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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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Sexto cumpleaños del Nigromante

 

 

La invitación para escribir una columna para Intolerancia me tomó por sorpresa a mitad de mis estudios de Doctorado en Madrid y recién culminada la maestría en Italia. En el aquel septiembre del 2003 la sucesión de Melquiades Morales ya se vivía con efervescencia, pero lo momentos claves apenas estaban por llegar. Tres años después de que el PRI perdiera la presidencia de la República, las lógicas políticas comenzaban a cambiar todavía sin parámetros definidos. Uno de los grandes cambios fue que los gobernadores, sin jefe formal, heredaron la prerrogativa de designar a su sucesor. Asumieron, a nivel feudal, el nombramiento de Gran Elector y comenzaron a construir la historia de nuestros días.

 

Recibí la invitación de Mario Alberto Mejía, entonces Director Editorial de Intolerancia, y a quien conocí –como casi todos- como lector por su Quintacolumna, y personalmente un año atrás. Yo había colaborado semanalmente en El Universal de Puebla y el portal e-consulta por invitación de Rodolfo Ruiz, la verdad sin mayor pena ni gloria. Pactamos que el espacio saldría todos los jueves, y quedaba a mi arbitrio definir el nombre y estilo que ocuparía. Ahora que la columna cumple años, su sexto aniversario, me permito algunas reflexiones sobre ella.

 

Cuando nació “Tiempos de Nigromante”, en el 2003, había dos o tres columnas referentes en el ámbito periodístico. “La Quintacolumna” de Mario Alberto Mejía –con varios imitadores de forma y fondo-, “Al Portador” de Alejandro Mondragón y “Garganta Profunda” de Arturo Luna Silva. ¿Qué podía aportar yo, abogado y estudiante de ciencias políticas, frente a la experiencia y fuentes que tenían estos tres periodistas de gran calado? Por supuesto que no podía competir a la hora de hacer una columna de chismes, y volverme un imitador estilístico de Mejía –la columna escrita en verso libre, sin estructuración de párrafos y que todavía imitan varios- no era el camino. Tampoco contaba con la ironía ácida de Mondragón, y muchos menos la precisión documental de Luna.

 

El camino era otro. Para ese momento, nadie en Puebla practicaba la columna de análisis al estilo de “Indicador Político” de Carlos Ramírez y “Estrictamente Personal” de Raymundo Riva Palacio, mis columnistas favoritos desde los años noventa. Una columna de este tipo debía amalgamar elementos de la ciencia política basado en el análisis de coyuntura. Un ejercicio arriesgado de academia y periodismo, de reflexión y coyuntura. No un artículo de opinión y tampoco un chismógrafo. Un género mixto cuyo objetivo esencial era diseñar futuros probables y grandes tendencias. Dibujar el futuro a partir de hechos presentes.

 

Así, el titulo de la columna “Tiempos de Nigromante”, heterodoxo para los nombres clásicos, tiene relación directa con el objetivo de ella. Muchas veces me lo han preguntado y aprovecho para explicarlo. La nigromancia es una parte de la magia cuya actividad fundamental es averiguar el futuro recurriendo a las artes oscuras. Un nigromante, por tanto, es un mago oscuro que adivina mediante la consulta a los muertos o sus espíritus. Así, el objetivo de la columna es adivinar el futuro mediante un análisis de escenarios, presentando opciones posibles y criticando el presente visible.

 

Definido el objetivo, también se definió el estilo: párrafos bien estructurados, redacción al estilo académico pero con lenguaje periodístico. Y por supuesto, las infaltables negritas que tomé prestadas de Carlos Ramírez, que, a su vez, lo hizo de Manuel Buendía.

 

Después de dos entregas intrascendentes, así como el torero utiliza los primeros pases para medir a la bestia, Mario Alberto Mejía me pidió concentrarme exclusivamente en el fenómeno de la sucesión de Melquiades Morales, prometiendo sostener la columna escribiera lo que se escribiera. Hasta ese momento los columnistas hacían una relatoría de los hechos sucesorios, pero sin darles un contexto histórico que por supuesto existía, pues las prerrogativas del Gran Elector se habían creado en el sistema político priísta y los gobernadores eran herederos. Por tanto, todo lo que se había escrito en esa época debía servir para explicar literaria y politológicamente el fenómeno de la sucesión.

 

Para la teoría, por ejemplo, estaba La Herencia de Jorge G. Castañeda, el libro de entrevistas en el que los expresidentes hicieron público, sin pudor de por medio, el cómo tomaron la decisión. En el ámbito literario al insustituible “Palabras mayores” y la saga del poder presidencial escrita por Luis Spota, así como a “el Gran Solitario de Palacio” de René Avilés Favila. En el campo histórico la Presidencia Imperial de Enrique Krauze tenía pocos años de haberse publicado. Y claro, cómo no, a los análisis y ensayos de Daniel Cosío Villegas y Gastón García Cantú.

 

El fondo y la forma de “Tiempos de Nigromante” tuvo aceptación, al grado de que en las primeras entregas llegó a sospecharse que Don Alberto Jiménez Morales y hasta Fernando Manzanilla eran los verdaderos autores. Las invitaciones radiofónicas de Alejandro Mondragón y Los Intolerantes permitieron corroborar que yo era el autor. Meses después Mejía y yo publicamos “La Sucesión en Puebla” a cuatro manos, nuevamente mezcla de periodismo y ensayo.

 

Llegó el alumbramiento de Mario Marín y tocó regresarme a España a terminar el segundo año de doctorado. La columna se sostuvo escrita a larga distancia pero respetando los mismo parámetros. Se mantuvo en Intolerancia y mudó de casa cuando Mejía, Zeus Munive, Héctor Hugo Cruz y Ulises Ruiz llegamos a CAMBIO en el 2004. Y aquí seguirá algún tiempo más, narrando los hechos de una sucesión que todavía no termina de escribirse. Y lo que venga después.

 

 

 

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