virus no aguanta más de dos contagios y ya está debilitado. Es una pandemia suave. Cada año la gripe causa miles de muertos sin que merezcan ni un segundo de televisión. Vayamos al epicentro de la pandemia: el Distrito Federal tiene 20 millones de habitantes. Pues bien: apenas ha habido un millar de casos. Incluso si fueran cinco veces más de lo que han declarado las autoridades, seguirían siendo estadísticamente inapreciables: 5 mil contagios sobre 20 millones. Adecue su temor a esa estimación estadística”.

 

Siegel termina: “la propagación instantánea del virus del miedo a través de los medios nos está perjudicando más que la gripe”.

 

 

 

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