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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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Receloso del poder

 

 

Siempre he pensado que los liberales decimonónicos parecen más personajes de una novela de Alejandro Dumas que las estatuas que adornan el Paseo de la Reforma. Aventureros de capa y espada antes que la Historia de Bronce de Luis González Obregón. Periodistas, abogados y generales.

 

Protagonistas de fugas inverosímiles, redactores de Leyes, generales en el campo de batalla a la persecución de Miramón y Mejía, jacobinos comecuras, austeros republicanos, polemistas de la pluma, creadores de instituciones y a rato funcionarios gubernamentales e incluso ministros de la Suprema Corte de Justicia. Héroes a caballo entre el periodismo, la política y el derecho. Todos, liberales en esencia: recelosos del poder, desconfiados de él, conocedores de sus efectos perniciosos, dispuestos a construir uno nuevo para inmediatamente separarse de él, acotarlo y criticarlos desde el diarismo.

 

La primera generación de los liberales ganó la guerra contra el oscurantismo de la Iglesia Católica, rompió el sistema feudal de fueros y privilegios, defendió la soberanía nacional frente a la invasión extranjera, redactó la Constitución de 1857 y las Leyes de Reforma, diseñó nuevas instituciones e impuso un proyecto de nación progresista, más semejante al de Francia luego de su Revolución que a la Italia conservadora cercanísima al papado.

 

La primera generación ganó la Guerra Civil, pero fue la segunda generación quien deificó a Juárez como el hombre emblema de la Reforma en detrimento de los demás miembros de la primera generación como Ocampo, Lerdo de Tejada, Manuel Zarco, Santos Degollado e Ignacio Ramírez. Confieso que nunca me gustó la figura histórica de Juárez como el representante máximo de la Historia de Bronce: sus defectos son mínimos frente a los enormes servicios que le prestó al país. La venta de la soberanía nacional a los norteamericanos con el Tratado McLane Ocampo, inconclusa gracias al Senado Americano, no es nada frente a la preservación de esa misma soberanía frente al imperio francés.

 

Justo Sierra y Guillermo Prieto hicieron de Juárez un dios laico, pero disculparon la entropía que provocó en la generación liberal por su férrea voluntad a sostenerse en la Presidencia torciendo y traicionado a la Constitución de 1857 que lo había llevado al poder. En Juárez, al fin cacique indígena, subyace el inconciente colectivo de los gobernantes mexicanos: el máximo pecado es intentar disputar el poder, cuestionar la autoridad. Juárez antidemócrata devoró a los revolucionarios liberales: a Santos Degollado lo degradó a pesar de sus sacrificios, a Ocampo lo abandonó a su suerte para que una patrulla de conservadores lo ejecutara en su rancho, a González Ortega lo persiguió por la misma razón. Al único con el que protagonizó una ruptura gélida fue con Ignacio Ramírez el Nigromante, nuestro personaje en cuestión.

 

Nunca he ocultado mi empatía con la figura histórica del Nigromante. Mi columna periodística Tiempos de Nigromante, es un homenaje voluntario a su figura. La identificación proviene de muchas razones: supongo que comparto con él utilizar al periodismo, a la pluma, como mi forma personal de desconfiar en el poder, cuestionarlo e incluso luchar abiertamente. A lo largo de su vida, Ramírez fundó varios diarios para combatir desde ahí a los conservadores. Si el periodismo fue su instrumento, su arma fue la polémica.

 

Desde aquél ingreso a la Academia Mexicana con el discurso “dios no existe” que le ganó anatemas y excomuniones e incluso el sobrenombre de Nigromante —mago oscuro— por su condición de ateo, pasando por las publicaciones con el seudónimo de don Simplicio, pasando por el legendario debate epistolar con el tribuno español Emilio Castelar. Debate que todavía engalana la biblioteca nacional en Madrid, por cierto.

 

El título del libro lo entiendo como un recurso mercadológico, pues al leer las memorias prohibidas de El Nigromante uno esperaría encontrar verdades, hechos oscuros que contradigan el legado de Ignacio Ramírez como periodista, político austero, pobre en realidad a pesar de los cargos públicos y presupuestos a los que tuvo acceso. Nuestra visión deformada nos impide creer en estos héroes que con el erario a la mano murieron en la total pobreza. Nos hemos acostumbrados a los cínicos y ladrones.

 

Quien espere las revelaciones incómodas se sentirá decepcionado. El trabajo histórico es honesto y acucioso, pero se encuentra más cercano a la Historia de Bronce de Luis González. Su género es el Vidas Ejemplares de Plutarco, el gran padre de la biografía del poder. De cualquier forma ningún libro podría sacar a Ignacio Ramírez de la Rotonda de los Hombres Ilustres. No puede haber hechos oscuros porque la vida de Ramírez fue transparente: tan claras sus ideas como su patrimonio.

 

Por supuesto, celebro la iniciativa. Un libro como este activa la memoria colectiva de los mexicanos, y algún esfuerzo debería hacer las universidades para hacer llegar el texto a nuestros jóvenes para que sepan que este país tuvo una época en que sus hombres públicos no eran cínicos, facciosos ni codiciosos.

 

Que su talento estuvo al servicio de un proyecto nacional para todos y no uno dirigido a beneficiar minorías rapaces. Que para construir un país desconfiaron del poder y sus efectos perniciosos, y no como ocurre ahora, que para destruir al país se adora al poder y todos sus efectos.

 

(Texto leído ayer en la presentación del libro Las memorias prohibidas de Ignacio Ramírez el Nigromante la tarde de ayer en el Salón Paraninfo de la Buap).

 

 

 

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