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Poder y política
Manuel Cuadras

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Después de 5 años

 

 

-Cacique todopoderoso.


-Control de estado.


-Poder impresionante.


Así fue como un grupo de politólogos definió el gobierno de Mario Marín, de cara a su Quinto Informe de labores.


Cinco años y medio han pasado desde aquel evento repleto de priistas en el estadio Hermanos Serdán, en que el actual mandatario sentenció: “En mi gobierno no habrá espacio para los corruptos, para los que se sirven del erario, ni para los que abusan del poder”.


Todos en ese momento, henchidos de fervor priista vitorearon a su líder, a su nuevo mesías, a aquél que prometía seis años de grandes cosas para Puebla, “porque Puebla se lo merece” —dijo— y todos, al unísono, levantaron sus voces para gritar: ¡Marín gobernador, Marín gobernador!


Fueron más de tres décadas de intenso trabajo cristalizado en una sola escena: Marín, con su mano derecha sosteniendo el micrófono, agradeciendo a los ahí presentes (entre ellos su familia) todo el esfuerzo y el apoyo brindado para consolidar ese sueño que tuvo desde niño: gobernar este gran estado. “No les voy a fallar”, les dijo.


Sólo figuras como la de Melquiades Morales o el propio doctor Toxqui se asemejaban al arraigo inobjetable que irradiaba la candidatura de Marín. Todo Puebla lo conocía o había escuchado hablar de él; su candidatura era pues, irrefutable y de cierta forma esperanzadora. Nadie imaginaba lo que estaba por venir.


Hoy, a cinco años y medio de distancia, ¿qué fue de aquel gobierno prometedor que vislumbraron miles de poblanos?, ¿es este el desarrollo del que tanto se habló?, ¿qué fue de aquellas promesas de transparencia y racionalidad en los recursos?


La Puebla de hoy no es (y por mucho) la Puebla que prometió el gobernador en su campaña. Los poblanos votaron por Mario Marín, no por sus hermanos; votaron por una política de austeridad, no para que sus funcionarios se enriquecieran; apostaron por su discurso de respeto a la legalidad, no por una ley mordaza; le extendieron un voto de confianza, no un cheque en blanco para endosar el estado.


Hoy, somos el tercer lugar a nivel nacional en índice de marginación y pobreza; existen más mujeres desaparecidas que en Cd. Juárez, Chihuahua; ocupamos los primeros lugares en consumo general de drogas; somos el sexto estado menos competitivo de la República; durante el actual sexenio cerca de 4 mil empresas y negocios han cerrado por falta de apoyos; y un largo etcétera que pone en evidencia los resultados alcanzados en cinco años de gobierno.


En materia política, el marinismo ha arrasado con todo lo que ha tenido en frente. Los acuerdos, las formas, los acercamientos, la apertura y la inclusión, son términos que no están contenidos en el diccionario del régimen marinista. La aplanadora, como medio de “negociación”, es el único método empleado ante las distintas fuerzas y corrientes. En fin, nada se mueve si no lo autoriza el tlatoani (o el delfín).


El analista José Ojeda justifica que parte de ese poder omnímodo se origina por la falta de una oposición articulada en los partidos políticos. “Tal ausencia permitió que el mandatario se erigiera como el gran cacique del estado

 

Ante este escenario, ¿es acaso descabellado pensar en una alianza entre todas las “fuerzas” de oposición para acabar con el marinismo?


“Hablar del gobernador —concluyen los politólogos— es hablar de su facultad de imponer…”. ¿Cómo recordarán los poblanos a Marín? ¿Cacique? ¿Todopoderoso? ¿Dueño del Estado? Veremos.

 

 

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