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Poder y política
Manuel Cuadras

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Miopía y conformismo

 

 

El día de ayer un periodista local dio a conocer una nota según la cual, durante la segunda mitad de diciembre, aparecieron algunas bardas con la consigna: ¡No al dedazo!, en clara alusión a la imposición que se pretende hacer en Puebla.


Según el columnista, la aparición de dichas bardas “es uno de los últimos intentos desesperados (de cierto aspirante) para lograr dinamitar el proceso interno del PRI y evitar lo que es inminente: la unción de Javier López Zavala…”


La afrenta —dice el columnista— no es para el delfín marinista, sino para el todavía gobernador de Puebla… (Léase con tono de indignación).


Hasta aquí la cita, analicemos la nota con cautela.


Es un hecho que en Puebla se está tratando de consumar un acto de autoritarismo: la extensión del marinismo (¿por un sexenio más?) en la figura de Javier López Zavala; eso se llama imposición, padrinazgo, dedazo; queda claro, pues, que se trata de un acto antidemocrático y anacrónico.


Sin embargo, para el multicitado columnista eso no es lo preocupante ni lo sustancial del asunto. NO, para el referido periodista lo asombroso del asunto es que “alguien” se atrevió a enfrentarse a los designios del todavía señor gobernador (léase con tono sarcástico y de indignación). Es una afrenta para el todavía gobernador —dice el indignado columnista—.


¿Qué es una afrenta? Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, afrenta es: “vergüenza y deshonor que resulta de algún dicho o hecho, como la que se sigue de la imposición de penas por ciertos delitos”.


Efectivamente, las bardas son pues una afrenta en contra de la imposición que se pretende hacer. ¿Por qué no hablar de la vergüenza y el deshonor que resulta del hecho de querer perpetuarse en el poder, en vez de desviar la atención señalando presuntos responsables? ¿Qué es más importante, el mensaje o el mensajero? ¿Qué importa si fue Chucho, Enrique, Rafael o Mario? Lo importante es señalar los abusos para intentar evitarlos, sobre todo si se jacta de ser un periodista crítico, objetivo e imparcial, ¿no cree?
Pero en fin, es parte de la miopía que produce la fiebre de la sucesión, aquella que no permite ver los excesos y abusos de quienes controlan los medios de comunicación; aquella que sólo resalta las notas rimbombantes y oculta las cifras penosas e indignantes del gobierno.


¿Cómo entender que para muchos periodistas que se rasgan las vestiduras y se dicen “críticos” haya pasado desapercibida la nota que Puebla ocupa el tercer lugar en marginación y pobreza, a dos años de la llegada del delfín marinista a la Sedeso? ¿Eso no es alarmante? ¿No es una vergüenza y un deshonor? ¿No es indigno que se construya una candidatura a costa de la pobreza de un estado? ¿O acaso eso también es un “invento desesperado para dinamitar la inminente unción de Zavala …”?


Héctor Aguilar Camín alguna vez dijo que la credibilidad de los profesionales de la opinión pública (periodistas) depende de su tono crítico y de la fuerza de su queja, cosa que no hay en la mayoría de los escribientes locales, ya que muchos se sienten celosos de la honra y desobligados del deber

 

 

*Una reflexión de año nuevo.


Ante este panorama de flexibilidad y complacencia por parte de quienes deberían motivar a la crítica, son los ciudadanos los que debemos cuestionar, indagar y exigir. No debemos perder la capacidad de asombro e indignación ante actos autoritarios ni de exceso de poder, como los que hoy en día presenciamos. No podemos caer en el conformismo de aceptar los abusos tácitamente con nuestro silencio, tampoco en la mentalidad mediocre de pensar que las cosas podrían estar peor.


La brillante politóloga Dense Dresser lo ilustra magistralmente: “Los mexicanos nos hemos acostumbrado a vivir en la cultura del por lo menos. Por lo menos en el sexenio pasado se robaron una Hummer; por lo menos no ocupamos el último lugar en las evaluaciones; por lo menos no estamos tan mal como Guatemala”, etcétera.


¿Qué diremos en año y medio los poblanos? Por lo menos no somos el último lugar en pobreza, por lo menos el delfín de Veracruz gastó más; por lo menos nos remodelaron la Atlixcáyotl, etcétera, etcétera, etcétera.

 

¡Feliz año nuevo!

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