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Tiempos de Nigromante
de Arturo Rueda

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La fiel de la balanza

 

 

José López Portillo acuño el término de “fiel de la balanza” para designar el papel del presidente en la sucesión: aunque tiene un voto de calidad, el sucedido debe registrar los movimientos de los grupos políticos, sus ambiciones, pero en última instancia tiene la responsabilidad histórica de preservar el mecanismo, así como la estabilidad del sistema en su conjunto. La sucesión de Mario Marín ya tiene la balanza desequilibrada, pues el fiel decidió cargar los dados y coordinar la campaña de su delfín. Con el árbitro jugando para un bando, el mecanismo se encuentra indefenso: el voto de calidad es faccioso. Los movimientos de los grupos se registran bajo el casillero de “enemigos”, y por tanto la estabilidad del sistema político está en juego. En caso de una crisis, ¿quién tendrá la calidad moral para detener los ánimos caldeados de los rivales?

 

Una nota común del mecanismo sucesorio es que el mandatario en el ocaso consultaba a los ex presidentes. Pedía su opinión y atendía sus comentarios sin que ello implicara trasladar el poder decisorio. ¿Consultará Mario Marín a los ex gobernadores para ampliar el abanico de opiniones en torno a su sucesión? No parece. Hace tiempo que su mentor, Manuel Bartlett, se encuentra emocionalmente alejado de la política local. O mejor dicho, fue alejado de las decisiones de Casa Puebla cuando todo mundo pensaba que desempeñaría el papel de consiglieri para la generación que encumbró al poder.

 

Despreciado por el grupo marinista, volcó su tutelaje en Blanca Alcalá, a quien no escatima los elogios que le niega a Javier López Zavala. Tanto es el malestar del ex gobernador que duro, en su estilo, recriminó a los reporteros la centralidad que otorgan los medios de comunicación a Marín. “El PRI participará de la decisión”. Ergo, la sucesión no es monopolio del gobernador.

 

A Mariano Piña Olaya preguntarle ni vale la pena, una vez que ni siquiera es poblano. A Don Guillermo Jiménez Morales, criado a la vieja usanza del poder, bastará con que Marín le cuestione “¿qué horas son?” para que el oriundo de Huachinango responda “las que usted quiera, señor gobernador”.

 

El último boy scout al que Marín podría recurrir es Melquiades Morales. Pero no lo hará. El hoy senador vive atrapado entre su institucionalidad al PRI y un ánimo de rebeldía contra el marinismo que él mismo ungió.

 

En corto, Morales afirma que “no es Caín”, en el sentido de que su deber moral es apoyar a su hermano Chucho en la búsqueda de la gubernatura. Así que más temprano o más tarde Melquiades Morales, desde las sombras, se unirá a la batalla. Su consejo ni siquiera será solicitado porque al Faraón no le interesa la opinión del ex gobernador.

 

La sucesión marinista, sin fiel de la balanza, toma entonces la ruta de la colisión y se asemeja demasiado al final del sexenio de Miguel de la Madrid. Empecinado en coronar a su delfín Salinas de Gortari, el presidente aplastó a la Corriente Crítica encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo.

 

Junto a un grupo importante de priístas se fueron a la oposición y generaron la primera gran crisis del sistema político que debió ser saldada con un fraude electoral. El presidente abandonó la función de “fiel de la balanza”, se corrió a uno de los lados y desde entonces el mecanismo se descompuso para no volver a funcionar. En 1994 Salinas tuvo dos sucesiones frustradas: le mataron a Colosio y Zedillo lo traicionó. En el 2000 Zedillo eligió un candidato perdedor. Sin fiel de la balanza, el PRI entró en fase de descomposición.

 

A Marín no le interesa ser fiel de la balanza, sino imponer a su favorito. ¿Se encuentra entonces desguarnecida la sucesión? Por increíble que parezca parece que el papel histórico está reservado para Blanca Alcalá: de su decisión de participar en la contienda abiertamente, o de apoyar un bloque opositor –una Corriente Crítica poblana- dependerá que la balanza pueda reequilibrarse. Por ello es que hay tanto miedo alrededor de la alcaldesa: temor del zavalismo a que se decida a participar y temor de la misma Blanca Alcalá a jugar el papel que la historia le ha otorgado.

 

Para impedir que Alcalá sea “la fiel de la balanza” se le han puesto varias piedras en el camino. Desde las madrizas que el zavalismo le receta de cuando en cuando en los medios, hasta la asfixia financiera al que la somete el gobierno estatal. Pero el mandatario estira la liga pero no la rompe: también cada cierto tiempo la acompaña a sus giras, le dedica algunas palmadas en la espalda pero le niega lo fundamental: apoyo financiero.

 

Alcalá participa del mismo juego de simulación. Estira la liga pero no la rompe: nunca ha aceptado su interés en participar de la contienda interna, pero tampoco lo niega. Se escabulle en la ambigüedad.

 

Cada cierto tiempo amenaza con rebelarse, como en pretendido destape en el desayuno con las unidades habitaciones, pero a la mera hora se echa para atrás e invita al gobernador Marín a atestiguar sus buenas intenciones. Tolera la defensa mediática de Víctor Giorgana, pero hace como que se enoja.

 

El tiempo se acaba para que Blanca Alcalá defina su papel histórico. En sus manos se juega el destino del mecanismo sucesorio y su eficacia rumbo a la elección constitucional del 2010.

 

 

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